Major League Soccer
·26 giugno 2026
Estados Unidos y la victoria que nadie nombra

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·26 giugno 2026

By Ariel Judas
Hay derrotas que cambian la historia de una selección. Y hay derrotas que demuestran cuánto ha cambiado ya esa historia.
Estados Unidos perdió frente a Turquía y dejó escapar la posibilidad de conseguir algo que nunca había logrado en una Copa del Mundo: ganar sus tres partidos de la fase de grupos.
Sin embargo, cuando sonó el pitazo final en Los Ángeles, ocurrió algo mucho más importante que el resultado. La ilusión permaneció intacta. La conversación ya estaba instalada en Santa Clara, donde el miércoles espera Bosnia y Herzegovina en los dieciseisavos de final. Nadie hablaba de un fracaso. Nadie parecía dispuesto a derrumbar el proyecto por una derrota.
Hace diez o veinte años, un partido así habría reactivado todas las dudas alrededor del USMNT. Habría regresado el discurso de siempre: que todavía falta, que este equipo aún no está preparado, que el fútbol continúa ocupando un lugar secundario dentro del deporte estadounidense.
Esta vez ocurrió exactamente lo contrario.
La pregunta siguió siendo la misma que después de vencer a Paraguay y Australia: ¿hasta dónde puede llegar esta selección?
Puede parecer un cambio pequeño.
En realidad, es un cambio histórico.
Porque las grandes selecciones no construyen su identidad alrededor de un solo resultado. Conviven con las derrotas sin que eso destruya las expectativas. Y por primera vez, Estados Unidos parece haber entrado en esa categoría.
Lectura recomendada: Pochettino enciende una nueva identidad para Estados Unidos en el Mundial 2026
Hay un dato que ayuda a entender la dimensión del momento.
La Copa del Mundo 2026 ya rompió el récord histórico de asistencia de los Mundiales de FIFA cuando apenas alcanzó la mitad de la fase de grupos. Más de 3,6 millones de espectadores ya pasaron por los estadios.
Durante más de treinta años, esa marca había pertenecido precisamente al Mundial de Estados Unidos 1994.
Aquella Copa fue un éxito extraordinario.
Demostró que el país podía organizar el mayor espectáculo deportivo del planeta.
Pero, en el fondo, todavía era un país invitado al fútbol.
Lo que ocurre en 2026 es radicalmente distinto.
Los estadios llenos ya no responden únicamente al atractivo que siempre genera un Mundial. Son la consecuencia de una cultura futbolera que fue creciendo durante más de tres décadas.
Estados Unidos ya no organiza un Mundial para descubrir el fútbol.
Organiza un Mundial como un país donde el fútbol pasó a formar parte del paisaje deportivo cotidiano.
Ese es el verdadero récord que está rompiéndose.
Esa transformación tampoco puede entenderse sin mirar hacia las comunidades latinoamericanas.
Durante décadas, mientras buena parte del país seguía viviendo alrededor de la NFL, la NBA o el béisbol, millones de familias nunca dejaron de vivir el fútbol como siempre lo habían hecho.
En español.
En portugués.
Con partidos que empezaban al mediodía o de madrugada. Con camisetas heredadas. Con la selección del país de origen ocupando un lugar central en la vida familiar.
Mucho antes de que el fútbol se volviera tendencia en Estados Unidos, ya existían millones de personas para quienes nunca fue un deporte extranjero.
Mexicanos.
Salvadoreños.
Hondureños.
Colombianos.
Ecuatorianos.
Argentinos.
Venezolanos.
Brasileños.
Esa cultura sostuvo al fútbol durante años.
Después apareció MLS como un punto de encuentro.
La liga no reemplazó esas identidades. Las reunió.
Terminó mezclando idiomas, estilos, tradiciones y generaciones hasta construir algo nuevo: un fútbol profundamente estadounidense precisamente porque aprendió a integrar todas esas influencias.
Por eso hoy el USMNT también representa un país diferente.
No solamente juega distinto.
Refleja una identidad distinta.
Mauricio Pochettino llegó cuando el proyecto ya estaba preparado para dar el siguiente paso.
No heredó una selección por construir.
Heredó una selección lista para convencerse de lo que podía ser.
Su principal aporte parece haber sido emocional antes que táctico.
Convenció a sus futbolistas de dejar de comportarse como un equipo que intenta sorprender al mundo para empezar a actuar como uno que espera competir de igual a igual frente a cualquiera.
Ese cambio también se percibe fuera del campo.
Pochettino dejó de ser únicamente el entrenador del USMNT para convertirse en uno de los personajes del Mundial.
Su traje azul de Hugo Boss, la superstición de no cambiarlo mientras el equipo siga avanzando y su manera de hablar de Estados Unidos, de MLS y de la cultura del país terminaron instalándolo en la conversación pública.
No es solamente el técnico de la selección.
Se convirtió en uno de los símbolos del momento que atraviesa el fútbol estadounidense.
El jueves por la noche, Los Ángeles no vivió una alfombra roja.
La trasladó al estadio.
Brad Pitt.
Leonardo DiCaprio.
Paris Hilton.
Jessica Alba.
Edward Norton.
Ashton Kutcher.
Scottie Pippen.
Owen Wilson.
Alex Morgan.
Hugo Lloris.
No asistieron a una final.
Ni a una ceremonia de premios.
Fueron a un partido de fase de grupos del USMNT.
Esa imagen dice mucho más sobre el momento del fútbol estadounidense que cualquier estadística.
El partido de la selección dejó de competir con Hollywood.
Hollywood decidió estar en el partido.
El fútbol empezó a ocupar el lugar donde también se construye la cultura popular estadounidense.
Como ya ocurre algunos fines de semana con MLS, asistir a un partido comenzó a convertirse en una experiencia social, en un lugar para ver y ser visto, para participar de una conversación que trasciende el deporte.
Estados Unidos todavía no ganó el Mundial.
Ni siquiera sabe hasta dónde llegará.
Puede quedar eliminado frente a Bosnia y Herzegovina.
Puede alcanzar los cuartos de final.
O protagonizar una de las grandes historias del torneo.
Eso todavía pertenece al futuro.
Lo irreversible ya ocurrió.
Hace treinta y dos años, Estados Unidos organizó un Mundial para demostrarle al mundo que podía albergar el fútbol.
En 2026, el mundo está comprobando algo mucho más profundo: el fútbol ya forma parte de Estados Unidos.
Las expectativas que hoy rodean al USMNT no nacieron de dos victorias en la fase de grupos.
Son el resultado de una construcción de más de tres décadas.
De MLS y su crecimiento.
De las comunidades latinas que nunca dejaron de vivir el fútbol con pasión.
De miles de academias que formaron nuevas generaciones.
De entrenadores como Óscar Pareja, cuya influencia sobre el desarrollo del jugador estadounidense es reconocida incluso por Mauricio Pochettino.
Y de millones de niños que crecieron sintiendo que este deporte también les pertenecía.
Por eso la derrota frente a Turquía no cambió la conversación.
Hace veinte años, una derrota como esa habría sembrado dudas.
Hoy solo alimenta una pregunta.
¿Hasta dónde puede llegar este equipo?
Quizá esa sea la mayor victoria del fútbol estadounidense.
No ganar dos partidos en una fase de grupos.
Ni romper un récord de asistencia.
Sino construir un país que, después de treinta años de trabajo, finalmente aprendió a creer que competir por cosas grandes ya no es una ilusión.
Es una expectativa.
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