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Por Ignacio Osorio
Hay muertos que no necesitan cementerio. No requieren lápidas, flores ni funerales multitudinarios. Les basta una oficina elegante, un directorio silencioso, una transferencia bancaria difícil de rastrear o una sociedad creada entre paraísos fiscales para comenzar a pudrirse lentamente. El problema es que en el fútbol chileno hace años convivimos con esos muertos. Caminan. Hablan. Administran. Dan entrevistas. Prometen proyectos deportivos y estabilidad institucional mientras detrás de ellos se extiende una red cada vez más difícil de comprender para el hincha común.
Porque lo revelado recientemente respecto a los movimientos financieros que volverían a conectar a Michael Clark, Sartor y Victoriano Cerda no es solamente un problema aislado de Azul Azul. Tampoco es únicamente un nuevo escándalo administrativo dentro de la Universidad de Chile. Lo verdaderamente inquietante es que este tipo de situaciones empiezan a parecer parte de una normalidad profundamente enferma.
El fútbol chileno se acostumbró peligrosamente a vivir rodeado de nombres que se cruzan una y otra vez. Fondos de inversión. Sociedades financieras. operadores silenciosos. Dirigentes que salen de un club para aparecer luego vinculados a otro. Empresarios que niegan relaciones mientras documentos, movimientos o estructuras societarias terminan mostrando conexiones difíciles de ignorar. Todo parece formar parte de un ecosistema hermético donde los verdaderos dueños del juego rara vez aparecen en la foto principal.
Y quizás ese sea precisamente el problema más profundo de todo esto: el fútbol dejó de pertenecer a quienes lo construyeron emocionalmente. Hace mucho tiempo dejó de ser de los hinchas.
Las sociedades anónimas llegaron al fútbol chileno bajo la promesa de profesionalizar una actividad históricamente golpeada por malas administraciones, improvisación y crisis económicas. El discurso era seductor: orden financiero, transparencia, capacidad de inversión, infraestructura, estabilidad. La idea parecía lógica. Sacar a los clubes de la precariedad para convertirlos en instituciones modernas y competitivas.
Pero en el camino ocurrió algo mucho más complejo. El fútbol comenzó a transformarse en otra cosa. Ya no era únicamente pasión, identidad territorial o pertenencia cultural. Se convirtió en un espacio estratégico para mover poder, influencia y negocios.
Y cuando el negocio se vuelve más importante que el club, el deterioro institucional empieza a ser inevitable.
Lo de Azul Azul hoy no puede analizarse solamente desde la óptica de Universidad de Chile. Sería demasiado cómodo reducir el problema a una disputa interna o a un nuevo conflicto dirigencial. Lo que ocurre alrededor de Clark, Sartor y Cerda abre preguntas mucho más profundas sobre el verdadero estado del fútbol chileno y sobre la opacidad estructural con la que opera gran parte de la industria.
Porque ya no estamos hablando de simples rumores de redes sociales ni de teorías conspirativas alimentadas por la frustración de los hinchas. Estamos hablando de investigaciones periodísticas, conexiones financieras y estructuras societarias que vuelven a instalar la sensación de que el fútbol chileno funciona dentro de una nebulosa donde casi nadie entiende completamente quién manda, quién decide o quién controla realmente los clubes.
Y mientras eso ocurre, el hincha observa desde afuera como un actor secundario dentro de algo que antes sentía propio.







































