La Galerna
·09 de abril de 2026
El Real Madrid ya no puede vivir sin fútbol

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Durante muchos años, el Real Madrid ha sido un equipo que ha desafiado cualquier lógica. Un club que parecía funcionar al margen de las reglas convencionales del fútbol moderno. Mientras otros necesitaban sistemas complejos, automatismos milimétricos y semanas enteras de preparación táctica, el Real Madrid ganaba.
Ganaba porque tenía a los mejores, porque contaba con futbolistas capaces de resolver partidos con una acción individual, porque su talento era tan desbordante que convertía lo extraordinario en rutina. El equipo de Zidane primero y el de Carlo Ancelotti después, conquistaron la Champions League y títulos de todo tipo bajo esa premisa: no hacía falta cargar al jugador con pizarras interminables cuando el talento individual era tan superior que bastaba con ordenar tres o cuatro conceptos básicos y gestionar egos.

Ese modelo funcionó durante años, y funcionó de manera brillante. El entrenador no tenía que ser un perfil obsesivo con la táctica, ni un técnico que saturara a sus estrellas con vídeos y charlas interminables. De hecho, durante mucho tiempo, ese tipo de entrenador era visto incluso como un problema en el vestuario del Real Madrid. Los futbolistas preferían libertad, confianza, naturalidad. Cuando eres el mejor, esa fórmula puede ser suficiente. Cuando tienes a los mejores del mundo, el talento termina imponiéndose.
Perder un partido de cada cuatro, como ha ocurrido de media en los últimos dos años, es algo impropio de un club de esta magnitud. Es una cifra que debería generar un debate profundo
Pero el fútbol ha cambiado, y el Real Madrid no puede seguir viviendo en una realidad que ya no existe. Hoy es cada vez más frecuente ver equipos con menor calidad individual que el Real Madrid, pero con un rendimiento colectivo superior. Equipos que saben exactamente cómo ocupar los espacios, cómo presionar, cómo salir desde atrás, cómo atacar por fuera o por dentro, cómo defender los centros laterales, cómo ejecutar una jugada a balón parado. Equipos que parecen más trabajados, más coordinados, más preparados, y más todo.

Y eso no es casualidad. Es producto del entrenamiento, de la repetición, de una preparación minuciosa durante la semana. El fútbol moderno exige algo más que talento. Necesitas organización, disciplina táctica y automatismos. Exige un trabajo que durante años el Real Madrid ha podido esquivar gracias a su superioridad individual, pero ese tiempo se ha terminado.
Durante mucho tiempo, al madridismo le dio igual. Y era lógico. Porque el fútbol, por encima de todo, consiste en ganar. Mientras el equipo levantaba títulos, cualquier debate táctico parecía secundario. ¿Para qué cambiar algo que funciona? ¿Para qué exigir más si el equipo ganaba la Champions League casi por inercia?
El problema es que ahora ya no se gana. Y cuando no se gana, todo queda al descubierto. La temporada pasada fue un aviso serio. No solo no se ganó, sino que el rendimiento del equipo dejó mucho que desear. Para quienes acuden al Santiago Bernabéu con regularidad como yo, la sensación fue incluso peor. Partidos planos, sin ideas, sin automatismos, sin sensación de equipo trabajado.

Y este año, lejos de corregirse, los problemas se repiten. Mismos errores, dudas, y esa misma sensación de que el talento individual ya no basta. Aquí es donde aparece la necesidad de un cambio profundo. No se trata de nombres ni de discutir si el entrenador debe ser uno u otro, el debate es mucho más amplio. Florentino Pérez, como máximo responsable del club, debe tomar una decisión clara: el Real Madrid necesita volver a entrenar. Necesita un entrenador que no solo gestione egos, sino que construya un equipo. Y, antes incluso de eso, necesita que el vestuario asuma una realidad incómoda.
Porque el primer paso para cambiar es reconocer que ya no basta con ser muy bueno. El Real Madrid tiene una plantilla extraordinaria, pero ya no está solo en la cima. Hay, como mínimo, otros cinco equipos en Europa con un nivel similar o incluso superior en algunos aspectos. Equipos que además están mejor trabajados tácticamente. Equipos que saben a lo que juegan. Claro que el Real Madrid seguirá ganando muchos partidos sin necesidad de jugar especialmente bien. El talento individual garantiza victorias en muchos contextos, pero cuando llega el día señalado, ese partido decisivo, la eliminatoria grande, ahí es donde se marcan las diferencias. Y ahí, en los últimos tiempos, el Real Madrid ha empezado a quedarse corto.

El año pasado, por ejemplo, el Arsenal fue un claro aviso. También el Barcelona en determinados momentos. Equipos que, sin tener necesariamente mejores futbolistas en todas las zonas del campo, ofrecían un fútbol más estructurado, reconocible y, sobre todo, más trabajado. No se trata de mística, ni de historia, ni de camisetas. Se trata de fútbol. Y el fútbol actual premia a los equipos mejor preparados.
Por eso creo que también hay que hablar de la exigencia. El Real Madrid siempre ha sido un club donde perder era inaceptable. Sin embargo, en los últimos años, parece haberse instalado cierta tolerancia peligrosa. Perder un partido de cada cuatro, como ha ocurrido de media en los últimos dos años, es algo impropio de un club de esta magnitud. Es una cifra que debería generar un debate profundo, pero que en ocasiones pasa casi desapercibida, y en esto la afición también tiene su parte de responsabilidad. El madridismo siempre ha sido exigente, pero en algunos sectores esa exigencia parece haberse diluido. Se ha normalizado perder partidos, se ha normalizado un juego pobre, y se ha normalizado vivir de la épica, pero la épica no puede ser un plan. La remontada no puede ser el único método.
Es probable que este tipo de reflexiones generen críticas, siempre ocurre. Que si no conoces al Real Madrid, que si este equipo ha demostrado mil veces su capacidad para levantarse, que si una remontada lo cambia todo. Ojalá fuese así. Ojalá el equipo vuelva a desafiar a la lógica y gane de nuevo. Nadie desea más eso que quien siente al Real Madrid. Pero también hay un momento en el que el fútbol te dice hasta aquí. El fútbol ha evolucionado y los equipos son cada vez más completos, con entrenadores que son cada vez más meticulosos. Las plantillas están cada vez más equilibradas. Por eso, confiar únicamente en el talento individual es cada vez más arriesgado.

Hay un dato que invita a la reflexión: el Real Madrid jamás ha remontado una eliminatoria de Copa de Europa tras perder la ida en el Bernabéu. Nunca, en toda su historia. Y eso no significa que no pueda ocurrir, pero sí demuestra que la épica tiene límites, porque la mística no siempre alcanza. Creo que ha llegado el momento de la autocrítica. La afición debe exigir mucho más. El presidente debe exigirse más a sí mismo. El entrenador debe asumir que el equipo necesita trabajo. Y los jugadores, sobre todo los jugadores, deben mirarse al espejo y reconocer que dos años sin títulos serían una anomalía inaceptable. Quien escribe estas líneas no lo hace desde la distancia ni desde la frialdad. He vivido remontadas históricas en el estadio, he visto al Real Madrid en épocas de dominio absoluto y también en momentos muy complicados. Llevo viendo al equipo desde que tengo uso de razón, sin perderme un solo partido. Y es precisamente por eso por lo que duele más llegar a esta conclusión.

El Real Madrid necesita volver a ser un equipo de fútbol para dejar de ser un equipo de discursos. Necesita asumir que el talento sin trabajo ya no le alcanza. Dos años sin títulos pueden parecer pocos para quien se conforme, pero el Real Madrid no puede permitirse ese lujo. No debe hacerlo. ¿Que si existe esperanza? Por supuesto. La esperanza siempre existe. El Real Madrid ha demostrado mil veces que es capaz de lo imposible, pero confiar únicamente en la esperanza no puede ser el plan asumido desde agosto. Si el club quiere adaptarse al fútbol actual, debe asumir que el trabajo es innegociable. Que la autocrítica es imprescindible, y que el talento necesita una estructura. Porque, de lo contrario, el riesgo es evidente. Sin trabajo, seguirán llegando años difíciles. Sin autocrítica, la grandeza se erosiona poco a poco. Y el Real Madrid, por historia, por exigencia y por identidad, no puede permitirse seguir ese camino.
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