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·17 de abril de 2026
Volver a ganar (por @NachoJOsorio1)

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Por Ignacio Osorio
El martes en la noche, en el estadio Monumental de Lima, con el público de Universitario en las tribunas y toda la prensa peruana esperando lo que parecía obvio, Coquimbo Unido abrió el marcador. Y después lo dobló. Y se fue con los tres puntos bajo el brazo, como campeón que es, como líder de grupo que quedó siendo. La prensa de Perú, de Argentina, de Uruguay, tardó lo que tarda en encenderse una pantalla en calificar lo ocurrido como sorpresa. “Sorpresa Monumental”, tituló El Comercio de Lima. “Coquimbo Unido sorprendió a domicilio”, escribió Ovación, del diario El País de Uruguay. Infobae destacó que el Pirata había logrado su primer título de Primera División tras más de seis décadas de historia, como si eso explicara, y justificara, el asombro. Y ahí está el problema. El asombro.
Que un club chileno campeón gane de visita en la Copa Libertadores no debería ser noticia extraordinaria. No debería mover portadas ni generar titulares de incredulidad en medio continente. Debería ser, en el peor de los casos, algo esperable. Algo normal. Pero llevamos tanto tiempo siendo irrelevantes en el fútbol internacional que incluso nosotros mismos, antes de que sonara el pitazo final en Lima, probablemente dudábamos. Eso es lo que hace el olvido prolongado: te convence de que la mediocridad es lo natural, y que el éxito es la anomalía.
No siempre fue así. Hubo un tiempo en que los clubes chilenos competían con seriedad en el continente. Colo Colo ganó la Copa Libertadores en 1991, llegó a la final en 1973, disputó instancias decisivas en más de una ocasión. Universidad de Chile tuvo sus momentos. La Católica también. Y la Selección, que en 1962 quedó tercera en el mundo y en 2015 y 2016 ganó dos Copa América consecutivas, fue por años una referencia para el continente. Éramos un país que sabía ganar. Que sabía competir. Que viajaba a Lima o a Buenos Aires o a Río sin ir de turistas.
Pero algo se rompió. O mejor dicho: algo se dejó pudrir con una paciencia increíble. Doce años sin clasificar a un Mundial. Clubes endeudados hasta los huesos, con dueños cruzados y multipropiedad que convierte el campeonato local en un teatro de intereses creados. Una Federación mezclada con la Asociación, usando el dinero de la Selección para tapar huecos de una administración que nunca rindió cuentas. Formación juvenil abandonada, infraestructura escasa, entrenadores mal pagados y mal preparados. Todo eso junto, sostenido por años, produce exactamente lo que produjo: un fútbol que el continente mira con lástima educada, y que de cuando en cuando genera una “sorpresa monumental” cuando gana donde debería ganar seguido.
Lo de Coquimbo no es, entonces, solo una buena noticia. Es un espejo. Y lo que muestra ese espejo tiene dos caras.
La primera es la cara conocida: el asombro continental ante un triunfo chileno revela hasta qué punto hemos normalizado la irrelevancia. Cuando fue la última vez que un equipo chileno llegó a cuartos de final de la Libertadores y nadie lo llamó sorpresa. Cuando fue la última vez que la prensa de Lima o de Montevideo cubrió un partido contra un club chileno con algo parecido al respeto cauteloso que se le tiene a un rival peligroso. Hace mucho. Demasiado.
La segunda cara es más esperanzadora, y es la que vale la pena mirar con atención: lo de Coquimbo demuestra que se puede. No con recursos enormes ni con una historia de títulos internacionales. Con trabajo, con una campaña extraordinaria en el torneo local, con un técnico que construyó algo sólido y con jugadores que creyeron en lo que estaban haciendo. El Pirata llegó a la Libertadores siendo lo que es: un club de provincia que tardó más de seis décadas en ganar su primer título. Y en Lima, en el Monumental, con todo en contra, ganó 2-0 y dejó callado al estadio.
Eso no es magia. Es posibilidad.
Y la posibilidad es exactamente lo que el fútbol chileno necesita recuperar antes que cualquier otra cosa. Antes que los nombres en los contratos, antes que las marcas en las camisetas, antes que los estadios nuevos y las reformas legales. Necesita creer que puede. Que no es una locura pensar en un club chileno en semifinales de la Libertadores. Que no es delirio imaginar una Selección que clasifique al Mundial y vaya a competir, no a participar. Que el asombro del continente ante nuestros triunfos debería durar lo que dura el partido, y no convertirse en el titular de la semana. Coquimbo ganó en Lima. Audax le ganó a Vasco en Río. Esta semana, el fútbol chileno le recordó a Sudamérica que existe.
Ahora hay que recordárselo todas las semanas. Hasta que dejen de llamarlo sorpresa.









































