Xanadú | OneFootball

Xanadú | OneFootball

In partnership with

Yahoo sports
Icon: La Galerna

La Galerna

·22 de febrero de 2026

Xanadú

Imagen del artículo:Xanadú

A Tom Waits le gustan las bellas melodías que cuentan cosas horribles. Y no hay nada peor que perder pie en algo tan bello como el Real Madrid. El equilibrio es un delgado hilo que nos mantiene firmes, nuestra estantería ordenada, la mesa de siempre en el restaurante de siempre. No hay nada más necesario y contemporizador que nuestra propia rutina y desde hace tiempo no hay puerta que el madridismo abra que no le aleje de algo. Adiós a la cadencia ganadora, nuestra mesa está ocupada groseramente por extraños.

Imagen del artículo:Xanadú

Habituados a picar en la veta,nos sentimos incómodos librando algunos miércoles. Nada que no emocione merece la pena y hace tiempo que se perdió la emoción. Supongo que ser madridista es mentar parentelas entre semana para animar un domingo a los mismos once cabrones. Abonarse a una permanente insatisfacción elegida a partir de una especie de “síndrome de Diógenes” que nos obliga a acumular victorias con la compulsión de un jugador de casino. Porque si el Real Madrid es de lo poco que funciona, la promesa de una cena con postre dos veces por semana,¿qué nos queda sin su emoción, que es ganar? Fuimos coleccionistas de estrellas,luego recolectores de títulos y ahora y por un tiempo, consumidores de imágenes de extraños levantando nuestras propias copas.


OneFootball Videos


solo el Bernabéu ha visto naves ardiendo más allá de Orión. Pero la rutina lo devora todo como una yedra

Este club es lo que es sobre los cimientos de la autocrítica y la insatisfacción y así debe seguir siendo. Pero, ahora que nada es perfecto, toca hablar de amor porque solo con amor se sobrelleva ser madridistas sin títulos. Un amor airado y crítico pero no amnésico, un trago de vino peleón por el regreso de los buenos tiempos. Por un retorno al pasado por encima de todas las cosas. Toca, eso sí, medir esa crítica con perspectiva, golpear las conciencias con precisión de relojero, exigir (sin duda) al club y al equipo, pero sin olvidar que nos ha hecho en diez años más felices que todo el tiempo al resto de clubes durante toda su vida.

El Bernabéu no es un simple objeto de contemplación,una piedra metálica de la Ciudad Dorada. El lunes volverá a ser el lunes pero los días de partido el aire de esa caja de música huele a pan nuevo. Dentro de su gran panza de metal, cemento y hierba muchos somos como mosquitos golpeando el parabrisas. Los días de partido hay sin duda dos sensibilidades en él: la de los visitantes ocasionales y la de los locales. Los aficionados de misa diaria, esos que pueden cuando quieren,viven sobre los cimientos de la historia expuestos permanentemente a un sol cegador. Tal vez el madridismo sea más puro y comprensivo cuanto más se aleje de ese núcleo, cuanto más sediento sea. No nos engañemos y, por encima de todas las cosas, no nos dejemos engañar: solo el Bernabéu ha visto naves ardiendo más allá de Orión. Pero la rutina lo devora todo como una yedra. Los aficionados ociosos, de gatillo fácil, nuestro propio “los del Siete”, de asiento o redes, sin embargo, olvidan que también el Real Madrid tiene una parcela en el Averno.

Imagen del artículo:Xanadú

La Gran Pitada del Bernabéu no fue una pataleta, fue un recordatorio. La exigencia máxima es sin duda un gesto de amor al club. Incluso desear que este o aquel jugador no siga por la mejora colectiva no es dañar, ¿quien no tiene en mente una lista de descartes? Pero hay quien, aireando su presunto madridismo disfruta del degüello. Rizando el rizo del amor tóxico, hay incluso quien quería vender a Kroos, que es como querer construir un centro comercial sobre las ruinas de un templo. Un madridismo corrosivo que critica pero que a veces, incluso, monetariza el descontento. Tal vez en la medida esté el veneno porque hay amores que matan. Esa supuesta crítica constructiva es un plato combinado de odio travestido en amor, que golpea tanto como el escarnio del enemigo, ¿en qué momento alguien pensó que ayuda silbar el error de un jugador propio, de veinte años y en casa?

la mirada del madridista de provincias o del extranjero ve en esa rutina una Arcadia Feliz, su propio Xanadú de fín de semana.  Para el visitante ocasional todo es natural, nuevo e inmediato

Solo para consumo interno de frustrados, y de eternos adolescentes inquilinos de la era Messi, el Real Madrid no es lo más de lo más en la Historia del Fútbol Mundial. Pero hay dentro del madridismo un Frente Popular de Judea que cada partido intenta pasar por el ojo de la aguja. Ese que babea ante estrellas mediáticas de cualquier rival mientras fustiga amnésico a sus campeones de Champions sin la menor indulgencia, tan cruel con los propios como comprador compulsivo de cualquier noticia recalentada que debilite al club que dice amar. Seguidores que hablan dentro de una tinaja, demasiado cerca del Ojo de Sauron de la prensa rival. Supuestos aficionados que desean el mal del club para su bien, la derrota con el objetivo presuntamente pro-bono de una némesis que aclare las nubes. Recordaremos más pronto que tarde dónde estaban cuando el carnyx vuelva a sonar.

Imagen del artículo:Xanadú

El amor condicionado a un club tiene algo de orgiástico, literalmente. Porque solo en una orgía y en el estadio nos abrazamos a alguien a quien no hemos visto antes ni volveremos a ver. Porque hay instantes que son una tregua: levantar la cabeza en ese coliseo moderno, oler la gloria y gritar un gol, lo son. Para quien no goza de barra libre, para aquellos para quienes la primera puede ser su última vez, los días de partido son Noche de Reyes, un amperaje que recorre la espina dorsal. Pero el saciado y el rutinario, contemplan la experiencia con la pasión de un registrador de la propiedad. El aficionado “pipero” es la expresión más pura de esa rutina. Atrás quedó hace mucho el Kilómetro Cero de sus sueños de infancia. Las cervezas en Padre Damián o el bullicio de Concha Espina son entonces solo lúpulo y ruido. Compararlos con el aficionado ocasional es una pugna de optimates y populares porque la mirada del madridista de provincias o del extranjero ve en esa rutina una Arcadia Feliz, su propio Xanadú de fín de semana.  Su concepción no es puramente finalista, la de la victoria, porque el placer también está en el ritual, un ritual que puede que aburra al local desde hace demasiado tiempo. Para el visitante ocasional todo es natural, nuevo e inmediato.

Causa cierto pudor contemplar a los asnos mofarse del caballo de carreras. Algunos de esos asnos llevan 11 años sin alcanzar el título con 10 CL menos. Otros ni conocen su sabor. Es la conjura de los necios

Tal vez sea hora de cambiar fríos estadios anglosajones por recintos amigos de Colombia, México o Asía, dejar a un lado la tiranía inapelable de la cuenta de resultados por una vez y llevar el madridismo de vuelta a donde más se celebra. Incluso los días en los que este equipo nos esconde la botella y decide perder, la magia sigue para el aficionado foráneo porque se alimenta de pequeñas cosas. Su madridismo nunca fue de todo o nada, más bien el sueño consciente de que si hay un solo equipo en el mundo que se puede (y por estadística, debe) permitir pasar unos años fuera de la élite mientras arma un gran equipo, ese es el Real Madrid. Y esa conciencia toma cuerpo en el Bernabéu.

Imagen del artículo:Xanadú

Causa cierto pudor contemplar a los asnos mofarse del caballo de carreras. Algunos de esos asnos llevan 11 años sin alcanzar el título con 10 CL menos. Otros, ni conocen su sabor. Es la conjura de los necios. Como madridistas no cabe asumirlo pero como aficionados sí: hasta el más grande necesita pasar por transiciones, que durarán menos que las del resto y traerán más años de gloria que al resto, pero llegan.

Volverá el reservado en la mesa de siempre pero nunca se olvidará el recuerdo amargo de la crítica destructiva. A fín de cuentas el Madrid es lo poco que queda de aquel tiempo en que el plan funcionó, un estante de libros ordenados donde todo tiene sentido frente a un mundo de cabezas borradoras. Lo más parecido al momento irrenunciable en el que fuimos durante un tiempo, reyes de nuestra propia California.

Getty Images

Ver detalles de la publicación