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·28 juillet 2026

Zidane cumple al fin su gran sueño: dirigir a la Francia que siempre esperó

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Hubo ofertas de media Europa, llamadas de grandes clubes y proyectos multimillonarios capaces de seducir a cualquier entrenador. Zinedine Zidane, sin embargo, siempre tuvo una respuesta en la cabeza. Desde que abandonó el Real Madrid en 2021, el banquillo que realmente quería ocupar era el de la selección francesa. Cinco años después de cerrar su segunda etapa en el Santiago Bernabéu, ese deseo ya es una realidad. La Federación Francesa de Fútbol anunció este martes su nombramiento como nuevo seleccionador de Les Bleus, el cargo que llevaba años esperando y para el que, según reconocen desde hace tiempo los principales medios franceses, había decidido reservarse.

El anuncio ha sido recibido con la naturalidad de quien ve cumplirse un guion escrito desde hace mucho tiempo. Didier Deschamps deja el cargo tras catorce años al frente de Les Bleus y una etapa irrepetible, con un Mundial, una Liga de Naciones y tres finales internacionales. Nadie discutía su legado, pero tampoco el hecho de que Zidane representaba el relevo más lógico. La transición, más que un cambio de ciclo, se interpreta como el paso del testigo entre las dos mayores leyendas del fútbol francés de las últimas décadas.


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Continuidad, no revolución

Ahora bien, quienes esperan que Zidane llegue dispuesto a desmontar todo lo construido por Deschamps probablemente se lleven una decepción. El discurso que acompaña su aterrizaje apunta justamente en la dirección contraria. Francia dispone de una de las mejores generaciones del planeta, con Kylian Mbappé como gran referencia y una hornada de jóvenes talentos —Michael Olise, Bradley Barcola o Désiré Doué, entre otros— preparada para asumir cada vez más protagonismo. El reto del nuevo seleccionador no pasa por hacer borrón y cuenta nueva, sino por extraer un rendimiento todavía mayor de una base competitiva que ya funciona.

Si hay un aspecto en el que la prensa francesa coincide desde hace años es en la extraordinaria capacidad de Zidane para gestionar un vestuario. Durante su etapa en el Real Madrid nunca fue un entrenador de grandes discursos ni de gestos grandilocuentes. Su autoridad nacía de su figura, de su trayectoria y de la confianza que generaba entre los futbolistas. Esa cercanía le permitió convencer a estrellas acostumbradas a decidir por sí mismas y construir un grupo que conquistó tres Ligas de Campeones consecutivas, una hazaña que nadie ha repetido en la era moderna.

Ese perfil parece especialmente adecuado para una selección en la que conviven campeones consagrados con futbolistas que apenas empiezan a descubrir la élite internacional. Zidane conoce perfectamente el peso del escudo francés, pero también el valor de dejar respirar a los jugadores. Quienes trabajaron con él siempre destacaron una virtud poco habitual entre los grandes entrenadores: saber cuándo intervenir y cuándo limitarse a observar. En un vestuario lleno de talento, esa gestión puede resultar tan importante como cualquier decisión táctica.

También habrá cambios. El propio Zidane ha dejado claro en su presentación que pretende imprimir un sello más ofensivo al juego de Francia, sin renunciar al equilibrio que convirtió a Deschamps en uno de los seleccionadores más exitosos de la historia del país. La continuidad será la norma, pero con algunos matices que acerquen al equipo a un fútbol más protagonista y menos reactivo.

El mayor triunfo de Zidane no es haber vuelto a entrenar. Es haber esperado sin desesperar. Pudo aceptar cualquiera de las ofertas que llamaron a su puerta durante estos cinco años, pero eligió permanecer en silencio porque estaba convencido de que, tarde o temprano, llegaría el momento de Francia. Ese momento ya ha llegado. Y pocas veces un entrenador ha comenzado una etapa con la sensación de estar exactamente donde siempre quiso estar.

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