Rock y madridismo (I)-Grand Funk Railroad: los ecos del “Power Trio” | OneFootball

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·13 aprile 2026

Rock y madridismo (I)-Grand Funk Railroad: los ecos del “Power Trio”

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Intro

Hoy muchas bandas son añicos, legiones perdidas del rock. Por qué no son ídolos de masas aún es un interrogante que flota como un peso pluma. Ahora que solo importa la próxima traca, tan brillante como efímera, ahora que la espontaneidad es un plato precocinado que se sacrifica por una presunta causa mayor, la promesa de un éxito tan inmediato como rentable, intranscendente y fugaz, hay una habitación 101 de la música, cimientos inconclusos de imperios del rock que acabaron no siéndolo, desde la que retumban notas rasgadas como un eco disidente que reclama ser oído.

Los aficionados al rock somos anticuarios. El rock siempre fue un acto de libertad, de manumisión, el umbral de una jaula abierta por el que huir, no tanto un texto al aire al auxilio de una opinión. Tal vez lo más conservador e inteligente sea dejarse llevar por esta invasión de danzas y sonidos fáciles, por letras domesticadas e inermes. Pero nos gusta el rock and roll, un arte que va camino de ser, y más que nunca, arqueología y que siempre guardará, no obstante, un pequeño salto mortal como lo fue Grand Funk Railroad.


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El rock y el madridismo no son parteaguas. Su relación es la misma que une al románico y al gótico, a Bach y a Velazquez o a la Venus de Botticelli con una joven Sienna Miller: la grandeza, la capacidad de emocionar como un incontrolado síndrome de Stendhal de indisociables vasos comunicantes. Tal vez ambos (y respectivamente) sean nada menos que guardianes de una llama sagrada, de una quintaesencia que algunos no ven aunque la tengan enfrente. Mejor así.

GFR

“Rock neandertal”. Así definía parte de la prensa especializada a Grand Funk Railroad (en adelante, GFR). Banda fundada en Michigan (EEUU) en 1968, fueron hijos bastardos de la fusión musical que experimentaba entonces la Americana, puro hard rock, funk y blues, pero también Rhythm and Blues e incluso heavy metal, en un combinado de alta graduación no apto para cualquier paladar. La banda dormía con un ojo abierto, pronto se enfrentó a pecho descubierto al incipiente, y más lucrativo para la crítica, mercado del pop y del soft rock que representaban bandas melifluas como Eagles, Fleetwood Mac, America o Toto. GFR era definitivamente otra cosa. Sus LPs y sus temas tampoco pretendían congraciarse con las discográficas como exvotos a dioses domésticos. GFR tampoco eran, como los Who de un Roger Daltrey atizando a Keith Moon o la lucha de egos de los últimos Beatles, satélites independientes orbitando por su cuenta sino un maravilloso triunvirato del rock que se debía tan solo a quien quisiera seguirlo.

Ahora somos diferentes pero entonces menos era más. Ellos supieron simplemente conectar con un público que se rendía a guitarras de sonidos limpios y solos sostenidos. Todo bajo una aparente y demoledora normalidad embutida de una estética disruptiva. Ese fue su gran logro. Dueño de una base rítmica rotunda, este “Power trio", formado por Mark Farner (voz y guitarra), Don Brewer (voz y batería) y Mel Schacher (bajo), siempre fue directo y seco. Sus letras no eran crudas, nunca pretendieron arrojar un bistec a la cara ni cambiar un mundo cambiante, solo divertir. Tan imprevisibles y alocados en el escenario como eficientes en su ejecutoria, fueron sangre fresca del rock en vivo.

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“Who the hell are Grand Funk Railroad?” se preguntaba un crítico musical que nadie recordará. Y ellos, desafiantes, le contestaron con una sesión de fotos vestidos de hombres de las cavernas, fotos que exhibieron, para más inri, en la portada de su LP, “Survival”. La relación de esta banda con la prensa no fue buena desde el principio, desde el preciso instante en que manifestaron que los discos de estudio no eran su prioridad. Desde entonces, entre esos tipos y ellos sí hubo algo personal. La prensa y la banda afilaron cuchillos para convertirse en enemigos íntimos. Una relación tan indeseada como obligada con los medios, que se mascaba en cada rueda de prensa. Algo así como las del Madrid de Mourinho, tan ásperas como tragar chinchetas.

Lna relación tan indeseada como obligada DE gfr con los medios se mascaba en cada rueda de prensa. Algo así como las del Madrid de Mourinho

Tal vez sean hoy solo parte de la sección de saldos en cualquier tienda de discos, pero hubo un tiempo en que esta banda llenaba el Shea Stadium de Nueva York más rápido que los Beatles. Fue el 9 de julio de 1971, cuando lograron vender 55.000 entradas en 72 horas, mostrando músculo y actitud. La banda abrió aquella noche con uno de sus temas rotundos, “I´m your captain”, con un Mark Farner, literalmente, a pecho descubierto.

La industria quería hacer de ellos una soda efervescente pero no pasaron por su aro, lo cual les engrandece. A pesar de la "damnatio memoriae" a la que la industria discográfica les sometió como castigo a su rebeldía, murieron matando. Consiguieron para siempre una victoria a largo plazo, de esas que quedan esculpidas en mármol, que la América “blue-collar” los adorara. En particular, aquellos chicos del medio oeste encenagados en selvas lejanas, auténticos cebaderos de mosquitos y malaria, de un país llamado Vietnam. Mientras las clases acomodadas protestaban contra la guerra en sus respectivas ciudades, estos chicos fueron lanzados al fango demasiado lejos de casa. “Había que provocar que la gente pensara a través del rock”, declaró tras la ruptura de la banda Mark Farner.

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Antes del diluvio que acabó en su ruptura, fruto de ese amor hacia su público son cuatro de sus álbumes clásicos, “On time” (1968), “Grand Funk” (1969), “Closer To Home” (1970), y “Survival” (1971), con la antes comentada portada de ellos mismos disfrazados de hombres de las cavernas por aquello del “rock neandertal”. Su discografía contiene varias bombas racimo a la línea de flotación de sus críticos en forma de temas inolvidables: “Some kind of wonderful”, “Sin's A Good Man's Brother” (de la que, por cierto, hay una versión superlativa del nuevo genio del blues-rock americano, Marcus King), “Walk like a man”o la auto reivindicativa “We're an American Band”, entre otros muchos.

Ahora que el Real Madrid nos perturba el sueño, conviene recordar que nosotros también tuvimos nuestro propio “power trio” para la eternidad. Cuando este dolor de cervicales nos mata, tensos, presionando imaginariamente frente a la pantalla por ellos, el madridismo evoca su propia memorabilia. El fin de aquel tridente mágico, diletantes del arte del fútbol, compuesto por Toni Kroos, Luka Modric y Casemiro, también fue, como el fin de los GFR, en cierto modo el de un ejército del rock rompiendo filas. En ambos casos, tanto en el trío Farner-Brewer-Schacher como en el de Luka-Toni-Casemiro, hablamos de un combo de perfectos empleados de la causa. “Éramos amigos y todo el mundo era feliz”, confesó Brewer en una entrevista. Esa frase, que condensa parte del secreto de su éxito, la habría suscrito cualquiera de los seis.

tanto en el trío Farner-Brewer-Schacher como en el de Luka-Toni-Casemiro, hablamos de un combo de perfectos empleados de la causa

También ambos “power trio” lo han sido a pecho descubierto, contra el mainstream, a espaldas del marketing y el calor de los medios. La desastrosa promoción del Real Madrid se ceba especialmente en ellos con una imagen icónica a todas luces que es también un punto de fuga, de un encanto icónico, incluso pop, imagen que debería empapelar la Ciudad Deportiva como señal de la modestia debida de los dioses: Toni Kroos sacando la basura. Los GFR tienen otra, aquella de Mark Farner como eterno descamisado irreverente en la revista “Rolling Stones”. Y es que en ninguno de los dos “power trio” hay ínfulas, nunca hubo aires de estrellato precoz ni sobrevenido de grandeza, sí asertividad envuelta en una trascendencia serena y consciente, la que da el apego efímero de saber que tu tiempo en los escenarios es finito.

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Imagino que Casemiro no quiso lamentar haber perdido aquel tren hacia Manchester, pero ese gesto acabó rompiendo aquella magia hasta hoy. Resulta doloroso, casi cómico, verlos vestir una camiseta que no sea la nuestra, que es la suya. Nadie odia a Luka Modric ni a los GFR. Casemiro era un maravilloso destructor, un demoledor de edificios rodeado por dos pintores renacentistas. Tal vez por eso buscó su propio foco en el United. Algo parecido sucedió con Farner y Schacher cuando la banda derivó en sonidos más indulgentes y autocomplacientes que les permitieron mantenerse en las radiofórmulas pero que hizo que GFR empezara a sonar como miles de bandas más. Fue entonces cuando GFR descubrió que el sueño había acabado. Mientras Farner abrazó la Fe, Brewer comenzó a tocar en la banda de Bob Seger y Schacher, por su parte, abrió una cadena de tiendas de discos.

Hace tiempo que los pájaros no se tiran a las escopetas. Puñado a puñado, el tiempo ha erigido un desierto de arena porque ellos ya no están. La emoción no puede embargarnos, estamos al día en los pagos (aquí lloramos mucho). Si sobrevivimos al adiós de Toni y al de Luka en el Bernabéu podemos con los pedazos de cualquier banda rota, aunque estos sean los restos sonoros de los inolvidables GFR. A buen precio, nos quedan sus discos. También aquella voz directa al mentón que hace tanto y tan poco nos recordó eso de “No llores porque acabó, sonríe porque sucedió”.

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