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·16 janvier 2026

Augusto recuerda el paso de Luis Enrique por el Celta: "Al principio pensé que estaba loco"

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Hablar de Luis Enrique es hablar de convicción, método y una forma muy clara de entender el fútbol. Su trayectoria como entrenador comenzó pronto y con un reto mayúsculo: tomar el relevo de Pep Guardiola en el Barça B. Lejos de limitarse a continuar un legado, el técnico asturiano dejó claro desde el inicio que tenía ideas propias y una personalidad marcada. Aquella etapa fue solo el punto de partida de un camino repleto de éxitos.

Tras una primera experiencia en la élite con la Roma, Luis Enrique regresó a España para hacerse cargo del Celta.  Vigo se convirtió en el escenario de su debut en LaLiga como entrenador principal y también en uno de los laboratorios donde más claramente se vio su apuesta futbolística. El contexto no era sencillo: heredaba un equipo que venía de sufrir para mantenerse en Primera División y que necesitaba resultados inmediatos.


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El arranque, sin embargo, fue complicado. Las nuevas ideas tardaron en calar y los resultados no acompañaban. A las nueve jornadas, el balance era preocupante: una sola victoria, tres empates y cinco derrotas. El equipo parecía bloqueado, atrapado entre la necesidad de puntuar y la exigencia de un modelo de juego muy elaborado.

En ese vestuario estaba Augusto Fernández, quien años después recordó aquella etapa en una entrevista en Offsiders. El argentino explicó cómo la llegada de Luis Enrique le obligó a reinventarse, pasando de jugar como extremo a ocupar una posición interior.“Fue muy duro”, reconocía. No solo por el cambio de rol, sino por la exigencia táctica y conceptual del entrenador. “Empezamos mal, no entendíamos del todo qué hacer ni por qué, y eso nos llevaba otra vez a la zona baja”.

La situación llegó a un punto en el que el propio Augusto decidió hablar directamente con el técnico. Le transmitió la sensación de que el equipo estaba pensando demasiado, como si los jugadores fueran “ordenadores” en lugar de futbolistas. La respuesta de Luis Enrique fue clave: asumió la responsabilidad, pidió calma y aseguró que, con el tiempo, todo ese trabajo se volvería natural. Cuando eso ocurriera —les dijo— el equipo daría un salto enorme.

Y así fue. Poco a poco, el Celta empezó a soltarse, a creer y a ejecutar sin dudas. La idea dejó de ser una carga para convertirse en una herramienta. El equipo creció hasta rozar los puestos europeos y terminó la temporada 2013-14 en una meritoria novena posición. Más allá de la clasificación, el reconocimiento llegó por el juego: un fútbol de posesión agresiva, con salida desde atrás, protagonismo del portero y búsqueda constante de superioridades numéricas.

“Al principio pensaba que estaba loco, viendo al portero jugar como uno más”, confesaba Augusto entre risas. Pero esa osadía tenía un sentido claro. Luis Enrique no solo proponía un estilo, sino que sabía cómo transmitirlo. Para el argentino, esa fue la clave: “Muchas veces no es la idea en sí, sino cómo te la hacen creer. Si el técnico te convence, vas a muerte con eso”.

Aquella temporada en Vigo fue un punto de inflexión. Sirvió para confirmar a Luis Enrique como un entrenador capaz de implantar una identidad fuerte incluso en contextos adversos. No pasó desapercibido: al año siguiente regresó al FC Barcelona, donde iniciaría una etapa gloriosa, antes de dirigir a la selección española y, más recientemente, afrontar su tercera temporada al frente del Paris Saint-Germain.

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