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·9. April 2026
Columna: El fútbol chileno y sus muertos que se van solos (por @NachoJOsorio1)

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Por Ignacio Osorio
Adán Godoy murió el domingo pasado. Tenía 89 años, venía peleando contra el cáncer desde hace tiempo, y se fue en silencio. El Sifup publicó un comunicado, Radio ADN lo mencionó, y el mundo siguió girando. Nada más. Ninguna pantalla gigante encendida en honor suyo. Ningún minuto de aplausos en el Estadio Nacional. Ninguna transmisión que se detuviera a contar, con calma y con orgullo, quién fue este hombre nacido en Copiapó que llegó a Colo Colo, que jugó dos Mundiales, y que fue parte del plantel más glorioso que ha dado el fútbol chileno en toda su historia.
Con Godoy son ya 18 los fallecidos del plantel que obtuvo el tercer lugar en el Mundial de 1962. Dieciocho. Quedan cuatro. Cuatro hombres que todavía pueden contar de primera mano lo que fue ese verano de gloria en nuestro propio país, cuando Chile le demostró al mundo que aquí había fútbol de verdad, que este territorio largo y angosto podía competirle a cualquiera con una pelota en los pies. Humberto “Chita” Cruz, Luis Eyzaguirre, Manuel Astorga y Sergio Navarro siguen vivos. Por ahora.
Y uno se pregunta si alguien lo sabe. Si alguien en la ANFP, en la Federación, en los clubes que estos jugadores vistieron con dignidad, tiene siquiera anotado en algún lugar que estos cuatro hombres existen. Si alguien los llama. Si alguien los va a ver. Si alguien va a hacer algo concreto, visible y duradero antes de que llegue el obituario número 19.
La memoria del fútbol chileno se desmorona en cámara lenta y nadie parece darse cuenta. O peor: nadie parece importarle demasiado. La familia de Leonel Sánchez denunció hace apenas unos días el abandono del mausoleo de los Mundialistas del 62 en el Cementerio General. El lugar que debería ser un santuario, un punto de peregrinación para cualquier hincha que entienda de dónde venimos, está deteriorado, descuidado, como si esos nombres grabados en piedra no significaran nada para nadie con el poder de hacer algo al respecto. Ese es el estado real de la memoria oficial del fútbol chileno: un mausoleo roto en el Cementerio General.
Esto no es solo tristeza. Es vergüenza.
Porque mientras el fútbol chileno debate leyes, multipropiedad y la nueva SADP que por fin parece encaminarse a ser realidad luego de diez años de lobby, trabas y recovecos, los hombres que pusieron a Chile en el mapa mundial de este deporte se mueren solos y se van cayendo de a uno sin que nadie construya un relato colectivo que los mantenga vivos en la memoria de las nuevas generaciones. ¿Cuántos niños que hoy patean una pelota en cualquier cancha de tierra de este país saben quién fue Adán Godoy? ¿Cuántos saben lo que significó ese tercer lugar? ¿Cuántos entienden que ese equipo de 1962, con esos hombres que nacieron en Copiapó, que jugaron en Santiago Morning, que defendieron el arco de Colo Colo, es el piso mínimo de lo que este país es capaz cuando se lo propone?
El fútbol necesita memoria para tener identidad. Y la identidad es lo único que puede sostener un proyecto de largo plazo. Las reformas estructurales son necesarias y urgentes: hay que terminar con la multipropiedad, hay que separar la Federación de la Asociación, hay que cortar el flujo de dinero de la Selección hacia los clubes y destinarlo al desarrollo del fútbol joven, a la infraestructura, a la capacitación. Todo eso es correcto. Todo eso es imprescindible. Pero son la forma. El contenido somos nosotros: nuestra historia, nuestros campeones, nuestros muertos que merecen algo mejor que un tuit del Sifup y silencio.
Hay algo dolorosamente simbólico en lo que está ocurriendo: el fútbol chileno debate su futuro en el Congreso al mismo tiempo que entierra, uno a uno y casi en silencio, a los hombres que construyeron su única gran página de gloria continental. La ley avanza. Los viejos se mueren. Y entre esas dos noticias no hay ningún puente, ninguna ceremonia, ningún acto que diga: esto que estamos construyendo tiene una deuda con estos hombres, y antes de hablar del futuro, les debemos una reverencia.
No se trata de romantizar el pasado ni de quedarse atascado en 1962. Se trata de entender que sin raíces no hay árbol. Que un fútbol sin memoria es un fútbol sin alma. Y un fútbol sin alma no llega a ninguna parte, no importa cuántas leyes se aprueben ni cuántos directivos cambien de silla. Los grandes proyectos deportivos del mundo, los que duran décadas y generan culturas futbolísticas sólidas, son los
que saben exactamente de dónde vienen. Los que cuidan sus archivos, sus museos, sus héroes vivos y sus héroes muertos con la misma seriedad con que diseñan sus ligas y sus academias.
Chile tuvo en 2015 y 2016 sus dos Copa América consecutivas. Tuvo una generación dorada que llenó de orgullo a millones. Y sin embargo, el país no aprendió a construir sobre eso. No se establecieron academias de excelencia, no se reformó el fútbol joven, no se aprovechó el impulso. La ola llegó y se fue, y quedamos igual. Ahora viene otra oportunidad, esta vez desde el Congreso, y la pregunta es si vamos a cometer el mismo error de siempre: celebrar la reforma estructural sin preguntarnos qué va dentro, sin darle a ese contenedor el alma que necesita para funcionar.
Quedan cuatro. Cuatro hombres que jugaron en el único Mundial que Chile ha organizado, en el equipo que llegó más lejos que ningún otro en la historia de la Roja. Humberto Cruz tiene más de 80 años. Luis Eyzaguirre también. El reloj corre, y cada vez que suena el teléfono y es el Sifup con otra mala noticia, queda uno menos para contar la historia en primera persona.
El fútbol chileno tiene una deuda que no se paga con aplausos póstumos. Se paga ahora, mientras aún hay tiempo. Se paga visitando a los que quedan, restaurando el mausoleo que se cae a pedazos, enseñándoles a los niños que aprenden a patear que antes de Alexis y antes de Vidal, antes de las Copas América y de los estadios modernos, hubo un arquero nacido en Copiapó que se paró bajo los tres palos en un Mundial y le dijo al mundo que Chile estaba ahí. Ese hombre se llamaba Adán Godoy. Y se fue el domingo pasado, casi en silencio. No lo merecía.









































