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La Galerna

·25 marzo 2025

Güler o la promesa de lo eterno

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Decía Rafael de Paula que al torear uno debía crujirse por dentro. Arda Güler, que no es torero sino futbolista, se cruje por dentro. Desprende el aroma de lo incierto, provoca la palpitación de lo imprevisible, anuncia el brillo inaprehensible del genio. Un genio contenido en un cuerpo de niño, lámpara de Aladino que no debe ser frotada sino acariciada, casi incubada. Güler no juega al fútbol, sino que lo siente. Un fútbol hecho de temple, esa cosa que inventó Juan Belmonte, quien trastabillaba las palabras y mecía las acometidas del toro en el vuelo lento de sus muñecas. Los tobillos de Güler son las muñecas de Belmonte, de De Paula, de Curro Romero. Un fútbol hedonista, más para el recuerdo que para el presente, demasiado exquisito para la inmediatez. Como un buen brandy que requiere calma, sosiego, contemplación para ser saboreado con plenitud. Un fútbol que trasciende el ahora porque nace preñado de eternidad.

Güler no juega al fútbol, sino que lo siente. Un fútbol que trasciende el ahora porque nace preñado de eternidad

El tendido del 7 del madridismo, siempre tan presto a la almohadilla, ya lo ha sentenciado por no romper en Modric antes de abandonar la adolescencia. Pero Güler sigue impertérrito, con la confianza de los ungidos, proclamando su fe en el triunfo, o sea, su madridismo. A Güler a veces se le trastabilla la impaciencia de la afición, pero tengo para mí que eso es más un acicate que una rémora para su espíritu indomable. “Acabo de tomar la alternativa y ya me exigen de primera figura; qué mayor reconocimiento podría esperar”, parece decirse.


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Güler con el balón se pone a compás, como el gitano que no es pero acaba siendo. Y el respetable calla en el silencio de la expectación, sentado en la antesala de la genialidad, presintiendo la chispa de la inspiración tras la puerta del próximo giro de tobillo. La cabeza alta, la mirada fija, Güler se abandona en el cuerpo lánguido y desmanejado y se va de los rivales quedándose, embarcándoles en el engaño para que sean ellos los que se muevan. Decía Corrochano que lo que hay que mirar son los pies del torero en el centro del pase, cuando se está pasando al toro, y los pies de Güler en el instante supremo tienen la quietud estatuaria de la posteridad y la agilidad ingrávida del bailarín. Y de repente, de la nada, misterio insondable de los elegidos, el arte se vuelve mando y un golazo de bandera sacude las redes y la grada, y el rival dobla con el estoconazo, y la plaza se viene abajo.

El tendido del 7 del madridismo, siempre tan presto a la almohadilla, ya lo ha sentenciado por no romper en Modric antes de abandonar la adolescencia. “Acabo de tomar la alternativa y ya me exigen de primera figura; qué mayor reconocimiento podría esperar”, parece decirse

El tendido del 7 del madridismo, siempre orgulloso de confundir impaciencia con exigencia, ya lo ha sentenciado por no tocar el cielo con los dedos cada quince minutos. Pero Güler sigue impertérrito, con la determinación de los llamados para la gloria, dispuesto a triunfar en el Madrid. Crujiéndose por dentro.

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