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·21 de junho de 2026

Messi y De Paul: la sociedad que no se puede medir

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Durante años, Rodrigo De Paul fue identificado como el 'guardaespaldas' de Lionel Messi. Pero ese apodo siempre resultó incompleto.

El último martes, en la victoria 3-0 de Argentina ante Argelia, volvió a quedar expuesto por qué. De Paul recuperó una pelota cerca del círculo central, levantó la cabeza y encontró a Messi corriendo al espacio. El pase salió de inmediato. Terminó en gol.


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La escena no fue una excepción. Fue la confirmación de una sociedad que lleva años definiendo partidos para el equipo tres veces campeón del mundo.

Messi imagina la jugada. De Paul corre para que esa idea tenga dónde existir.

Una sociedad que sobrevivió a todos los contextos

Los títulos ayudan a entender la dimensión de lo que el #10 y el #7  lograron juntos.

Como piezas fundamentales de la Selección Argentina conquistaron la Copa América 2021, la Finalissima 2022, la Copa Mundial de Qatar 2022 y la Copa América 2024. Un ciclo histórico que devolvió a La Albiceleste a la cima del fútbol internacional.

Messi superó los 120 goles con la Selección para consolidarse como el máximo goleador histórico del país. De Paul, por su parte, superó los 87 partidos internacionales y se convirtió en uno de los futbolistas más utilizados por Scaloni en su exitosísimo ciclo.

Porque los datos no alcanzan para explicar lo que sucede cuando Argentina juega. Hay una escena que se repite con una naturalidad casi automática: De Paul recupera una pelota en el mediocampo, levanta la cabeza y busca inmediatamente a Messi. No es una decisión condicionada por la urgencia ni por la falta de opciones. Es una elección futbolística construida con el tiempo, basada en la certeza de que el equipo siempre gana algo cuando el balón llega al diez.

Y en el otro sentido ocurre lo mismo. Messi no solo espera la pelota: interpreta el movimiento de De Paul como una extensión del propio ataque. Cuando el #7 rompe líneas, presiona alto o llega desde segunda línea, el #10 reconoce un socio que entiende los tiempos del juego sin necesidad de instrucciones.

Es una sociedad que funciona sin importar la época, el contexto o los roles. Ya lo demostró en la Copa América 2021. En los cuartos de final ante Ecuador, Messi recibió el balón cerca del área, eliminó rivales con su conducción habitual y, cuando la jugada pedía definición, detectó la llegada de De Paul completamente libre. Con una lectura precisa del momento, Leo lo dejó mano a mano para que el mediocampista empujara el balón y marcara el 1-0.

Pero ese tipo de acciones no son excepciones: son la consecuencia visible de un entendimiento invisible. Uno que se construye en los apoyos constantes, en la presión compartida tras pérdida y en la confianza de saber que cada movimiento del otro tiene una intención clara dentro del plan colectivo.

Por eso la etiqueta de “guardaespaldas” siempre resultó insuficiente. Porque De Paul no solo protege a Messi. También lo potencia, lo libera y lo conecta con el ritmo del partido. En esa combinación entre inteligencia táctica y confianza mutua se explica gran parte de la estabilidad emocional y futbolística de una Selección que aprendió a jugar alrededor de su mejor jugador sin dejar de ser un equipo.

El socio perfecto para Messi en 2026

Lo que sucedió en el debut de la vigente Selección campeona en el Mundial 2026 fue parte de este universo. El primer gol del #GOAT ante Argelia es de esas jugadas que parecen ensayadas durante años. Rodrigo recibió en el mediocampo y filtró un pase vertical que rompió varias líneas de la defensa argelina (el balón sobrepaso a 4 jugadores). Messi controló en tres cuartos de cancha, avanzó con espacio hacia su perfil izquierdo y, sin necesidad de dar demasiados toques, sacó un potente remate que se incrustó en el ángulo superior, imposible para el arquero. Fue una genialidad, fabricada desde la lectura de De Paul para anticipar el movimiento y la genialidad del diez para convertir esa oportunidad.

Ahora el dúo se prepara para replicar la tarea este lunes, en el partido ante Austria de este lunes (1 pm ET - Dallas Stadium).

Reunión en Miami

Después tocar una vez más la cima en Qatar 2022, reunir a Messi y De Paul en el Sur de Florida fue una apuesta que salió bien.

Desde la llegada de Leo en 2023, Inter Miami CF conquistó la Leagues Cup, obtuvo el Supporters' Shield 2024 y se transformó en una de las franquicias más mediáticas del continente. La incorporación de El Motorcito respondió a una idea concreta: rodear a Messi de futbolistas de confianza, con un vínculo ya establecido, y reforzar un proyecto que aspira a dominar la MLS y competir por títulos internacionales.

El intento encontró recompensa rápidamente. Las Garzas conquistaron la MLS Cup tras imponerse 3-1 a Vancouver Whitecaps en una final donde la sociedad entre los dos argentinos volvió a marcar diferencias. No se trató de una conexión aislada ni de una sola jugada brillante. Funcionó como un mecanismo constante durante toda esa tarde. Messi atrajo marcas, aceleró los ataques y generó espacios. De Paul ocupó esos espacios y anotó un gol clave en la victoria. Una vez más, la fórmula que había llevado a Argentina a la cima también produjo resultados en Norteamérica.


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Pero quizá lo más interesante de esta historia es que la relación entre ambos desafía parte de la lógica moderna del fútbol. En una época dominada por datos, métricas y modelos de rendimiento, existen aspectos imposibles de cuantificar. No hay una estadística que mida la confianza. No existe una base de datos que registre cuántas veces De Paul detecta dónde aparecerá Messi antes de que la jugada ocurra.

Y, sin embargo, esa conexión aparece una y otra vez. En una recuperación en mitad de cancha. En un pase que sale sin necesidad de mirar dos veces. En una carrera que comienza antes que el resto comprenda lo que está sucediendo. Messi imagina la jugada. De Paul corre para que esa idea tenga dónde existir.

Sí, Messi es el máximo goleador histórico de Argentina. Sí, De Paul es uno de los jugadores más importantes de la Selección en años recientes. Sí, juntos lo ganaron todo ya, y ahora están peleando quedarse con el trofeo del Mundial 2026, y así, escribir otro cápitulo en la historia, donde puedan convertirse en la primera dupla argentina en ser bicampeones del mundo consecutivamente.

 Todos estos titulos ayudan a explicar la magnitud de la sociedad. Pero no alcanza para definirla. Durante mucho tiempo, esa conexión perteneció exclusivamente a Argentina. Después cruzó una frontera.

En 2025, Inter Miami reunió nuevamente a dos campeones del mundo en activo y trasladó una de las sociedades más exitosas del fútbol internacional a la MLS.

Y el cambio de camiseta no alteró absolutamente nada. Muchos imaginaban que el vínculo funcionaría de manera diferente en el fútbol de clubes. Ocurrió lo contrario.


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La química se mantuvo intacta. Quedó demostrado en mayo de 2026 frente a Toronto FC. Messi condujo durante varios metros dejando rivales en el camino, combinó con De Paul en la puerta del área y recibió una devolución de primera intención. El argentino definió con suavidad para completar una jugada que parecía ensayada desde hacía años.

Porque, en cierto modo, lo estaba. En Miami, De Paul no llegó para competir con Messi por el protagonismo. Llegó para reforzar aquello que ya funcionaba.

La química que no se enseña, se construye

Pero quizá lo más interesante es que la relación entre ambos parece desafiar la lógica moderna del fútbol. En una época donde las estadísticas dominan la conversación, existen aspectos imposibles de medir. No hay una métrica para contabilizar la confianza. No existe una estadística que registre cuántas veces De Paul detecta dónde aparecerá Messi antes de que ocurra la jugada.

Esta historia importa en pleno 2026 porque conecta tres niveles que hoy son clave en el fútbol moderno: la vigencia de las grandes figuras, la evolución de las sociedades tácticas y la construcción de narrativas ganadoras en un ciclo mundialista. Messi sigue siendo un punto de referencia global incluso en la etapa final de su carrera, mientras que De Paul representa el tipo de mediocampista total que el fútbol actual exige: dinámico, táctico y emocionalmente comprometido. Su vinculo no es solo simbólico, sino funcional; aparece en partidos decisivos, sostiene estructuras y potencia sistemas tanto en selección como en el club.

Además, en un año marcado por la intensidad del calendario y la exigencia de la Copa del Mundo 2026, este tipo de conexiones explican por qué algunos equipos compiten mejor en escenarios de alta presión. No se trata únicamente de talento individual, sino de relaciones futbolisticas que ya están automatizadas por confianza y experiencia comaprtida. El tándem Messi-De Paul es uno de los mejores ejemplos sobre cómo se construyen modelos ganadores en el fútbol contemporáneo.

Desde Rosario hasta Miami, se banca a los campeones

Esta historia conecta profundamente con la afición latina, porque no es extraño ahora que muchos aficionados porten los dorsales en sus jerseys de Lio o de Rodri, sin ser argentinos. Hinchas de muchos paises del mundo le han tomado amor a los colores blanco y celeste y esta dupla.

En América Latina admiramos el talento, pero también valoramos la lealtad. Nos identificamos con el amigo que acompaña , con el compañero que nunca abandona y con quien está dispuesto a sacrificarse para que otro pueda brillar. Son valores que se aprenden en la familia, en el barrio, en la escuela y, por supuesto, en la cancha.

La relación entre Messi y De Paul refleja precisamente eso. Uno posee un talento irrepetible; el otro  aporta energía, trabajo, compromiso y respaldo constante. No compiten por el protagonismo. Se complementan. Y en una época donde el deporte suele centrarse en la individualidades, ellos recuerdan la importancia de la sociedades auténticas.

Por eso esta historia genera tanta empatía desde Rosario hasta Miami. Porque detrás de los títulos, los goles y las asistencia existe algo que cualquier aficionado latino reconoce de inmediato: la importancia de tener a alguien en quien confiar.

Si Messi es el director de la orquesta, De Paul es quien marca el ritmo. Si uno aparece en la fotografía del gol, el otro muchas veces aparece unos metros detrás recuperando el balón que inició la jugada.

Y tal vez ahí radique el verdadero secreto de esta sociedad campeona. No se trata solamente de fútbol. Se trata de amistad, confianza y lealtad. Valores profundamente arraigados en nuestra cultura que hoy tienen dos de sus mejores representantes sobre una cancha.

Porque al final, tanto en la vida como en el fútbol, nadie llega a la cima completamente solo.

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