La Galerna
·13 mars 2026
El árbol de la ciencia y el árbol de nuestras vidas

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·13 mars 2026

Alguna vez hemos mencionado la eterna división de temperamentos existente entre el madridismo de la Generación del 98, pesimista y con ansias regeneracionistas, y el madridismo de la Generación del 27, de vanguardia y con un carácter vitalista, que en ocasiones roza la ingenuidad. La brecha ha existido de manera constante, aunque el grueso de la masa social no suela identificarse del todo con ningún bando, sino que a menudo oscile en función de las circunstancias. El avispado lector habrá adivinado que, en esta aciaga temporada, la escéptica —y un punto sombría— perspectiva de los noventayochistas obtiene una elevada proporción de adhesiones. No soy yo nadie para juzgar: un servidor, que además literariamente siente predilección por los escritores españoles de dicho período, no necesita demasiado para caer en el desaliento.
Leer a Pío Baroja es siempre un gusto, si bien quizá en la previa de una eliminatoria decisiva de Copa de Europa entre el Manchester City y el Real Madrid constituya una resignada declaración de intenciones. Pero, en cierto sentido, también puede resultar ilustrativo. En su más famosa obra, de 1911, el novelista vasco plantea la disyuntiva entre abrazar el árbol de la ciencia, representante del conocimiento, la lucidez, la conciencia crítica y el sufrimiento, y el árbol de la vida, paradigma de la adaptación instintiva, según la cual prima más el no analizar tanto, el vivir siguiendo las costumbres, con cierta inconsciencia más o menos feliz. A las nueve de la noche del miércoles, muchísimos madridistas deseábamos afrontar el choque ante los de Pep Guardiola tumbados a la sombra del segundo árbol; de igual modo, cabe reconocer que el denuedo de la mayoría era en vano, y acabamos sentándonos ante el televisor colgados de las robustas ramas del primero.

Por otro lado, esta disyuntiva arbórea no solo puede aplicarse a los estados de ánimo de los hinchas merengues. También tendría una lectura más cercana al juego: la diferencia entre un planteamiento cuidado y meticuloso, pizarril, con nulo espacio para la improvisación, y un plan más basado en el libre albedrío de los jugadores, sostenido principalmente por su libertad creativa —ese “poder de la amistad” con el que algunos han tratado de ridiculizar los magisterios de Zidane o Ancelotti—. En el libro de Baroja, Iturrioz trata de establecer una cuadratura del círculo que convenza a su abúlico sobrino: quiere abrazar el árbol de la ciencia sin renunciar al vitalismo. Cuando Andrés Hurtado no parece confiar, le responde con estas palabras: «Para llegar a dar a los hombres una regla común, una disciplina, una organización, se necesita una fe, una ilusión, algo que, aunque sea mentira salida de nosotros mismos, parezca una verdad llegada de fuera».
El delirio llegó a cotas tan elevadas que tuvo que fallar Vinícius un penalti para recordarnos que la vida no siempre se pliega a nuestra voluntad. Vuelvan a leer esta última frase, despacio. Las noches blancas europeas son inefables
Contra todo pronóstico —nuestro—, eso fue el Madrid la otra noche. Orden, jerarquía, disciplina, esfuerzo, voluntad y pasión. Con Valverde erigido como impresionante arquetipo del hombre de acción barojiano. Sus goles fueron actos de pura audacia que desafiaron la razón: una asistencia de Courtois o un sombrero de Pelé; arranques enérgicos de individualismo del jugador más al servicio del colectivo en todo el partido. Alguien dirá que resulta inconcebible que, después de haber visto cosas increíbles en ese estadio, nos sigan sorprendiendo. Pero es así: nadie en su sano juicio, ni siquiera el aficionado más recalcitrante y más acostumbrado a echar órdagos, puede evitar el reflejo de frotarse los ojos cuando el equipo entra en uno de sus trances arrolladores. Los madridistas somos humanos, y quien más y quien menos sabe que la existencia está salpicada —a veces llena, ay— de sinsentidos inevitables. Por mucho que la alimentemos, nuestra fe no es suficiente para dejarnos llevar del todo por la convicción de que el destino, en el Bernabéu, está escrito. Y, sin embargo, hay noches en que el Madrid se esfuerza en hacernos creer lo contrario. Contra el City, volvió a suceder. El delirio llegó a cotas tan elevadas que tuvo que fallar Vinícius un penalti para recordarnos que la vida no siempre se pliega a nuestra voluntad. Vuelvan a leer esta última frase, despacio. Las noches blancas europeas son inefables.
La eliminatoria sigue abierta, y el martes volveremos a debatirnos entre la conciencia crítica y la esperanza irracional. En esa tensión barojiana donde late el corazón del Madrid. Entre el árbol de la ciencia y el árbol de la vida, o más bien por encima de ellos. Un escudo que, incluso en los años más desventurados, absorbe de ambas raíces y nos da cobijo perenne, sin pedir nada a cambio.
Getty Images
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