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·03 de julho de 2026

Ya no basta con el escudo (por @NachoJOsorio1)

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Por Ignacio Osorio

El mapa del fútbol internacional ha cambiado de forma definitiva y la cita mundialista en territorio norteamericano lo está dejando claro en cada jornada. Hubo un tiempo en que las potencias históricas saltaban al campo con la certeza de que el peso de su camiseta y la mística de su escudo eran suficientes para destrabar partidos complejos. Hoy, esa realidad es parte de la nostalgia. El crecimiento metodológico, físico y táctico de selecciones de África, Asia y la Concacaf ha horizontalizado la competencia, transformando los antes llamados “partidos de trámite” en auténticas batallas de supervivencia para los gigantes tradicionales. Aunque a algunos les duela, el fútbol está cambiando. Y es para bien.


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La expansión a 48 equipos abría el debate sobre si el nivel del torneo se diluiría; sin embargo, la respuesta de las selecciones emergentes ha sido un rotundo golpe de autoridad. Ya no asisten como meros invitados a la fiesta o con el único objetivo de “aprender”. Equipos como Cabo Verde —que sorprendió al mundo con notables presentaciones ante España y Uruguay— o la República Democrática del Congo —capaz de anular por completo el ataque de potencias europeas— demuestran que el juego se ha globalizado a niveles impensados.

Para las selecciones clásicas, el panorama se ha vuelto hostil. Alemania, que ya arrastraba dudas de procesos anteriores, sufrió para encontrar su fútbol y terminó cayendo de forma dramática en una tanda de penales en los dieciseisavos de final frente a un ordenadísimo Paraguay. Inglaterra, a pesar de avanzar de ronda, tuvo que sudar hasta la última gota para superar por la mínima a la República Democrática del Congo, evidenciando que el ritmo físico de los combinados africanos neutraliza cualquier libreto de superioridad teórica. Incluso Brasil, dueño histórico del ‘jogo bonito’, experimentó en carne propia el rigor asiático al tener que exigirse al máximo para vencer a un Japón ultra competitivo que jamás se dio por vencido en la ronda de eliminación

directa y que si bien está llegando a su límite, no deja de ser una selección joven que ha demostrado ser capaz de aprender de otros y de sí misma para desarrollar, como pocos y en poco tiempo, el llamado deporte rey.

¿Qué cambió? Las ventajas de preparación que antes eran exclusivas de Europa o Sudamérica se han democratizado. El acceso a la élite tecnológica de entrenamiento, la migración temprana de talentos hacia las mejores ligas del mundo y una rigurosa evolución en la pizarra táctica han acortado las distancias. Marruecos ha demostrado su evolución y trabajo estructural no solo siendo campeón africano o competitivo a nivel sub-20, también ha dejado en el camino a Países Bajos, mientras que selecciones como Costa de Marfil o Argelia plantan cara con futbolistas que compiten semana a semana al más alto nivel continental.

A esto se suma un factor psicológico y de personalidad que antes escaseaba: el fin del complejo de inferioridad. Los futbolistas de estas confederaciones emergentes ya no miran con sumisión a las estrellas de la Premier League, la Bundesliga o el Brasileirão; muchos de ellos comparten vestuario en los mismos clubes europeos o compiten en ligas de alta exigencia económica y física. Ver a selecciones como Uzbekistán o Corea del Sur presionar la salida de potencias tradicionales con bloque alto, o a Ecuador plantarse de igual a igual en transiciones físicas demoledoras, es el reflejo de una generación que se sabe capacitada para ganar. La timidez táctica ha sido reemplazada por una madurez competitiva que no se intimida ante ningún escenario.

Asimismo, la gestión institucional fuera de la cancha ha comenzado a dar frutos maduros. Países que históricamente sufrían por la desorganización de sus federaciones han adoptado planes de desarrollo a largo plazo, imitando las estructuras formativas que hicieron exitosas a naciones como Francia. El resultado está a la vista en este certamen norteamericano: planteles con una profundidad envidiable, variantes estratégicas para cambiar el rumbo de un partido y una resistencia física que lleva al límite de la prórroga a cualquiera.

El fútbol ya no pertenece a un club exclusivo de tres o cuatro países; el pastel se ha repartido y la clase media del balompié mundial ha reclamado su derecho a gobernar.

Este Mundial nos está enseñando que la historia no juega en la cancha. El respeto se gana en los noventa minutos, y aquellos que pretendan vivir de los laureles de sus viejas glorias están destinados a armar las maletas antes de tiempo. Para Brasil, Alemania o Inglaterra, el mensaje del fútbol moderno es claro, directo y urgente: la brecha se cerró y hoy, para ganar, ya no basta con el escudo.

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