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·11 avril 2026

El partido más irritante del Real Madrid esta temporada

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Walt Disney, ya saben, no está congelado como si fuera la cabeza de un rape. Era una leyenda urbana que todos nos tragamos, igual que esa de que era español. Más o menos lo mismo que le sucede al Santiago Bernabéu: en el coliseo blanco cada vez hay más turistas y menos hinchas, y eso de la pasión se lo han dejado olvidado en la recepción del hotel: es un estadio gélido pese a la sauna-cubierta retráctil. Ante el Girona, en el que quizás fue el más catastrófico partido del Real Madrid esta temporada, el recinto de La Castellana certificó su defunción para los restos. Porque esto no tiene solución inmediata.

Podemos discutir si lo de Mbappé con Vitor Reis fue o no penalti. Es lo de menos, y precisamente el Bernabéu muerto lo podrá tomar como excusa. Yo, de momento, sigo vivo, así que para ellos la perra chica. Los blancos despacharon un partido absolutamente irritante, uno de esos choques que te indican (por si no hubieran existido suficientes indicios anteriores) que este proyecto está matarile. El mejor ejemplo es Camavinga, incapaz de hacer algo bien. Antes era un fortísimo centrocampista de entrega, derroche y posicionamiento y se le perdonaba su mal pie. Ahora es que no hace nada, pero absolutamente nada, bien. Y no tiene pies: incluso decir que tiene muñones sería piropearle.


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Si solo fuera Camavinga, pues mira. Pero es que no fue así. A Mbappé, Vinicius y Bellingham habría que pedirles que en cada partido al menos uno, solo uno, estuviera de guardia y no sesteando. Una plantilla con menos sangre (perdón, Valverde y Militao) que una caja de tornillos. Y por supuesto, toca hablar de la gestión desde el banquillo. El día de Arbeloa ante el Girona fue nefasto. Primero por el once, segundo por los inexplicables cambios y tercero por su incapacidad para, desde el iPad, tratar de girar el encuentro a un terreno más favorable. Ni siquiera tomó alguna decisión valiente cuando LaLiga, si no estaba perdida ya, se iba por el sumidero cuando quedaban diez minutos para acabar. Un central de nueve, así como ocurrencia muy loca, por si pescaba alguna, Hay que ponerlo en su debe en letras mayúsculas.

Pero lo peor es lo del estadio. Un Santiago Bernabéu igual de muerto que la plantilla de su equipo. Es desalentador ver cómo los VIP saltan como fieras a sus 'estaciones de sushi' cinco minutos antes del descanso y se pierden cuarto de hora del segundo tiempo, todo para darse la comilona (y la bebelona, claro) padre. Produce vergüenza ajena contemplar cómo hay turistas que se marchan en el minuto diez de partido porque ya han visto aquello y, como no entienden nada y ya tienen su reel publicado en redes sociales, se largan a hacer cosas más entretenidas. Y a un madridista clásico se le revuelven las tripas cuando ve al aficionado ocasional cantando "corrupción en la federación", incapaz de animar a su equipo en el achuchón final y sin darle un severo toque de atención a la panda de vagos que saltó al campo y decidió dimitir de LaLiga.

Me estaré volviendo viejo. De hecho, lo soy. Pero, como Walt Disney, no estoy congelado. Y por eso, todavía hay algo tintineando por ahí dentro, como dos peces de hielo en un whisky de malta. Y el sonido dice que la campanada en Múnich es posible. Claro, que lo escribo y no me lo creo. Pero queda bonito. Necesito más whisky.

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