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La Galerna

·18 March 2026

Arbeloa está haciendo historia

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Hay dos formas de verlo. Una indica que Arbeloa está demostrando ser un entrenador de élite, para el Madrid o para otro gran equipo. La otra: si el Madrid tiene ya un entrenador de élite, y uno que además conoce la casa tanto como la ama, quizá haría bien en considerar la posibilidad de ampliar al año que viene su tiempo de meritorio (pero ¿quién en el Madrid no es un simple meritorio?) incluso aunque no gane liga ni Champions. Bastaría con que se mantenga el mismo nivel de competitividad y la evolución del equipo continúe en la misma línea de exigencia, cohesión emocional y claridad táctica.

Hay que leerlo en voz alta para asimilarlo, de tanta como es la euforia sobrevenida en una afición que había alcanzado niveles de descreimiento y crítica jamás antes conocidos: un Madrid en presunta milanización se acaba de cargar al todopoderoso City del globalmente considerado puto amo de los técnicos que en el mundo son.


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El City se gastó casi 100 millones en el mercado de invierno mientras el Madrid se limitaba a abrir la puerta del ascensor a unos cuantos chicos de la academia, que están contrarrestando ejemplarmente la paralizante hecatombe de las lesiones blancas. Arbeloa ha hecho de la necesidad virtud a punta de enarbolar puro sentimiento vikingo, algo de lo que se burlan sus despreciables odiadores. Mientras tanto, Pep ha traducido el nuevo petrodispendio en la enésima manifestación de impotencia ante los de Concha Espina. Ya solo Simeone le iguala en el número de veces que ha sido eliminado de la Champions contra el Madrid: cinco. No hagan ustedes la rima, que la realidad ya anticipó la poesía.

Tildábamos de “puto amo” a Guardiola, parafraseando el modo en que él mismo se refirió en su momento a Mourinho. En el catálogo de potenciales pesadillas del de Sanpedor figuraba tal vez la de ser noqueado por Mou en Europa. Lo que no tuvo miedo suficiente para concebir es que le mandara a casa no Mou, sino un discípulo de Mou. Es como si Oasis quedaran eclipsados en un festival de música por una banda tributo a Blur. Así lo ha de percibir Pep a la fuerza, aunque Arbeloa está probando ser mucho más que un tributo a nadie. Es un guardián de esencias dotado de una gran inteligencia emocional. Concilia, pues, lo que debe ser con la falta de solemnidad precisa para aproximarse a esa meta.

Arbeloa está probando ser mucho más que un tributo a nadie. Es un guardián de esencias dotado de una gran inteligencia emocional. Concilia, pues, lo que debe ser con la falta de solemnidad precisa para aproximarse a esa meta

Ha dicho Pep que estuvieron “ahí”. 5-1 en el global de la eliminatoria. Si Guardiola cree que eso es “ahí”, necesita una lección clarificadora sobre adverbios de lugar. El Madrid dominó el cruce de manera tan aplastante como sorpresiva. En la ida, apabulló a lomos de un caballo desbocado llamado Valverde, pura ubicuidad, bien secundado por todos los demás. En el Etihad, en cambio, fue Vinícius quien goleó, aunque fue superado en excelencia por varios de sus compañeros. Courtois despachó varios milagros como quien espanta moscas, y Lunin le siguió en la excelencia como si Roger Moore hubiera sido un digno sucesor de Connery. Fran García completó un partido soberbio. Huijsen ha recuperado la confianza y fue un puntal contra la presión alta de los citizens. Thiago Pitarch encandila con sus hechuras de eslabón perdido de la Quinta del Buitre, aunque es su peso específico, su enjundia lo que abruma.

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Como el madridismo no puede nunca estar contento, hay gente protestando porque el Madrid se dejó dominar por diez. “Vergonzoso”, mascullan, meneando la cabeza. Tendrán que apañárselas para conciliar esa idea con la otra, o sea, con eso de que el Madrid no tiene plantilla para nada. Aclárense: o no la tiene, o ayer debió dominar y golear a un City diezmado, pero no las dos cosas a la vez. El City, con once o con diez, es hoy quinientos millones de libras más fuerte que el año pasado. El Madrid, por su parte, es solo el consabido desastre, ese que cuando llega la primavera nos recuerda nuestra capacidad para tropezar cien mil veces en la misma piedra de desconfianza. Quizá por eso sea el madridismo un arrebato tan rabiosamente humano.

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