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El Rincón del Fútbol

·9 giugno 2026

Los mundiales que fui

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Tinta y tiempo dice Drexler en su canción, a mí la tinta me gustó siempre. Y no hablo del sinfín de dibujitos que tengo en la piel, sino de la otra: la que antes venía en pluma, después se transformó en la bolita de una birome y hoy se esconde detrás de un teclado o directamente debajo de un dedo que golpea una pantalla.

Hubo una época en la que pensé que sería lindo vivir de escribir sobre las cosas que me gustan. El fútbol, por ejemplo. Y lo intenté. Juro que lo intenté. Pero mientras más ganas le ponía, más me convencía de que el periodismo deportivo era una profesión tan hermosa como ingrata. Además, como dijo el Negro Fontanarrosa: “El periodismo es un oficio que te obliga a estar todo el tiempo demostrando que no sos un pelotudo”. Y yo, la verdad, no estaba tan seguro de poder demostrarlo.


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Del fútbol nunca pude dejar de escribir, creo que como les pasa a todos o a casi todos en este país —porque no está bien generalizar—, es uno de esos hilos que atraviesan mi vida de punta a punta.  Y con el paso del tiempo me di cuenta de algo muy loco, pero existe gente que mide el paso del tiempo en gobiernos, en trabajos o relaciones. Y después estamos los que, sin darnos cuenta, terminamos organizando los recuerdos en Mundiales. Cuando intento pensar en una época de mi vida, mi cerebro tiene puntos de referencia; es más, si estuviera en algún videojuego diría que son checkpoints. Mi cerebro descansa en mundiales para recordar épocas de mi vida.

Mi primer acercamiento al fútbol es con tan solo 1 año. La primera anécdota que debo haber escuchado en mi vida es la del nacimiento de mi hermano, que nació en el preciso momento en que Argentina jugaba el repechaje contra Australia para entrar al Mundial de Estados Unidos 94. Privilegiado aquel que nazca con los relatos de Marcelo Araujo de fondo. Según cuenta la historia, cuando nació mi hermano se acercó una enfermera y dijo:

—Buenas noticias.

—¿Gol de Argentina? —respondió mi viejo.

—No —dice la enfermera—, nació su hijo.

Una anécdota pintoresca, pero que cada año que va descendiendo en su nivel de veracidad. Años más tarde, cuando con mi hermano tomamos cierto nivel de conciencia, nuestro viejo soltó una de esas frases que cuando sos pibe te marcan. Nos sentó en una mesa, nos dijo que tenía que hablar con nosotros y, sin ningún tipo de impunidad, exclamó:

—Ustedes pueden ser del club que quieran.

Y después de una breve pausa aclaró:

—La pequeña ventaja es que, si son de San Lorenzo, van a poder seguir viviendo en esta casa.

Lo peor es que con mi hermano jamás nos habíamos cuestionado el hecho de ser del CASLA. Pero bueno, como no soy padre, tampoco me animo a cuestionar los métodos pedagógicos ajenos.

Del Mundial 98 no tengo casi recuerdos. Solo que mi abuela se casó por segunda vez durante el Argentina-Holanda de cuartos de final. Con todo lo que les conté antes, ya se imaginarán quién llegó tarde a la ceremonia de su suegra.

Corea-Japón 2002 es mi primer Mundial a nivel recuerdos y, sin dudas, mi etapa más polémica. No hablo de resultados, de Verón, ni de Bielsa. La polémica nace cuando, con 9 años, me paré delante de Teresita, la peluquera del barrio, y le dije:

—Quiero el corte de Beckham.

—¿De quién? —preguntó Teresita frunciendo el entrecejo.

Y yo, señalando una revista El Gráfico, dije:

—Él.

Spoiler alert: no quedó ni cerca esa cresta bañada en Lord Cheseline de parecerse a la del gran David. Yo, que soy argento hasta los huevos, en ese entonces no entendía de Malvinas. Todavía no había saltado y cantado más de una centena de veces en contra de ser inglés en todo tipo de eventos. Lejos de eso. Por esa época yo era lo que hoy se denominaría un “niñito Premier League”. Mi ritual de todos los domingos era madrugar, preparar un Nesquik y, mientras buscaba la manteca en la heladera para las tostadas, esperar —porque sin internet ni Promiedos solo quedaba esperar— a que jugara el Manchester de Beckham o el Arsenal de Titi Henry, un francés desgarbado, con cara de buen tipo y una facilidad exótica para dejar defensores en el camino.

2006 lo recuerdo como el primer Mundial en el que me ilusioné y creo que fue la primera vez que me rompieron el corazón. No fue ninguna amiguita, ni una compañerita del colegio. Fue el Cuchu Cambiasso pateando contra Lehmann.

Fue la primera vez que lloré por un partido de fútbol. Con esas lágrimas inauguré un historial de llantos que, actualizado al día de hoy, queda conformado por: la salvada del descenso de 2012, la Copa Libertadores 2014, Messi abandonando la Selección, Messi campeón por primera vez y Qatar. Qué desastre, ahora que recapitulo, lloré más veces por el fútbol que por mis ex.

2010 fue un año muy importante en mi vida. Terminé la secundaria, me fui de viaje de egresados, conocí Europa. Sin embargo, a mi de ese año se me viene el pechito al agua en el gol a Perú, el “Vos también Pasman” post Uruguay, el traje y esa barba; creo que Maradona fue la definición exacta de AURA en ese Mundial. Por aquel entonces estaba obsesionado con un video donde le preguntaban a un tipo quién era el más grande y el chabón respondía: “EEEEL DIEEEGO, el Diegoteee”, y se golpeaba el pecho. Yo recuerdo que cada vez que la cámara enfocaba a Diego decía “El Diego”, estirando las “e” a más no poder y golpeando mi pecho. La gente que me rodeaba dudaba —y con razón— de mis facultades mentales.

En 2014 fue un gran Mundial, era el mejor a nivel resultados para mi generación, además fue el primer Mundial que compartí con amigos, jugué mi primer prode mundialista, pero lo que recuerdo de ese Mundial es que además empezó una práctica muy común dentro de mi grupo de amigos, que era fanatizarse con relatos y recordarlos de punta a punta. O si no porqué todos sabemos que 776.420 pesos es la recaudación para la edición del superclásico del fútbol argentino del año 1999. —  Es la segunda vez que menciono al señor Marcelo Araujo en este relato y posiblemente sean menos de las que se merece —

Volviendo al tema de los relatos, creo que todo nace con el cuarto gol de Alemania a Brasil en aquella semifinal. En ese momento, Rodolfo De Paoli nos regaló una frase que nos quedó grabada: “Otra vez Toni Kroos. ¿Y hasta cuándo Toni Kroos? Un volante mixto magnífico”. Frase que durante años, fue repetida e inmortalizada en cada fútbol 5 que jugábamos los miércoles a la noche.

Pasado el 2014, arranca una de las peores etapas de la Selección que recuerde, donde algunas malas decisiones terminaron con una pésima eliminatoria y dos finales de Copa América perdidas. O, como me gusta definirla a mí, la etapa “Es increíble, pero no se nos da”.

Coincidentemente, en ese momento mi vida estaba en un loop —”Es increíble, pero no se me da”—. En ese tiempo, me separé de mi primera novia, entré en crisis con mi carrera profesional, fumé marihuana (mucha marihuana), dejé la facu, me echaron del laburo y yo rebotaba como un resorte de entrevista en entrevista, siempre llegando a instancias finales contra un gerente o jefe de área que me descartaba en la última etapa. Yo era como una especie de Mascherano pero de las entrevistas de trabajo.

2018, mediando el Mundial llega el amour nuevamente; conocí a la persona con la que creí que iba a pasar el resto de mis días. Bah, creo que cada vez que uno se enamora lo piensa, equivocadamente o no. Yo cuando conozco alguien voy all in, sino, no es amor, discúlpenme. El amor es un terreno donde no hay medias tintas y no hay lugar para tibios. Debido a lo que estaba viviendo, el golazo de Pavard o las corridas de Mbappe, no dolieron tanto como esperaba. ¿Un poco de amor francés? puede ser. O tal vez que el destino de ese Mundial fue la crónica de una muerte anunciada.

Y como siempre que llovió paró, llegó Qatar. Si tuviera que definir Qatar, diría que la palabra que le queda perfecta es cine. Es un cuento con introducción, nudo y desenlace. ¿Tal vez con demasiados nudos para nuestra salud? Puede ser. Pero, como decía el Indio, la vida sin problemas es matar el tiempo a lo bobo. Con respecto a esos nudos o problemas, me gustaría desarrollar una idea que nació en una de esas charlas fumonas que uno tiene con sus amigos.

En esa charla llegamos a la conclusión de que en Argentina existe el “El Síndrome 2001”, o como a Mí más me gusta llamarla “la Teoría del Corralito Emocional”, por supuesto todos nombres que se barajaron bajo los efectos de algún tinto barato. Nuestra teoría sostiene que Argentina es el único país del mundo donde todo puede estar bien, muy bien o excelente y, de repente, estar todo mal. Pero no mal más o menos. Directamente muy, muy pero muy mal sin ningún tipo de escalas.

Los que somos argentinos podemos percibir hasta en el aire esa sensación de película de suspenso constante. La calma antes de la tormenta. Lo curioso es que la teoría también tiene su efecto inverso. Así como podemos pasar de la tranquilidad al caos en un instante, también somos capaces de reconstruirnos desde cero, como el fénix que resurge de sus cenizas. Y nuestra última hipótesis, es que el argentino fue capaz de crear herramientas para combatir esta teoría. Diría que son varias, pero me voy a quedar con dos: la mufa y las cábalas. La mufa, entiéndase como el arte de identificar objetos, entes, entidades, frases, predicciones o personas capaces de alterar la suerte de determinado evento. Y las cábalas, como la capacidad de elaborar rituales de forma repetitiva con el objetivo de llamar a la suerte. En Argentina no hay lógica que prime para este tipo de cuestiones, por eso cada uno de nosotros es capaz de colaborar con el destino a su manera.

Pensemos por un momento en el Mundial. Llegamos como candidatos después de ganar la Finalissima. Todo estaba bien, perdemos el primer partido contra el rival más débil del grupo y, de golpe, aparece la teoría. Como la misma indica, nos recuperamos, goleamos a Croacia y llegamos a la final. Arranca el partido y estamos 2 a 0. Fiesta total, pensamos en los festejos, en las promesas. Pero la teoría, fiel a sí misma, decide hacer una última demostración de fuerza. Mbappé mete dos goles en cuestión de minutos y volvemos a coquetear con el colapso. Tiempo extra. Gol de Messi. No lo gritamos. Bueno, sí, pero apenas. Primero había que ver si había VAR. Cuando el árbitro señaló el círculo central, desahogo, llanto, emoción. Ahora sí es nuestra, pensamos. Pero no. Penal para Francia. Gol de Mbappé. Otra vez empate. Otra vez hizo efecto.

Y sin embargo, toda teoría tiene algo que la refuta y la pone a prueba. En el método científico creo que le dicen cambio de paradigma, no lo sé, cursé hace mucho Metodología de la investigación. Pero lo que sí sé es que en Qatar esa revolución tuvo forma de arquero. Un tipo que atajaba penales, festejaba antes de tiempo, bailaba, hablaba, provocaba. No existen cábalas, no existe mufa que aguante cuando debajo de los tres palos tenés un superhéroe con el extraño don de la confianza. Para el resto del mundo se llamaba Emiliano Martínez, para nosotros siempre va a ser el Dibu.

Post Qatar y a días de la llegada de un nuevo desafío mundialista para nuestro país, me pregunto qué recuerdos quedarán anclados a este año. Solo sé que este Mundial de tres países y con más equipos me agarra más grande, más maduro: primer Mundial recibido y licenciado, en mi prime laboral, con más confianza en mí mismo y soltero nuevamente. ¿Por qué será que ninguna dura más de dos mundiales? No es algo que me quite el sueño. Honestamente, me preocupa más que sea el último Mundial de Messi. Pero, como dijo el Indio, que en paz descanses Indio querido, cuando le preguntaron si ese Tandil 2016 era su último recital:

“Y si es el último, festejemos”.

A los que confían, a los que empujan, a los que bancaron. Volvamos a escribir loco.

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