La Galerna
·22 janvier 2026
El pito y la grandeza

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·22 janvier 2026

El Real Madrid cursa con estrépito de platos rotos. Hay bronca en la casa, sobre todo desde que el madridismo se mudó a tuiter, ese patio de corrala. Uno se adentra en ella y ve lo que vio la Jacinta galdosiana al entrar en la corrala de Ido del Sagrario: “mucha ropa tendida, mucho refajo amarillo, mucha zalea puesta a secar”. Pero si Jacinta oyó “un zumbido como de enjambre”, en la corrala tuitera del madridismo lo que predomina es una batahola ensordecedora y disonante. Frases lapidarias a voz en grito, opiniones sentenciosas, cuñadismo a timbre de gloria e insultos que vuelan como cuchillos en un espectáculo circense. Verdulerismo digital, o sea.
El aficionado bernabeuista está llamado a una irrenunciable y elevadísima misión: asegurar la grandeza del Real Madrid. el arma no es la palma sino el pito. El suyo. El del aficionado bernabeuista.
Quien dice tuiter dice todo, claro. Ahora ya todo es tuiter. Uno no escribe tuiter como sinécdoque de las redes sociales, sino, ay, de la sociedad. Da igual que sean tertulias televisivas, programas radiofónicos, prensa o discusión de barra de bar. Se piensa con las tripas y se opina con las gónadas. Y a ver quién la dice más gorda. Ahí, presumiendo, como si el tamaño de la burrada fuera indicativo del de otros atributos, no precisamente intelectuales.

Todo es opinable y, mayormente, todo es condenable. Nadie se libra: ni el presidente, ni la junta directiva, ni el entrenador, ni los jugadores, ni la tía Juana, que pasaba por allí. Y no sólo es tuiter o youtube. La información ya no interesa ni a gran parte de los periodistas. Para qué informar si lo que cuenta es el click y el click no es hijo de la información seria y contrastada, sino del titular sensacionalista y abracadabrante. No es que la prensa deportiva haya sido nunca un ejemplo de rigor y credibilidad, pero al menos antaño había cierto pudor para según qué cosas. Rigor y pudor, casi nada. Mencionarlos en este contexto es todo un sarcasmo.
Y claro, todo ello desemboca en lo que desemboca. El aficionado madridista es un especimen singular en la evolución de la especie. Hace ya muchos años que Pepe Kollins efectuó una brillante taxonomía del aficionado madridista en estas páginas. Pero de toda la rica tipología de aficionados madridistas, a mí me fascina la subespecie del aficionado madridista que acude al Bernabéu. El aficionado bernabeuista, digamos.

El aficionado bernabeuista está llamado a una irrenunciable y elevadísima misión: asegurar la grandeza del Real Madrid. ¿Y cómo asegura el aficionado bernabeuista la grandeza del Real Madrid? ¿Animando a su equipo sin descanso, convirtiendo el estadio en una olla a presión, desollándose las manos a fuerza de aplaudir y poniendo a prueba la robustez de sus cuerdas vocales en incesantes cánticos de apoyo rugidos a pleno pulmón? Bueno, a veces. En las grandes noches europeas, ya se sabe. Pero en la rutina del día a día, en las tardes y noches de Liga y Copa, el arma no es la palma sino el pito. El suyo. El del aficionado bernabeuista.
En la espuma de los días, el aficionado bernabeuista no puede bajar la guardia. La grandeza del Madrid está en juego. Por eso pita. Pita mucho. Pita sin descanso y con todas sus fuerzas. No precisamente al rival, sino a su equipo. Cosa que podría parecer contradictoria, contraproducente e incluso ridícula a algún que otro observador despistado. Pero no al aficionado bernabeuista. El aficionado bernabeuista, que conoce como nadie los intríngulis de la grandeza del Real Madrid -de la que, recordemos, es can Cerbero por la gracia de Dios-, sabe que el apoyo debilita, y que la exigencia en el mundo del fútbol adopta la forma de pito. De su pito. Esa es la alta responsabilidad que le ha sido conferida -por él mismo- y a ella se entrega con celo insobornable. Es una tarea ingrata, pero que ejerce con una generosidad, una abnegación y un altruismo dignos del mayor elogio (o del mayor de los pitos, no se nos vaya a enfadar algún aficionado bernabeuista por traicionar su lógica motivadora).
No todo el mundo lo entiende igual, por desgracia. Todavía, aquí y allá, hay dizque madridistas que afean al aficionado bernabeuista su querencia por el pito, e incluso van más allá y le censuran por ello, con el falaz argumento de que pitar durante noventa minutos a los jugadores sólo consigue minar su confianza, enrarecer el ambiente y dificultar el desempeño del equipo. Hay quien incluso, no contento con ello, añade que es impropio de cualquier aficionado silbar al equipo durante noventa minutos. Afortunadamente, no se arredra fácilmente el aficionado bernabeuista ante crítica tan pueril y contraria a la grandeza del Madrid, pues sabe que sólo puede obedecer a la malevolencia o a la ignorancia de cómo funciona la grandeza madridista. Así que imposta la voz, hincha el pecho, y responde campanudo que aquí se ha pitado hasta a Zidane y a Di Stéfano. “Y no nos lo hemos hecho mirar”, debería agregar para rematar el argumento.
el madridismo es una corrala estridente, caótica y con frecuencia inhabitable. en ella se multiplica y crece el aficionado bernabeuista con su pito sanador
Pero si abnegada, a menudo incomprendida, y siempre huérfana de reconocimiento es la labor del aficionado bernabeuista, tampoco sería justo esconder las evidentes recompensas que encierra. Cuando el equipo juega bien y golea, como en la noche del Mónaco, al aficionado bernabeuista le inunda la satisfacción del deber cumplido, y la alegría de saberse artífice de la reacción del equipo. Es un orgullo íntimo y poderoso, indestructible, que no se paga con dinero. El aficionado bernabeuista saca pecho y presume de su pito, porque ya se ha dicho que es la forma que adopta la exigencia en el Real Madrid. Está por escribirse el gran tratado pendiente sobre la grandeza del Real Madrid y el pito del aficionado bernabeuista, y esa falta de reconocimiento es una injusticia lacerante que algún día deberá reparar el madridismo.
Así que sí, el madridismo es una corrala estridente, caótica y con frecuencia inhabitable. Pero bienvenido sea todo ello, porque es el caldo de cultivo en el que, entre refajos amarillos, zaleas y ropa puesta a secar, se multiplica y crece el aficionado bernabeuista con su pito sanador.







































