El Sevillista
·25 Maret 2026
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·25 Maret 2026
El Sevilla FC vive instalado en una contradicción tan incómoda como reveladora. Aquel discurso optimista de comienzos de temporada, encabezado por Antonio Cordón, en el que se apelaba a la alegría y la ambición, ha mutado en una frase que define con crudeza el presente: “esto parece un velatorio”. No es solo un desliz, es un diagnóstico.
Porque lo que hoy transmite el Sevilla no es únicamente una mala racha deportiva, sino algo más profundo: la sensación de un proyecto que ha perdido el pulso, la identidad y, lo más preocupante, la fe en sí mismo. El Ramón Sánchez-Pizjuán, tradicionalmente un bastión de energía y presión, se ha convertido en un escenario de resignación contenida, donde cada partido parece más una obligación que una esperanza.
La salida de Matías Almeyda no hizo sino acelerar una caída que ya venía gestándose desde meses atrás. Su figura, que en su llegada despertó cierta ilusión por su carácter competitivo, acabó diluyéndose en un contexto incapaz de sostener ningún relato a largo plazo. No fue el origen del problema, pero sí una víctima más de un ecosistema inestable.
A nivel institucional, el club transmite una preocupante falta de rumbo. Las decisiones parecen reactivas más que estratégicas, y el mensaje hacia fuera —y hacia dentro— carece de coherencia. La frase de Cordón no debería interpretarse como una anécdota, sino como la verbalización de un estado de ánimo que se ha instalado en la estructura del club.
Y en ese velatorio simbólico no hay un único difunto, sino varios: la identidad competitiva, la estabilidad institucional y, en cierta medida, el respeto ganado durante años en Europa. Porque no hace tanto que el Sevilla era sinónimo de fiabilidad en los momentos decisivos. Hoy, en cambio, es un equipo que genera más dudas que certezas.
El sevillismo, acostumbrado a reinventarse en los peores contextos, observa con inquietud un presente que no encuentra suelo firme. Y aunque el fútbol siempre ofrece segundas oportunidades, la sensación dominante es que esta caída no es coyuntural, sino estructural.
Quizá lo más preocupante no sea que el club atraviese un mal momento —eso forma parte del deporte—, sino que desde dentro se asuma con naturalidad ese ambiente de velatorio. Porque cuando la resignación sustituye a la ambición, el problema ya no está en el césped, sino en los cimientos.
El Sevilla aún está a tiempo de evitar que esta crónica tenga un final definitivo. Pero para ello necesita algo más que cambios superficiales: necesita recuperar el alma.
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