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·23. Februar 2026

Mi infancia son recuerdos de un patio de Barcelona

Artikelbild:Mi infancia son recuerdos de un patio de Barcelona

Si algo ha cambiado en el fútbol con la apertura de la nueva década es la precocidad con la que jóvenes futbolistas debutan en el escenario de élite. Las expectativas y, sobre todo, las exigencias responden a las de profesionales con un largo recorrido en el más alto nivel; no de aquellos que hasta hace poco eran nonnatos en este contexto, y hace menos aún de sus primeros pasos.

Lamine Yamal encarna esta prematuridad al dedillo. Su figura abarca un factor mediático desorbitado como fruto del nivel deportivo que muestra desde los 16 años. Año tras año el de Llobregat sigue una línea progresiva ascendente que refleja su continua mejoría en distintas facetas del juego, a la par que incorpora otras. Desde sus inicios ya era fácil caer obnubilados con la creatividad en sus regates. Más tarde incorporó el golpeo que patentó ante Francia en la Eurocopa. Y finalmente un talento como creador de juego inusual, sobre el que recae el peso del juego en su selección y club. Pero siempre se nutrió de su carácter, envalentonado y apático ante los fallos.


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Su temporada no tiene precedentes en un deporte tan longevo para alguien tan joven, y aún así nunca parece suficiente. Se le exige hacer más cifras (29 G/A en 33 encuentros), liderar al FC Barcelona para alzar la Champions League, que no gana desde hace 11 años, y ser el heredero del mejor futbolista de la historia portando su dorsal.

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Día del debut de Lamine Yamal junto a Xavi Hernández, ex entrenador del FC Barcelona. Fuente: rtve.es

Las expectativas en el fútbol de élite

La brutal exigencia y el anhelo de perfección inmediata son hijos del entorno sociológico, trasladado cruelmente y carente de empatía al mundo del fútbol. «Me gustaría ser lo que todo el mundo quiere que sea», publicaba Lamine hace unos días en su cuenta de Instagram. Ni falta hace decir que las redes sociales no son la realidad, pero sí una burda representación de la misma.

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Lamine celebrando su gol ante el Elche. Fuente: Diario La Prensa

El propio extremo blaugrana ha mostrado cierto estoicismo a la hora de evaluar la madurez que se le presupone: «Intento buscar las cosas sencillas, como jugar a la Play, ir a comer con mi madre y estar con mi hermano. Pero, sinceramente, nunca podré ser un chaval de 18 años normal porque ni la gente me ve normal, ni yo podría actuar de esa manera”. Lamine se encuentra ahora en el inexorable umbral de sortear la adolescencia, entre los recuerdos de la infancia en los parques de Barcelona y la realidad de la adultez en el FC Barcelona.

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