La Galerna
·13 de abril de 2026
"Operación ciénaga". O cómo acabar con la afición

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·13 de abril de 2026

Hace unos días tuve la oportunidad de ver en una plataforma televisiva una entretenida película española que lleva por título “Zeta”. Antes, se me había ocurrido leer por encima la sinopsis, en la que aparecía mencionada una operación policial citada en el título de este artículo. Recuerdo que pensé, medio en broma, que por fin un valiente guionista se había atrevido a desentrañar todos los tejemanejes por los que se caracteriza el fútbol patrio de nuestras entretelas. Al final resultó que Mario Casas y Luis Zahera, entre otros, no tenían nada que ver con la infecta red de corrupción que asola al mal llamado deporte rey, una red que, lejos de perder fuerza, se asienta cada vez más en su trono de depravación moral.
No diré que se trata de la única razón por la que utilizo estos calificativos tan llamativos, pero la principal radica en la existencia, desempeño y significado social de una realidad sociopolítica convertida en entidad deportiva que utiliza para su vestimenta habitual unas rayas azules y granas.

No vengo aquí a enumerar una vez más todas las tropelías que ha cometido y le han dejado cometer a esta organización; ya les supongo enterados de todas ellas, aunque sí a recalcar que solo han sido posibles en el marco de un sistema corrupto transversal que comprende la rama federativa, la jurídica y la mediática en España. Todo en aras de llevar en volandas hacia el éxito al club más agresivo, por cierto, contra todo lo que huela a español; una contradicción apabullante que nunca he logrado entender del todo, pese a que albergo mi particular teoría.
Por supuesto, el club más perjudicado (que no el único, ni mucho menos) ha sido el Real Madrid; tampoco descubro nada con esta afirmación. De todas formas, la gestión del club en cuanto a su defensa contra los ataques constantes de todo tipo que recibe de la organización catalana y todo el aparato propagandístico del antimadridismo imperante, más la vertiente federativa y arbitral, se parece de forma muy peligrosa a una absoluta dejación de funciones, cuando no a una actitud colaboracionista con este sistema decadente.
La infecta red de corrupción que asola al mal llamado deporte rey, lejos de perder fuerza, se asienta cada vez más en su trono de depravación moral
En mi modesta opinión, la frase “Necesitamos a un Barcelona fuerte”, pronunciada en plena vorágine del caso Barcelona-Negreira, constituye el peor momento en la dilatada y enormemente relevante carrera de Florentino Pérez como presidente, por lo que subyace de ella, por lo que significa y por los acontecimientos producidos antes y después. Este reciente cambio de línea editorial quizá llegue demasiado tarde porque, queramos o no, al club de los valors jamás le sucede nada. Y si no, esperen a las resoluciones de FIFA, UEFA y la justicia patria; les recomiendo que vayan perdiendo toda esperanza.
Una vez llegados a la conclusión de que el fútbol (sobre todo aquí, aunque me atrevo a pensar que también en el resto del mundo) sigue atravesando un agujero negro de inmundicia desde hace ya décadas, he tomado una decisión drástica. Y afirmarán, con toda la razón del mundo, que mi opinión no le importa a nadie, que solo soy un simple aficionado de a pie sin ninguna relevancia. Pese a ello, la expondré en las siguientes líneas sin ánimo de que nadie me entienda y, ni mucho menos, de que me apoye o me imite. Para mí el fútbol profesional, en toda la extensión de las palabras, ha terminado.

Pueden llamarlo recurso del pataleo, reacción desproporcionada e infantil, un sinsentido propio de un ignorante, una injusticia al extenderse también al club que me vio nacer (en sentido literal), o de la manera que les plazca. Desde que saltó a la palestra el caso del soborno al vicepresidente de los árbitros no veo fútbol nacional; con los últimos acontecimientos mi desprecio se ha extendido al resto de competiciones. No sería coherente si aportara mi granito de arena al mantenimiento de un espectáculo en cuya limpieza no creo, y que me produce un asco infinito.
Para mí el fútbol profesional, en toda la extensión de las palabras, ha terminado
Me fastidia mucho proceder de esta forma porque yo, como muchos de mi generación, crecimos disfrutando con los carruseles de fin de semana, con las retransmisiones televisivas, coleccionando los cromos de la liga, haciendo la pertinente quiniela, asistiendo al Bernabéu, y discutiendo de forma amistosa con mis amigos del Atleti. Fui oyente de García y De la Morena, y ocasional consumidor de Marca y As. Mi particular catarsis y la ruptura absoluta con el régimen anterior llegó en forma de artículos de La Galerna, podcasts de Richard Dees, y subscripciones a canales de Youtube relacionados con este universo, como el de mi admirado Pepe Kollins, Ramón, y algún otro. Navegué por todo el espectro deportivo y mediático, pero ahora se va a producir la casi total desconexión con el universo futbolístico.
Caerá algún esporádico directo de Kollins, artículos de La Galerna que destaquen por su interés, o ciertos y muy señalados programas de Dees, poco más. Cuando el Real Madrid caiga eliminado de la presente Champions League (o la gane, vaya usted a saber), desinstalaré la aplicación del móvil que va mostrando los goles y los resultados, y mi último vínculo con el fútbol habrá desaparecido. Si este proceder es o no irreversible lo decidirán futuros acontecimientos, los cuales, a fuerza de ser sincero, no creo que se produzcan. El descenso y retirada de títulos del club de los valors, la imposibilidad de jugar competición europea en diez años, el cambio drástico de política de la actual junta madridista, o la siguiente, y el desmantelamiento de la red corrupta patria. Entonces comenzaré a creer que un cambio de rumbo es posible. De todas formas, qué quieren que les diga, el optimismo y yo caminamos por sendas muy diferentes.
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