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·5 aprile 2026

El problema no es el fútbol: es lo que algunos hacen con él

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Lo ocurrido con Lamine Yamal en el Metropolitano no es una anécdota aislada. Es un síntoma, uno más; y lo preocupante es precisamente eso: que empieza a parecer normal.

Durante el partido entre el Atlético de Madrid y el FC Barcelona, un sector de la grada volvió a cruzar una línea que nunca debería tocarse. Insultos como “vete con Marruecos” o ataques personales evidencian que, para algunos, el fútbol sigue siendo una excusa para soltar odio disfrazado de apoyo a tu equipo.

Lamine Yamal tiene 17 años y es uno de los mejores jugadores del mundo. Pero, antes que eso, es una persona.


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No es rivalidad, es otra cosa

Siempre se ha defendido que el fútbol es pasión, rivalidad, tensión. Y sí, lo es, pero lo que vimos no entra en ninguna de esas categorías. No es rivalidad decirle a alguien “eres muy feo”. No es presión deportiva insultar su origen o su físico.

Eso tiene un nombre: intolerancia.

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Lamine Yamal ayer en el Metropolitano. Fuente: beIN Sports

Pero reducir esto solo a lo que le ocurre a Lamine Yamal sería quedarse a medias. No es un caso aislado ni un jugador concreto el problema. A lo largo de los años, muchos futbolistas —de distintos equipos, edades y nacionalidades— han tenido que soportar insultos racistas, xenófobos o personales desde la grada. Desde jóvenes promesas hasta estrellas consolidadas. Cambian los nombres y los estadios, pero el patrón se repite.

¿Y LaLiga qué?

Aquí es donde entra una pregunta: ¿hasta cuándo?

Porque no basta con comunicados ni con condenas tibias después de cada incidente. A ver si de una vez LaLiga se pone las pilas y decide cargar de verdad contra quienes convierten los estadios en espacios de odio.

Sanciones ejemplares, expulsiones, cierres parciales o totales de gradas si hace falta. Lo que sea necesario para dejar claro que esto no tiene cabida. Porque mientras las consecuencias no estén a la altura, el problema seguirá repitiéndose jornada tras jornada.

No es un incidente aislado: el patrón se repite

Lo de ahora tampoco llega de la nada. Hace poco, en el RCDE Stadium, se escucharon cánticos de “musulmán, el que no bote”, un ejemplo claro de cómo la religión también se utiliza como arma para señalar y humillar.

Pero hay más. Mucho más. Hace apenas un mes Rafa Mir le habría dicho “viniste en patera” a Omar El Hilali, una frase de claro contenido xenófobo que, además, no fue escuchada por ningún miembro del equipo arbitral. De momento, no hay ninguna sanción para el jugador.

Si miramos un poco más atrás, el precedente es aún más grave: en 2021, Juan Cala se habría referido a Mouctar Diakhaby con el insulto “negro de mierda”, provocando una reacción inmediata sobre el campo y un debate que dio la vuelta al fútbol español.

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Lamine Yamal durante el España-Egipto en el RCDE Stadium. Fuente: RTVE

Incluso en competiciones europeas recientes se han visto situaciones similares. Prestianni fue acusado de llamar “mono” a Vinícius, y, a diferencia de LaLiga, la UEFA actuó con rapidez, apartándolo mientras se investigaban los hechos. Una respuesta muy distinta a la que solemos ver aquí.

Ese tipo de situaciones no son excepciones: son parte de un patrón que se repite demasiado. Porque este problema no empieza ni termina con un solo jugador. Ese tipo de consignas no son bromas de grada. Son mensajes que normalizan el desprecio hacia otros. Y lo más preocupante es que, igual que ahora, todo pasa… y al poco tiempo parece olvidarse.

El silencio también juega

Pero hay algo todavía más incómodo que los insultos: el silencio que los rodea. Porque estos episodios casi siempre vienen de “unos pocos”. Pero esos pocos gritan lo suficiente para marcar el ambiente… y demasiados miran hacia otro lado.

Clubes, federaciones, aficionados: todos forman parte del ecosistema. Y mientras no haya una respuesta firme, clara y constante, el mensaje que se transmite es peligroso: que esto, en el fondo, se tolera.

Nadie debería aprender a tolerar el odio

Lo más triste es que Lamine Yamal, junto a muchos otros jugadores, empiezan a acumular experiencias que ningún joven debería normalizar. En lugar de hablar de su fútbol, hablamos de cómo reacciona ante los insultos; de si le afectan, de si responde.

Pero esto tampoco debería ser una carga solo suya. Ningún jugador debería tener que acostumbrarse a esto, ni desarrollar “piel dura” para soportar lo que nunca debería ocurrir. Porque el fútbol debería ser el lugar donde un chico con talento deslumbra, no donde tiene que aprender a gestionar el odio.

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Vinicius y Prestianni durante el caso de racismo ocurrido en el Benfica-Real Madrid. Fuente: RTVE

El fútbol no crea estos comportamientos. Los refleja. Y lo que estamos viendo no habla bien de nosotros. Cada insulto en un estadio no es solo un problema del deporte. Es un problema social que se vuelve visible ante millones de personas.

Y quizá por eso incomoda tanto: porque no se puede esconder.

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