La Galerna
·1 April 2026
Un respeto a D. Florentino Pérez

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Hemos asistido recientemente, sobre todo tras las dolorosas derrotas ante Osasuna en El Sadar y ante el Getafe de Bordalás, a varios días que yo calificaría de penosos y muy lamentables dentro del madridismo. Gracias a Dios, tuve la suerte de abandonar las redes sociales —hablo de X, ese estercolero infame repleto de odio y de toda clase de frustraciones freudianas— hace más de un año, pero al final el hediondo olor que expelen numerosos tuiteros, y también no pocos de supuestos youtubers madridistas, también acaba por llegar a todas las pituitarias que siguen la actualidad del club merengue.
Desde este modesto atril, avalado por casi 55 años de pasión madridista dentro y fuera de nuestro estadio —amén de mi correspondiente condición de socio—, he de confesar que me he sentido más que nunca abochornado por abrazar los mismos colores futbolísticos que cientos, quizás miles, de cenutrios que se han expresado como verdaderos cabestros descerebrados. El colmo fue asistir al infame espectáculo de ver a decenas o cientos de espectadores en el Santiago Bernabéu nada menos que dirigirse al palco con ominosos gritos de “¡Florentino, dimisión!” tras la derrota por 0-1 ante el Getafe.

Dándole la vuelta al célebre dicho “De bien nacidos es ser agradecidos”, alzo la voz y digo a los cuatro vientos: “De muy malnacidos es ser tan desagradecidos”. No sé si se trataba de aficionados de nuevo cuño, de espectadores jóvenes o no tan jóvenes, de personas manipuladas por algún interés oscuro. Escuchar dichos alaridos me dieron ganas de no volver a pisar un estadio al que habré acudido más de mil veces en mi vida.
No está de más recordar a todos esos energúmenos que el Real Madrid, mejor club del siglo XX según la FIFA y bien encaminado —nadie le hace la mínima sombra por ahora— para ser también el mejor club del siglo XXI, tuvo que atravesar un desierto de 32 años que transcurrió entre la Sexta y la Séptima Copa de Europa. 32 años es una barbaridad de tiempo. Para que se hagan una idea, los Juegos Olímpicos de Barcelona, olvidados ya casi por la mayoría, acabaron hace 34 años. 32 años es lo que tarda cualquier ser humano desde que nace hasta que más o menos se consolida en la vida como adulto responsable. Una eternidad.
Dándole la vuelta al célebre dicho “De bien nacidos es ser agradecidos”, alzo la voz y digo a los cuatro vientos: “De muy malnacidos es ser tan desagradecidos”
Yo viví cada uno de esos 32 años, y los recuerdo muy bien, ya que soy asiduo a Chamartín desde finales de la década de los 60. No hubo consecución de trofeo de Copa de Europa, lo más cerca que estuvimos fue haber llegado a la final de 1981 o lograr alcanzar varias semifinales (1973, 1976, 1980, 1987, 1988 y 1989) en una época en la que tan solo el campeón de cada liga nacional tenía opción de competir por el máximo trofeo europeo.
Y sí, hubo muchas frustraciones, con derrotas tristes —y algunas lamentables— ante Ajax, Bayern, Hamburgo, Liverpool, AC Milán. Pero no recuerdo nunca haber asistido a un aquelarre absurdo, ignominioso e injusto como la escena de hace unos días. Ni con Bernabéu de presidente, ni con Luis de Carlos, ni con Ramón Mendoza.
¿Quizás porque en aquellos años nos conformábamos con menos? Pero también quizás gozábamos más, con victorias en eliminatorias, con las inolvidables noches del Derby County, del Oporto —jamás hubo más espectadores en Chamartín que aquel día, con el inolvidable gol de cabeza de Goyo Benito—, del Celtic, del Bayern.
Aquellos años 70, ganando 3 de cada 5 ligas, con Amancio, con Pirri, con Velázquez, con Santillana. Aquella Quinta del Buitre, que primero nos regaló un campeonato de liga de 2ª división con el Castilla —que llenaba casi más el estadio que el primer equipo— y que luego logró 5 títulos de carrerilla con un fútbol inolvidable.
Chamartín se llenaba y la afición gozaba, me atrevo a decir muchísimo más que ahora. Claro que tuvimos épocas de vacas flacas y apenas un par de consuelos europeos en forma de Copas de la UEFA —competición en su momento que le daba mil vueltas a la Europa League actual—, que, para ser sinceros, se saborearon muchísimo en 1985 y en 1986, tras aquellas noches locas ante los Anderlecht, Borussia, Inter o Colonia.
No hay nada menos rutinario que ganar una Copa de Europa, cada año van a por ella decenas y decenas de clubs, algunos de ellos dopados hasta el infinito por los millones procedentes del petróleo o del gas natural
Y ahora, ¿qué? Tras romper el maleficio de los 32 años en Amsterdam, volvieron los nuestros al pedestal más alto del continente. Y, tras dos aldabonazos más en 2000 y en 2002, volvimos al desierto otros 12 años. Entre otras cosas, con 6 caídas consecutivas en octavos de final de la Copa de Europa. Con alguna que otra alegría en forma de liga del clavo ardiendo o la Copa de Valencia ante el equipo que muchos creían que iba a dar la vuelta al contador de la Champions League.
Pero no fue así. Y resulta que, tras la Décima de Lisboa, este bendito club, dirigido por un genio, un —gracias, Butragueño— ser superior e irrepetible, nos ha regalado en una década tantas copas de Europa como en los mejores años de aquellos titanes irrepetibles capitaneados por Di Stéfano y por Gento.
Las nuevas generaciones, aquellos aficionados de menos de 25 años, han vivido ya 7 u 8 máximos galardones europeos. Y me temo que han visto estas conquistas como algo sencillo y, sobre todo, rutinario. No hay nada menos rutinario que ganar una Copa de Europa, cada año van a por ella decenas y decenas de clubs, algunos de ellos dopados hasta el infinito por los millones procedentes del petróleo o del gas natural.

No es cierto que no haya mérito en ganarla, que “solo son un puñado de partidos”. Que se lo digan al Chelsea, que tiene 2 en toda su historia, al Manchester City, que tiene 1, o al PSG, que recién se estrenó el año pasado, y que cada año han tirado la casa por la ventana como si no hubiera un mañana para lograr lo que el Madrid ha conquistado ya 15 veces.
Da bastante tristeza que la memoria de muchos de los supuestos aficionados merengues sea tan corta y estrecha. Apenas 4 meses después de lograr la 15ª, ya había caras largas en el estadio, y qué decir de las odiosas redes sociales. Había que cerrar el club y derribar todas las instalaciones deportivas, gasearlas y bombardearlas sin piedad. Esa prisa, esa falta de paciencia que se detecta cada día más entre gran parte de la afición es, sencillamente, inadmisible.
No es fácil pasar de tener en un equipo a 7, 8, 9 de los mejores del planeta al mismo tiempo (Ramos, Varane, Marcelo, Modric, Casemiro, Kroos, Cristiano, Bale, Benzema), perderlos a todos ellos, la mayoría por razones de edad, y esperar que los que se incorporan vayan a hacer exactamente lo mismo que los anteriores en un tiempo récord. Aun así, cayeron la 14ª y la 15ª sin muchos de los nombrados. Y con un mérito increíble ambas veces.
Aceptemos la impaciencia. Pero en ningún caso tenemos que aceptar la ingratitud. E ingratitud es pedir la dimisión de Florentino
Una cosa es ser exigentes —todos los madridistas lo somos— y otra cosa es querer milagros cada año. Los momentos de transición parece que ya no existen y que cualquier nueva incorporación que se vista con nuestra zamarra tiene que ser inmediatamente tan buena como la leyenda que se acaba de retirar.
Aceptemos la impaciencia, por lo tanto, tampoco hay que pedir a los nuevos madridistas que sufran un calvario de 32 años como los de mi generación. Seguro que no lo aceptarían y abandonarían al club transcurrida la mitad del tiempo. Pero en ningún caso tenemos que aceptar la ingratitud. E ingratitud —y otros sustantivos peores— es pedir la dimisión a un presidente que nos salvó literalmente de la ruina en el año 2000, que volvió a poner en el mapa a nuestro club, que se gana día a día el respeto de organismos tan ególatras como la UEFA y la FIFA, que ha alzado un estadio que es buque insignia mundial en este planeta, y que le saca una diferencia de 8 Copas de Europa al segundo más laureado (Milán), y 9 a los terceros (Bayern y Liverpool).
Yo no quiero estar al lado de ese tipo de supuestos madridistas, ya que provengo de una sequía que me pareció eterna, pero con la cual muchos convivíamos y lográbamos ser felices. En estos tiempos, menos de 2 años ya les parece a muchos una espera inaguantable. Para inaguantables, que se miren ellos mismos al espejo.
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