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La Galerna

·20 gennaio 2026

Arbeloa: un hombre a los mandos

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El estreno de Álvaro Arbeloa como entrenador del Madrid me ha hecho pensar en el famoso poema con que termina la película Interstellar, de Christopher Nolan: «Do not go gentle into that good night». Los versos son del poeta galés Dylan Thomas y evocan la idea de resistencia a un destino fatal. Leí a alguien decir que Arbeloa es lo más parecido a tener en el banquillo del Real a uno de nosotros mismos y es verdad. Puede que, desde Zidane, nadie se haya sentado en esa trituradora de almas que ame más al Madrid, pero Zidane era un ser superior. Arbeloa es uno di noi, un hombre normal que ha visto colmado, con el ejemplo de su vida, el sueño de millones de niños. En esta hora sublime en la que suenan las trompetas del Apocalipsis hay un hombre, un hombre de club, que ha dado un paso adelante.

Y que lo ha dado por amor.


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El madridismo vive una de esas crisis nerviosas de las que puede salir una catástrofe o una Copa de Europa. La primera semana de Arbeloa al frente del primer equipo ha consistido en un resumen acelerado de todos los problemas con los que tendrá que lidiar en medio, además, de una situación, social e institucionalmente hablando, de descomposición. Que, en función de cómo se vayan desenvolviendo ciertos temas de importancia crítica para el futuro de la organización (que se están gestionando de forma opaca, siendo el Madrid, en teoría, todavía un club de naturaleza asamblearia) puede influir aún más gravosamente sobre el estado de ánimo de la afición y de la plantilla.

Es un panorama dantesco, un verdadero partido macho. Arbeloa tiene toda su carrera como entrenador por delante y corre un serio peligro de quemarse a las primeras de cambio. Es altamente improbable que nos hagamos una idea cabal de cuál es su «idea de fútbol» puesto que coge, a media temporada, una plantilla a la que no hay, verdaderamente, por dónde cogerla; un equipo con el ánimo por los suelos, jugadores aplastados por la realidad y la confianza seriamente dañada por unos resultados acordes a su nivel objetivo y a la calidad de la planificación deportiva del club.

En esta hora sublime en la que suenan las trompetas del Apocalipsis hay un hombre, un hombre de club, que ha dado un paso adelante. Y que lo ha dado por amor.

Y sin embargo, ahí está: luchando contra los elementos, como un buen hidalgo español, encarnando el hermoso verso del poema de Thomas: «rage, rage against the dying of the light».

Ya hemos visto, no obstante, algunas cosas de Arbeloa como técnico. Lleva «a Mourinho dentro» como él dijo en su primera rueda de prensa. Tiene un claro sentido de la escena, de lo dramático. Su pausa, ante la cámara, para observar las Copas de Europa al llegar al estadio una hora antes del partido, es un gesto, claro, pero es que el aficionado al fútbol sólo vive de gestos. El suyo, al hacerse cargo de este quilombo, de este coloso en llamas, es un gesto de Quijote.

Arbeloa es consciente del momento tan delicado por el que pasa la casa, un momento guerracivilista como no se recuerda, y quiere atraer la cólera del respetable hacia él, como la crítica de los medios y la responsabilidad de las derrotas. Es una idea inteligente y con un puntito de heroísmo pues, al fin y al cabo, con ese vestuario tendrá que llegar a junio. También tiene reflejos: se equivocó ubicando a Gonzalo, de inicio contra el Levante, por la derecha, y rectificó a tiempo sustituyéndolo por Güler. Por quien, a pesar de no haber salido aún de la guardería ni roto en un talón de Özil ni mucho menos, han pasado, ciertamente, los mejores ratos de fútbol del Madrid esta temporada.

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Pero el sentido de club de Arbeloa no se limita sólo a la caseta que administra, de momento como interino aunque eso tampoco lo sabemos: desde el Madrid, siguiendo la costumbre, no han aclarado nada. Por más que se sobreactúe la pitada que recibieron presidente y jugadores el sábado al mediodía no fue, ni de lejos, la peor de las que se han presenciado en el Bernabéu. No está de más recordar que a Iván Campo lo mandaron al diván del psicólogo y el buen hombre acabó de titular en la defensa de cinco con que Del Bosque ganó la Octava en París.

Arbeloa uiere atraer la cólera del respetable hacia él, como la crítica de los medios y la responsabilidad de las derrotas. Es una idea inteligente y con un puntito de heroísmo pues, al fin y al cabo, con ese vestuario tendrá que llegar a junio

En el Bernabéu todavía, aunque débil, late un nervio democrático y el fútbol, de momento, sigue siendo un juego y no un entertainment americanizado. Los silbidos de la gente reflejan un malestar más profundo que como es normal se ceba con el hijo más querido; pues Vinícius, por méritos propios, se sienta a la misma mesa de Cristiano Ronaldo, Zidane o Benzema. Arbeloa todo esto lo sabe y sabe que, como en Las Ventas, un lance, un quite del perdón, un muletazo con la muñeca de seda, lo cambia todo. Él está ahora al mando y a mí se me viene a la cabeza la imagen suya, tras marcar un gol en un partido de la fase de grupos de la Copa de Europa de la temporada 2013-2014, regañando a la grada y pidiendo que los aplausos del Bernabéu fueran para Benzema, al que estaban crucificando.

Arbeloa debutó en el Madrid, como jugador, hace poco más de veinte años. Entonces, la situación era parecida: deportivamente hablando el equipo llevaba un año largo hecho unos zorros y el mandato del presidente Pérez presentaba síntomas de agonía. Es decir, no sólo es Mourinho: el Madrid tiene un entrenador que tiene un conocimiento anticipado de los posibles giros de guion. Lo que en las actuales circunstancias vale oro. «Grave men, near death, who see with blinding sight / Blind eyes could blaze like meteors and be gay / Rage, rage against the dying of the light».

Getty Images

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