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La Galerna

·11 Januari 2026

Silencio

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Existe una anécdota apócrifa —que seguro que os suena— sobre el general romano Belisario, quien tras reconquistar medio mundo para el emperador y salvar a Roma, terminó sus días ciego y mendigando por las mismas calles que él mismo había pavimentado con sus victorias. La leyenda cuenta que los ciudadanos no lo odiaban por haber perdido, sino por recordarles, con su sola presencia, el precio sangriento de sus logros.

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Hoy podemos ser testigos de una representación moderna de esta tragedia, pero el protagonista no lleva armadura romana, sino el dorsal 7. Y para poder entender lo que está ocurriendo y por qué parte del madridismo ha comenzado a devorar a Vinicius Junior, debemos abandonar la lógica deportiva y adentrarnos en la patología de los sistemas cerrados, porque lo que estamos presenciando no es una crisis de juego, es un trastorno autoinmune: el Real Madrid, como cuerpo social, ha comenzado a identificar a sus propios leucocitos —aquellos diseñados para el combate más feroz— como una amenaza para la salud del organismo, y el «Caso Vinicius» ha dejado de ser un asunto de odio externo para convertirse en un caso de estudio sobre la ansiedad institucional y el desplazamiento de la agresión. Vamos a ello, porque entenderlo nos puede ayudar mucho en nuestro día a día.


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El aficionado actual se ha acostumbrado a la victoria como estado natural, y ahora, tras una temporada sin títulos importantes y sumidos en una espiral de juego negativa, vivimos nuestro particular invierno cartaginés, sucumbiendo así a una neurosis colectiva. La ausencia de títulos no genera tristeza, genera ira, y esta, de origen, necesita dirección. Atacar a la institución es abstracto, y los números silencian las críticas, atacar al club y su historia es doloroso a la par que absurdo, atacar al rival es impotente cuando este te está ganando… Y aquí entra el brasileño.

la masa social, agotada de ser la mala de la película, ha comprado la narrativa del agresor, y creen erróneamente, que si eliminan a Vinicius el odio contra el Madrid cesará. Una fantasía de redención. «Si entregamos al chico, nos dejarán en paz»

Desde la psiquiatría, lo que está ocurriendo es un desplazamiento freudiano de manual. La masa, incapaz de procesar la frustración de ver a su equipo perder, vuelca esa impotencia sobre el blanco más visible y la víctima más expuesta. Se le acusa de desestabilizar al equipo con sus «guerras personales», cuando la realidad es que el equipo es inestable por numerosas y numerosas cuestiones. Que el Real Madrid no gana porque «Vinicius se distrae» es una mentira reconfortante. Porque es mucho más fácil señalar la actitud de un chico de 25 años que diseccionar un proyecto deportivo para detectar y solventar errores. Esto lo hacemos continuamente con nuestra propia vida, preferimos culpar a alguien de una situación y alejarnos que analizar qué nos ha llevado ahí, discutir con un socio que reestructurar un proyecto, no hablar con un familiar que solucionar los problemas, aunque en el caso del brasileño hay mucho más. Vinicius se convierte así en el pararrayos de una tormenta que él no desató, pero que lo está electrocutando. Lo que la prensa y la grada llaman «provocación»es, en términos psiquiátricos, la hipervigilancia del trauma. Y lo que la afición está haciendo no es «exigencia», es una traición biológica: están sacrificando al órgano que se hipertrofió para salvarles. Ante la indefensión y agresividad que sufrió el chico,desarrolló una personalidad «hipervigilante». Y es que el superviviente de bullying masivo a menudo aprende que la única seguridad es la defensa activa y constante. Lo siento, no se puede pedir a quien tuvo que construirse una armadura para sobrevivir que se la quite de buenas a primeras. Mucho menos sin la confianza de los suyos.

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René Gizard teorizó que las sociedades purgan su violencia interna sacrificando a un tercero, pero lo fascinante y perverso de este caso es la inversión del mecanismo. Parte de la afición está sacrificando a su hijo predilecto para congraciarse con sus enemigos. Y ojo, lejos de ser algo anómalo, esto está definido como el síndrome del niño maltratado que intenta complacer al maltratador, es decir, que la masa social, agotada de ser la mala de la película, ha comprado la narrativa del agresor, y creen erróneamente, que si eliminan a Vinicius el odio contra el Madrid cesará. Una fantasía de redención. «Si entregamos al chico, nos dejarán en paz», susurra el inconsciente colectivo del Bernabéu. El aficionado le grita «cállate y juega», porque cada vez que Vinicius se revuelve y protesta ante la injusticia, obliga a los suyos a tomar partido, y defender a la víctima en una sociedad de confort e inmediatez cansa, culparla libera.

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Lo más trágico de todo esto es esa soledad de la víctima de bullying cuando llega a casa y descubre que sus padres se han puesto del lado de los matones. El brasileño, que sufrió una campaña de deshumanización sin precedentes y que logró superar, ahora se encuentra de nuevo abandonado en medio de una crisis del club, la prensa y la propia afición que ha adoptado la retórica del agresor. Sociológicamente, esto se explica por el miedo al contagio. En una dinámica perdedora, el grupo se siente débil y humillado. Para recuperar cierta sensación de control y honorabilidad ante la opinión pública, deciden amputar el miembro que genera controversia, cuando en realidad lo único que están haciendo es demostrar sumisión ante el relato que el enemigo construyó durante años. La rendición final: aceptar que el verdugo tenía razón sobre la víctima.

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Si finalmente logran que Vinicius se marche, si la presión de la propia familia termina por expulsar al miembro que más la defendió, no habrá celebración, tan solo ese silencio espeso que queda en las habitaciones tras cometer un error irreparable.

La historia, por cerrar con lo que inicié, nos enseña que los imperios no caen cuando son atacados desde fuera, sino cuando empiezan a temer a sus propios defensores. Al pedir la cabeza de Vinicius, están matando al centinela porque sus ladridos no les dejan dormir, olvidando que son esos ladridos los únicos que mantenían a los lobos a raya. Cuando el centinela se haya ido y el silencio reine en el Bernabéu, ya no habrá pitos, ni siquiera aplausos; y nos daremos cuenta de que el silencio no es paz, es indefensión. Es tristeza.

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