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La Galerna

·23 de fevereiro de 2026

Lunes de aquelarres y chorizo

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Buenos días. Lunes sombrío después de un fin de semana para olvidar en la Casa Blanca. En el portanálisis de ayer hablábamos de la montaña rusa del Real Madrid de fútbol, equipo que se la pega cuando se atisba una recuperación con cierto aspecto de estabilidad. Ayer le tocó al de baloncesto. Los de Scariolo nos echaron por encima su jarro de agua fría en una final de Copa para regocijo del antimadridismo. Una frustrante derrota glosada por Pablo Rivas aquí con su habitual tino.

La Copa del Rey de baloncesto es una suerte de aquelarre donde se reúnen cada año un puñado de resentidos, acomplejados y frustrados antimadridistas —valga la redundancia—, que hacen gala de un comportamiento therian y cuyo único objetivo y nexo de unión es el odio hacia el club blanco. Destilan un comportamiento primitivo, como abuchear a niños de 10 años por el mero hecho de vestir una camiseta del Real Madrid, y celebran la derrota blanca como australopitecos. Alegrías que probablemente escaseen en sus mezquinas existencias. Obtener felicidad principalmente de la derrota ajena es algo que los madridistas no entendemos muy bien. Probablemente por falta de costumbre. No por escasez de derrotas ajenas, sino por la abundancia de victorias propias (cabe no olvidarlo en los malos momentos).


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Por estos motivos duele tanto perder —y más como se hizo ayer— en este conciliábulo anual del mal que es la Copa de baloncesto. Y, al igual que sucede con el equipo de fútbol, nos inunda el desencanto que producen los continuos atisbos de esperanza truncados por tropezones recurrentes.

Los medios siempre se suman a la fiesta en estos casos. Esta vez, además, el ritual pagano aconteció en Valencia, hecho que no solo satisfizo al resto de aficiones participantes, sino a buena parte de la terreta, que ayer estrenó su calendario fallero con la Crida.

En As caen en la exageración: «Vitoria vuelve a ser feliz». Entendemos que en la capital vasca habrán sido felices alguna vez en los 17 años que su principal equipo de baloncesto no levanta este trofeo. No habrá pocos vitorianos que habrán gozado de algún modo, quizá algún seguidor del Alavés entre ellos, aunque sea por una derrota blanca.

Los dóciles con su amo —los de la Ciudad Condal en esta ocasión—, se centran más en celebrar la recuperación del liderato del club cliente de Negreira que de la derrota baloncestística blanca. Sabemos que, al menos hasta que el sistema consiga la reelección de Laporta, el viento soplará más si cabe a su favor y en contra del Madrid. Después, sentido y dirección continuarán igual, pero la intensidad será menos descarada. Si además los de Arbeloa se lo ponen fácil, apaga y vámonos.

A pesar del sistema, de la montaña rusa de fútbol y baloncesto, de las efímeras celebraciones de antis y algunos propios, el Madrid sigue en el lado bueno de la historia, el honesto, el legal, en el que no gustan los chorizos, el que no vive del odio sino de la alegría.

A propósito de embutidos, la Justicia ha condenado a Villarejo por vulnerar el honor del Real Madrid y de Florentino Pérez tras acusarlos sin pruebas de amañar partidos en una entrevista.

Veremos cuánto dura el entusiasmo ajeno y los periódicos descalabros blancos. Cualquiera que tenga memoria sabe que el Madrid tiene la obstinada costumbre de sufrir menos y más cortas travesías por el desierto que el resto. Y el irritante —para los demás— vicio de levantarse cuando menos se espera y volver a ganar como si no hubiera mañana.

En España abundan los chorizos de todo tipo. La gastronomía ibérica es muy rica y podemos disfrutar de este fiambre tan nuestro en distintos puntos de la geografía. Pero abusar del chorizo —como de todo— no es bueno para la salud. Más aún si uno pretende presentarse a la reelección de un club grande —solo en cuanto a tamaño—, pues se necesita buena salud para lidiar con los múltiples problemas propios a un cargo así.

Pasad un buen día.

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