Mundo Levante UD
·9 febbraio 2026
El partido duró lo que quiso el silbato

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·9 febbraio 2026

El Levante UD cayó en San Mamés, aunque no totalmente por falta de fútbol ni de carácter. Fue derrotado por una decisión arbitral tan interpretable como decisiva, de esas que rara vez castigan al poderoso y casi siempre condenan al equipo pequeño.

- Carlos Álvarez saltando al césped de San Mamés (@A. Benetó | LUD) -
San Mamés impone. Por su historia, por su atmósfera, y en ocasiones, por algo más. El Levante UD salió ayer a competir contra el Athletic Club de tú a tú. Once contra once, el partido se encaminaba hacia lo que quería el conjunto granota. Daba la sensación de que, si alguien iba a salir reforzado del encuentro, iban a ser los de Luís Castro.
Entonces apareció la jugada de la discordia. Una acción que lo cambió todo. Una expulsión tan interpretable como definitiva. Y, casualidades del fútbol o no, la decisión casi siempre cae del mismo lado cuando el equipo perjudicado es el débil. No hablamos de un error flagrante de Matturro, que sí peca de pardillo. Hablamos de una de esas acciones grises en las que, en la lectura de la misma, el contexto pesa más que la jugada.
Y quizá tampoco sea casualidad que esta interpretación tan severa llegue apenas un día después de que el Levante emitiera un comunicado crítico contra LaLiga. No es una acusación, es una coincidencia llamativa. De esas que en un campeonato sano pasarían desapercibidas, pero que en uno tan sensible a la crítica alimentan la desconfianza y refuerzan la sensación de que levantar la voz tiene consecuencias.
El silbato actuó, y el partido se rompió. El problema va más allá de una roja discutible. Es el retrato de una liga que hace tiempo que perdió el norte. Una competición selectiva cuyo presidente fantasea con llevar partidos a miles de kilómetros, coquetea con situaciones indignas de la élite, y se olvida de cuidar el producto.
La historia de los árbitros es la que ya todos conocemos. Siempre a la defensiva, con victimismo y arrogancia, y cero autocrítica. Un colectivo que pide comprensión mientras muestra soberbia y una preocupante desconexión con lo que ocurre en el césped. El problema no es que se equivoquen, es que nunca pasa nada cuando lo hacen.
Al final, los grandes señalados somos los de siempre: la afición. La que paga precios desorbitados por entradas y televisión. La que organiza su vida alrededor de un partido cuyo horario puede cambiar de la noche a la mañana. La que exige un espectáculo justo y se encuentra con uno adulterado.
En cualquier caso, y volviendo a lo verdaderamente importante: el Levante UD compitió. Sigue a cinco puntos de la permanencia, sí, pero juega bien. Tiene identidad y argumentos. Ayer, en igualdad de condiciones, quizá no hubiéramos perdido. Esto no es un consuelo vacío, sino una certeza que invita a creer.
Esta semana llega el derbi de la ciudad contra el Valencia CF. Una final para los dos en términos de salvación. Un choque donde el entrenador rival se juega el puesto y cada aliento va a echar fuego por cierto regreso poco deseado a Orriols. Una batalla en la que no valdrán las excusas: o todo, o nada.









































