La Galerna
·21 Maret 2026
Copa de Europa: La necesidad insaciable

In partnership with
Yahoo sportsLa Galerna
·21 Maret 2026

Hay cosas que no se explican con estadísticas. Se explican con cicatrices.
El madridismo actual y su extrañísima relación con la Champions, con la vieja Copa de Europa, es una mezcla de fe irracional, exigencia feroz y hambre infinita que, al menos en el madridista actual, como digo, no nace del éxito. Nace, paradójicamente, de la escasez. De una sequía que duró tanto tiempo que dejó de ser una racha para convertirse en una forma de vivir.
Treinta y dos años.

Dicho así parece una cifra. Pero, para toda una generación, fue una condena silenciosa. Una especie de aprendizaje emocional: el de convivir con la grandeza como recuerdo, pero no como experiencia. Crecimos escuchando hablar de las Copas de Europa como quien oye historias familiares. Sabíamos que estaban ahí, que eran nuestras, pero no eran nuestras de verdad. No las habíamos tocado. No las habíamos visto. No las habíamos celebrado. Eran, en el fondo, una herencia sin posesión.
Eso es el Real Madrid en la Champions. Una necesidad insaciable. Una obsesión que no entiende de ciclos, de probabilidades ni de lógica deportiva. Porque no es solo ambición. Es memoria
Y uno acaba acostumbrándose a eso como se acostumbra un león del zoo a las rejas que lo atrapan. Uno se acostumbra a que siempre pase algo. A que la Copa de Europa sea ese lugar al que el Madrid pertenece… pero no vuelve. Lo más duro no era perder. Era empezar a sospechar que quizá no volveríamos a ganarla nunca. Yo lo llegué a aceptar viendo cómo la ganaba el Borussia de Dortmund en 1997. Recuerdo verbalizar ese pensamiento hablando conmigo mismo, viendo coger aquella copa a un equipo sin el aura ni la Historia que nos habíamos creído que nosotros sí teníamos.

Y cuando un niño —o un adolescente— acepta eso, pasa algo muy serio: baja las expectativas. Se protege. Se vacuna contra la ilusión. Ese fue el verdadero trauma. Porque el madridista, que está hecho para esperar lo imposible en esas noches de remontadas épicas de las Copas de la UEFA, empezó a conformarse con lo probable, por culpa de esas noches nefastas, hasta cinco años seguidos, con el equipo de mayor talento que habían visto nuestros ojos: Munich, Eindhoven, Milán por dos veces y una noche aciaga contra el Spartak de Moscú. Cinco años seguidos ante la mirada de un niño y adolescente son toda una vida.
La experiencia europea se avinagró más aún con el Torino de Martín Vázquez y aquel PSG de los 90, o con el vergonzoso partido del Odense danés. Un nuevo intento en Champions contra una Juve bastante mediocre y un año sin competiciones europeas en la que, como digo, vi ganar la Copa de Europa al Borussia de Dortmund. Era insoportable. Llegué a aceptar que nunca lo vería.

Hasta que llegó 1998.
Con La Séptima no solo llegó una Copa de Europa. Llegó una ruptura psicológica. Un desgarro en esa resignación que habíamos aprendido casi sin darnos cuenta. Pero lo que vino después no fue normalidad. Fue otra cosa. Porque, cuando has pasado hambre durante tanto tiempo, no vuelves a comer igual. No sabes comer igual. No quieres comer igual.
Cuando has pasado hambre, comes con ansiedad. Comes con urgencia. Comes como si te lo fueran a quitar. Incluso en la abundancia, como aquellos de nuestros mayores que habían vivido la guerra y la postguerra, jamás tiraban un currusco de pan que sobrara de la comida. Su memoria se lo impedía.
Eso es el Real Madrid en la Champions desde entonces. Una necesidad insaciable. Una obsesión que no entiende de ciclos, de probabilidades ni de lógica deportiva. Porque no es solo ambición. Es memoria. Es una especie de síndrome de abstinencia que sigue activo, incluso en la abundancia.
Por eso ganar no calma. Alivia, pero no calma.
Me he hartado de ver estos años equipos del Madrid que vagan sin alma en la Liga y en la Copa, convertirse en una máquina de matar sin dejar prisioneros cuando llegan estos cruces del mes de marzo. Y por aquí han pasado todos, y los mejores. Bayern, Liverpool, City, United, Milan, PSG, Juve, Leverkusen, Inter, Chelsea, Tottenham. Incluso fue una delicia ganar una final a ese Borussia de Dortmund ante el que yo renegué. Es un no parar.
Porque en el fondo de cada celebración hay un eco antiguo que dice: “esto se puede acabar”. Y ese eco, aunque no se diga en voz alta, empuja a querer otra. Y otra. Y otra. Hasta el infinito. El madridismo es adicto a ganar esta Copa de Europa y no, por ejemplo, a la Liga, que nos hartamos en aquellos años de escasez europea. Por eso nunca es suficiente. Por eso la Champions no es un objetivo. Es una necesidad absolutamente insaciable. Para mal, pero sobre todo para bien.

Hace poco lo explicó Valdano cuando dijo aquello de que el Club más difícil de entrenar es el Real Madrid: “Cuando ganas la Liga no es suficiente porque el aficionado pregunta por la Champions, y si ganas la Champions te dice: bueno, a ver el año que viene…”. En esta última eliminatoria contra el City he vuelto a ver esa mirada, a oler esa necesidad y a sentir entre los aficionados madridistas esa seguridad de que la 16 está mucho más cerca para nosotros que una más para cualquier otro.
Ahora viene un —de nuevo— Todopoderoso Bayern. Y puede que sean mejores. Pero jamás tuvieron esa necesidad. Por eso van a perder otra vez y, otra vez, sin lograr entenderlo. Es un poema la cara de los rivales que viene siendo superiores y se van eliminados en cualquiera de los formatos: goleados, remontados, en penaltis, o de penalti en el último minuto. Nunca lo entenderán, porque nunca lo sufrieron como nosotros. Hala Madrid, y nada más.
Getty Images
Langsung









































