La Galerna
·03 de abril de 2026
El Museo Imaginario del Real Madrid (II)

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·03 de abril de 2026

En el Museo Kelvingrove de Glasgow se expone el “Cristo de San Juan de la Cruz” de Salvador Dalí, que es una de las obras más conocidas del artista. En 1961 un individuo lo golpeó con una piedra y rasgó parte del lienzo; un diario sevillano lo notició de esta manera: “Así ha quedado el famoso Cristo de Salvador Dalí después del atentado que sufriera hace unos días en Glasgow. Son muy tristes estos hechos porque los cuadros no deben ser destruidos, aunque sean de Dalí.”
En el Museo Imaginario madridista no tenemos prejuicios contra ningún pintor, todos son bienvenidos en estos muros infinitos. Cualquier momento del año es propicio para visitarlo, pero más durante estas breves vacaciones de Semana Santa y en mitad de un anticlimático parón de selecciones (que se lo digan a los italianos). De modo que saquen su billete de la última visita y acompáñennos por este alucinante recorrido artístico merengue. Y si no conservan el billete no importa, porque a diferencia de la Liga de Tebas, la entrada al Museo Imaginario del Real Madrid sigue siendo libre y gratuita. Comencemos.

No hay nada más madridista que el gusto por la navegación. Los merengues son muy de estar subiéndose y bajándose de barcos cada dos por tres. Las frases “… y de este barco no me bajo”, “aún estáis a tiempo de subiros a mi barco” y variantes similares abundan en el léxico de los aficionados del club blanco.
El maestro francés Géricualt decidió representar sobre lienzo el famoso barco del que no paran de hablar en el madridismo. Obsérvese que se trata de una balsa llena de agujeros y que hace aguas por todas partes, porque el Madrid no propone ni juega a nada. En la esquina inferior izquierda puede verse al madridista desesperado de noviembre-diciembre, cuando el equipo suele tener alguna pájara en la liguilla de Champions contra algún rival inesperado como el Rosemborg BK de Trondheim o algo del estilo. Géricault capta con singular maestría la expresión vacua y desalentada del llamado “merengue de invierno”, que sostiene en sus brazos lo que queda del fichaje de aquel lateral derecho que tanta ilusión le hizo en septiembre y que ha resultado ser un paquete después de fallar dos pases en su partido de debut.
Desde el “merengue de invierno” Géricault traza una diagonal ascendente del resto de la temporada que culmina, a través de distintos estados de ánimo, en el “merengue de primavera”, exultante y saludando hacia el horizonte, donde asoman los títulos europeos. Ahora ya cree en el equipo y en la victoria. A su izquierda, sumidos en las sombras, están los vinagres, que nunca abandonan el barco porque se lo pasan mejor ocupando allí espacio, comiéndose todas las raciones, bebiéndose el agua potable y citando frases del Látigo Serrano para amenizar el naufragio.

Friedrich, el célebre maestro alemán del romanticismo, representa en este lienzo al guardameta ucraniano durante sus diversos partidos contra el Manchester City, que aparece simbolizado por el navío inglés hecho pedazos entre las colosales banquisas de hielo.
El pintor cuenta en sus memorias que la realización de este retrato fue una dura experiencia. Cada vez que Lunin entraba en el taller, la temperatura ambiente descendía tres millones de grados, los pigmentos se congelaban y los rayos cósmicos que destellaban en los ojos del guardameta fundían las bombillas de los vecinos. Para evitar quejas de la comunidad, Friedrich y Lunin se trasladaron a la remota isla de Kaulahalea (que en indonesio significa: “la chimenea del infierno”), donde el artista pudo continuar su obra sin incidentes hasta que el volcán que da nombre a la isla entró en erupción. Según Friedrich, “ante el primer temblor y las primeras lluvias de pavesas ardiendo, Andrey Lunin suspiró, ascendió hasta la cima de Kaulahalea y, poco después, el volcán detuvo su furia bruscamente.” Desde entonces, los nativos de la isla conocen a Lunin como ”tidka sama-sama berapamu itwastan”, que significa “aquel cuyos huevos convierten en horchata la roca fundida.”
Este cuadro solo puede exponerse durante los meses más duros del ferragosto y en una sala con la calefacción puesta a tope para evitar hipotermias entre los visitantes.

Durante el siglo XV en Europa había tres grandes terrores: al regreso de la Peste Negra, a los turcos y al parón de la liga por el fútbol de selecciones.
Esta extraordinaria pintura recoge de manera vívida uno de estos miedos. En ella, un grupo de alegres cortesanos y damas madridistas disfrutan sobre el césped del Bernabéu de las aventuras de su equipo favorito cuando de pronto, y sin previo aviso, irrumpe una criatura grotesca a lomos de un caballo y manda la diversión a hacer puñetas. La identificación del jinete aún es objeto de debate, y hay quienes creen que se trata de una personificación de la RFEF en avanzado estado de descomposición.

Al maestro del barroco Lucas Jordán, luminaria artística de la corte del rey Carlos II de España, se le conocía como “Luca fa presto” por la rapidez y la perfección con la que ejecutaba sus obras. Desgraciadamente, nunca fue considerado para las tareas de insonorización del Nuevo Bernabéu.
En este lienzo colosal se representa la culminación de la llamada Segunda Guerra Angélica, que tuvo lugar en los albores del tiempo conocido, cuando san Miguel, el archiestratega de los ejércitos divinos, arrojó a Lucifer y sus huestes a las profundidades del infierno tras una batalla que hizo temblar los cimientos del universo. En una esquina aparece Ruido Bernabéu quejándose por el follón.

A pesar de que Dios Padre trata de explicarle que igual no debió comprarse un dúplex junto al campo de batalla donde se dirimía el combate entre las fuerzas del Bien y el Mal, Ruido Bernabéu entra en colapso nervioso (momento que capta el artista en el cuadro) justo antes de comerse todas sus bufandas del Atleti, arrancar de las paredes sus posters del Cholo Simeone y romper el marco de su foto con Cerezo en la comunión de la sobrina de Manolo Lama.

El pintor impresionista neerlandés Frederick Kaermmerer tuvo la oportunidad de contemplar el gol que Arda Güler marcó al Elche desde una distancia de 67 metros y pico. Fascinando por aquello, comenzó toda una serie pictórica dedicada al futbolista turco en el que aparece representado en diversas actitudes cotidianas. En este lienzo lo vemos paseando por la playa de Algeciras junto con su madre y su novia. La serie está compuesta por otras obras como “Arda Güler en el supermercado” donde vemos un cañón de riel electromagnético esperando en la cola del Mercadona, o el también notable “Arda Güler en Eurodisney”, en el que se observa al jugador del Madrid dando una patadita a un vaso de plástico vacío con la forma del Pato Donald. Este es lanzado contra el castillo de la Bella Durmiente, reduciéndolo a escombros justo antes de seguir su trayectoria hacia el horizonte y abrir una rasgadura en el continuo espacio-tiempo a través de la que empiezan a salir un montón de superhéroes.

La imagen es el fragmento de un antipendio románico del siglo XII. Ignoramos en realidad quien es el tal “sir Kylian” que protagoniza la pintura, tal vez algún caballero medieval de las célebres Compañías Blancas. La pintura representa el momento en que sir Kylian acude a sus servicios médicos quejándose de un catarro y estos, de inmediato, le someten a sofisticadas pruebas clínicas utilizando la más puntera tecnología disponible. De ese modo logran comprobar sin el menor asomo de dudas que el catarro no reviste gravedad, a diferencia del tajo de sierra que divide el cuerpo de sir Kylian en dos mitades exactas y que los médicos de las Compañías Blancas han detectado gracias a su fino conocimiento de las últimas vanguardias en el tratamiento de dolencias. “Menos mal que vino a vernos, sir Kylian —dijeron los galenos, según la “Chronicae Merengorum” del maestro Afrodisio—; de no ser así, jamás se habría dado cuenta de que alguien ha partido su cuerpo con un serrucho.” Los médicos lograron curarle el catarro, pero se mostraron incapaces de restaurar la integridad de la dividida anatomía del caballero, de modo que lo ataron con una cuerda de tender y lo mandaron a París, a ver si en la Sorbona podían hacer algo con el asunto.
Primera Parte: Museo imaginario del Real Madrid









































