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·12 de enero de 2026

Xabi Alonso y el peso del banquillo imposible

Imagen del artículo:Xabi Alonso y el peso del banquillo imposible

Su etapa en el banquillo blanco se cerró de forma abrupta, apenas siete meses después de haber asumido el cargo y menos de 24 horas después de perder la final de la Supercopa ante el Barcelona. El desenlace fue frío, casi burocrático. Un comunicado, un “mutuo acuerdo”, que habla de una renuncia. Pero el Madrid no suele mirar atrás cuando hay que pasar página.

Xabi llegó en mayo, llamado para algo muy concreto: modernizar al equipo, refrescar el área técnica y darle una estructura reconocible a un vestuario que venía funcionando más por talento que por sistema. Venía avalado por su obra en Leverkusen, por una Bundesliga histórica, por un equipo que jugaba, mandaba y convencía. Venía, también, con la aureola del exjugador que entiende el escudo.


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Pero el Real Madrid no es un laboratorio. Es una trituradora de contextos.

En lo numérico, su paso no fue del todo un desastre. Ganó un Clásico, compitió en el Mundial de Clubes, deja al club vivo en todas las competiciones y sostuvo al equipo en momentos delicados. Pero hubo golpes que marcaron su destino: la goleada del PSG en el Mundial de Clubes, la derrota contundente ante el Atlético y las polémicas en el Clasico, entre ellas, el cambio de Vinicius Jr. Ahí se empezó a romper algo más profundo que un resultado.

Porque el problema nunca fue solo perder. Fue no imponer.

El Madrid de Xabi Alonso nunca terminó de ser su Madrid. Hubo cambios de sistema, ajustes defensivos, partidos bien planteados desde la presión y luego desde la contención, pero faltó continuidad, jerarquía y, sobre todo, autoridad interna. Su relación con algunos pesos pesados —Vinícius, Valverde, entre otros— fue tensa. Nunca logró que el vestuario comprara del todo su idea ni que la directiva lo blindara cuando empezaron las dudas.

Y sin respaldo, en el Bernabéu no se sobrevive.

Xabi parecía vivir cada partido como un examen final. Cada alineación era analizada como un gesto político. Cada cambio, una señal de debilidad o de ruptura. El margen se fue estrechando hasta desaparecer y agotarse su propia paciencia. La Supercopa no fue el origen del final; fue solo la excusa perfecta.

Paradójicamente, se le criticó por lo que el club fue a buscar: orden, rigor, control. Pero el Madrid es contradictorio incluso consigo mismo. Quiere jugar mejor, pero no acepta el proceso. Quiere identidad, pero exige resultados inmediatos. Quiere entrenadores con ideas, pero no tolera que esas ideas choquen con el ego del vestuario.

Xabi Alonso pagó ese choque frontal.

Queda, eso sí, la memoria del jugador. El centrocampista que corría por la banda en la final de Lisboa, el que ordenaba desde el pase largo, el que entendía el juego antes que nadie. Como entrenador, no alcanzó a ser lo que prometía en el Madrid, pero tampoco fue el fracaso que algunos quieren vender.

Simplemente, no era su momento. O no era el club adecuado para el a día de hoy.

El Real Madrid sigue siendo el banquillo más difícil del mundo. Xabi lo comprobó en carne propia. Llegó con ilusión, se fue sin red. Así funciona este lugar.

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