Arquero del Sevilla salvó a Gabriel Suazo de un bochorno (Video del empate 1-1 con el Girona) | OneFootball

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·08 de fevereiro de 2026

Arquero del Sevilla salvó a Gabriel Suazo de un bochorno (Video del empate 1-1 con el Girona)

Imagem do artigo:Arquero del Sevilla salvó a Gabriel Suazo de un bochorno (Video del empate 1-1 con el Girona)

El defensor chileno cometió un penal en el último minuto y para suerte suya, Vlachodimos tapó el lanzamiento ejcutado por Stuani

Los dos chilenos fueron de la partida en esta ocasión y así fueron calificados por el Diario de Sevilla

Gabriel Suazo (jugó todo el partido)Un despropósito la jugada del 0-1. En los duelos individuales que ordena Almeyda no puede seguir a Tsygankov porque choca con Kike Salas, que viene de frente.


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Alexis Sánchez (ingresó en el minuto 73) Tiene calidad, pero está para poco.

Carrusel de emociones con un final de locos propio del actual estado de nervios por el que transita un Sevilla Fútbol Club al que han destrozado desde dentro, desde su cúpula de dirigentes y de todos los que tienen que ver, por acción o por omisión, en la destrucción de la entidad. Es como si hubiera un especial empeño en maltratarlo y el equipo de Matías Almeyda es el fiel reflejo de esa situación. Fue capaz de recuperar un punto ante el Girona en el minuto 92 con un golazo de Kike Salas y no lo perdió por el milagro protagonizado por Vlachodimos al detener a Stuani un penalti regalado por Suazo en el minuto 97.

A partir de ahí, el partido fue la viva imagen de un equipo roto por dentro, desordenado en el campo y sostenido únicamente por la figura salvadora de su portero. El Sevilla encajó el 0-1 a los dos minutos con una facilidad alarmante, dejando disparar a Lemar desde la frontal sin oposición alguna, sin un solo defensor que tratara de alejar el peligro. Fue una acción que resumió la pasividad defensiva de un equipo sin alma ni jerarquía, incapaz de sostener una mínima tensión competitiva. Todos corren detrás del par que les asigna el cuerpo técnico y se olvidan de todos los demás, como si el resto no jugara.

El Girona, muy cómodo desde el inicio, asumió el control del balón y del ritmo ante un Sevilla que decidió jugar casi con tres delanteros sin red, una temeridad táctica si no hay trabajo colectivo ni líneas juntas. Sin Isaac para apretar ahí arriba con trabajo, las distancias fueron insalvables. El centro del campo quedó partido, porque Mendy se sentía desprotegido y Agoumé, pues Agoumé siempre iba a su trotecito, sin esprintar jamás. El Girona encontró siempre ventajas, especialmente por la lentitud desesperante del ya citado Agoumé, un futbolista inocuo, incapaz de corregir ni de anticipar. Un par de pases y ya algunos se creen que es bueno…

El primer tiempo fue un ejercicio de supervivencia gracias a Vlachodimos, que se convirtió en el único argumento competitivo del Sevilla. El portero corrigió incluso sus propios errores, como en una parada a Lemar, y sostuvo al equipo con intervenciones de mérito ante Fran Beltrán y, sobre todo, Tsygankov, que dispuso de una ocasión clarísima para sentenciar el partido. La pasividad de Agoumé en esa acción del minuto 40, dejando entrar solo al ucraniano tras el pase de Arnau, es una imagen que explica muchas cosas.

Un caos en la ofensiva

En ataque, el Sevilla fue un equipo desordenado, sin claridad ni continuidad. José Ángel, superado por el contexto y por su propio estado de nervios, no acertó en una sola decisión. Ni defendió ni atacó bien, ni interpretó cuándo debía centrar o finalizar. Vaya, centraba rematadamente mal y disparaba peor aún. El Girona, mientras tanto, perdonaba a los blancos en un partido que tenía completamente bajo control.

Almeyda reconoció su error en el planteamiento inicial y en el descanso introdujo tres cambios de golpe, pero lo que hizo fue parchear sin corregir los problemas estructurales. El Sevilla ganó algo de voluntad, sí, pero muy poco más. La segunda parte fue una acumulación de intenciones sin profundidad real, con apenas alguna asociación aislada entre Ejuke y Juanlu, y algo menos de peso por la izquierda, donde Suazo y Oso aparecieron de manera intermitente.

El cambio que terminó de desnudar al equipo fue la entrada de Sow por Mendy, cuando el problema evidente seguía siendo Agoumé. Lejos de mejorar, el Sevilla perdió aún más equilibrio. Tampoco aportó nada Alexis Sánchez, cuya presencia empieza a ser un peaje a la supuesta jerarquía muy perjudicial para el equipo. No generó remate, no fijó centrales y restó opciones en el área. Ni siquiera Akor Adams, muy discreto, justificaba una sustitución que empobreció aún más el ataque. La ausencia de Isaac, por carácter y perfil, fue demasiado evidente.

Un final casi grotesco y ¿salvador?

El Girona siguió controlando, generando y desperdiciando ocasiones, hasta que el partido entró en un tramo final absurdo, casi grotesco. Cuando todo parecía perdido, Kike Salas, uno de los pocos que compite siempre, cazó un balón perdido por Echeverry por un resbalón en el minuto 92 y firmó un empate inesperado. La explosión emocional del gol no ocultó la realidad: el Sevilla es un verdadero desastre de equipo, una escuadra donde su mejor rematador es el defensa central y que es capaz de suicidarse en apenas cinco minutos que restaban.

El epílogo fue todavía más simbólico. Penalti regalado por Suazo a Iván Martín para el Girona en el minuto 97, con el tiempo cumplido, como ya sucediera frente al Celta recientemente. Stuani, infalible casi siempre, salió desde el banquillo para ejecutarlo, pero se encontró con un Vlachodimos gigantesco, que volvió a salvar al Sevilla y evitó una derrota que habría sido tan dura como lógica. El portero fue el único sostén de un equipo que vive en el alambre permanente.

El empate deja al Sevilla con la certeza de que sigue jugando con fuego. Los rivales se acercan, el margen se reduce y la inestabilidad institucional sigue proyectándose sobre el césped. Este Sevilla empata, sí, pero lo hace desde el caos, no desde la reconstrucción. Y mientras no se arregle lo que pasa dentro, lo de fuera seguirá siendo una consecuencia inevitable.

Plegarias a Vlachodimos

El problema de fondo es que este Sevilla ya no transmite seguridad ni siquiera en los momentos favorables. Ni el empate, ni el penalti detenido, ni el punto sumado sirven para cambiar la sensación de fragilidad constante. El equipo juega siempre al borde del abismo, condicionado por un estado de nervios que se contagia desde el banquillo hasta el último futbolista. No hay una estructura clara, no hay automatismos reconocibles y, lo que es peor, no hay una respuesta colectiva cuando el partido exige orden y pausa.

La gestión de los tiempos del encuentro volvió a ser deficiente. El Sevilla no supo cuándo acelerar ni cuándo protegerse, y terminó refugiándose en acciones individuales sin continuidad. El centro del campo fue un latifundio, un territorio perdido, incapaz de sostener el balón o de ofrecer una salida limpia desde atrás. Todo fueron centros laterales sin destinatario, balones llovidos camino de ninguna parte y una sensación permanente de improvisación.

Más allá de nombres propios, el problema es estructural. El equipo no compite como bloque, no defiende junto ni ataca con convicción. Cada acción parece aislada de la anterior, como si el partido se jugara a impulsos. Esa falta de cohesión es la que explica que el Sevilla encaje con tanta facilidad y dependa después de acciones casi milagrosas para sobrevivir.

El punto final, con Vlachodimos como héroe involuntario, no tapa la realidad. Este Sevilla sigue siendo un equipo vulnerable, sostenido por su portero y por la fe, pero sin un plan reconocible. Y eso, a estas alturas, ya no es mala suerte ni una racha puntual: es el resultado de una deriva que sigue sin corregirse y que mantiene al club atrapado en una incertidumbre cada vez más peligrosa. La capacidad de autodestrucción no tiene fin.

/Escrito por Francisco José Ortega para El Diario de Sevilla

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