La Galerna
·23 Februari 2026
El 7 infinito

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Con motivo del lanzamiento el próximo 25 de febrero del libro «El 7 infinito» (geoPlaneta), elaborado por Salva Martín y Roberto Gómez Mira, hijo de Juanito, publicamos la siguiente pieza.

Hay nombres que evocan un patrimonio. Que unen pasado (todo nervio y corazón) y presente (soy lucha, soy belleza) con la vigencia de tener asegurado el futuro. Trascienden su contexto y se elevan sobre una época, representándola. Hay nombres que superan al hombre, y en esa categoría vive Juanito.
Porque Juanito lo fue todo en el fútbol. Talento. Rebelde. Líder. Estrella. Villano. Ejemplo. Leyenda. Y lo hizo allí por donde pasó, desde Fuengirola hasta Mérida, con parada especial en Madrid. Allí, con el equipo ya en la cima, Juanito le añadió el hechizo, el mito de los noventa minuti, el faro evocador de la conquista imposible.
Juan vive. Y lo hace en el latido del madridismo, del fútbol, y en la herencia de su irrepetible figura. Y ahora en el libro que he tenido el honor de componer junto a su hijo Roberto
El 7 infinito no sólo dejó un recuerdo cargado de maravillosas jugadas, fintas, goles y títulos, sino una manera de conducirse por el mundo guiada desde el centro de gravedad que era su corazón. Apunta en la diana Jesús Bengoechea cuando escribe que «pertenecía a esa raza de brujos ininteligibles, como Best o Maradona, aunque con una diferencia: su rabiosa idiosincrasia, tan común en este tipo de estrellas, estaba teñida de un sentido de equipo casi enfermizo. Ningún yo ha sido tan grande a despecho de fundirse tan ciegamente con el colectivo». Llegó para un qué, sustituir la magia de Amancio, y permanece por el cómo, su místico legado de resistencia a la derrota.
Juanito jugaba para ser declamado, siempre en primera línea en los elogios y las balas. Convirtió el fútbol en un manifiesto, con una actitud casi militante que le impedía retroceder incluso en los ambientes más hostiles, donde se crecía. Pese a que cierto imaginario lo asemeje a una granada a punto de estallar, detenerse en su trayectoria es encontrarlo más cerca de la chistera que de la batalla.

Eso sin negar, por supuesto, su carácter fronterizo, lejos del equilibrio que tanto buscaron su persona y su personaje. Porque Juanito tocó cumbre y se batió en el fango, y todo a cara descubierta, sin artificios ni máscaras. Si la intensidad es una forma de identidad, como escribió Borges, su vida se la aseguró con creces.
La conexión con los suyos, aquellos que un día se descubrieron ante el genio y hoy lo recuerdan en su minuto reservado, abrió un territorio sentimental propio con visos de perdurar para siempre. Porque con Juanito, como cantó Robe en El poder del arte, “nada es impensable, nada es imposible”. Ni siquiera descubrir anécdotas desconocidas, leer nuevos testimonios, acercarse a documentos inéditos y disfrutar de imágenes de su vida todavía no publicadas.
Juan llegaba siempre demasiado lejos. Lo terrible fue cuando no regresó. Pero vive. Y lo hace en el latido del madridismo, del fútbol, y en la herencia de su irrepetible figura. Y ahora en el libro que he tenido el honor de componer junto a su hijo Roberto.
Que lo disfruten.
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