La Galerna
·2 February 2026
Todo esto es muy extraño

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·2 February 2026

Todo esto es muy extraño, decían los Hombres G, y el Madrid, 22 años después, se está esforzando en replicarlo desde dentro, pero también en su entorno más cercano.
Hay una foto muy elocuente y reveladora. En ella aparece un jugador del Rayo Vallecano topando sus ilusiones de gol frente a un muro llamado Courtois mientras un madridista no llega al cruce por un instante. No es Asencio ni Huijsen, tampoco Tchouaméni o Valverde. Se trata de Gonzalo, ariete transformado en chico de los recados, que no dudó en perseguir al fugado hasta sus últimas consecuencias.
Y es que nada de lo que acontece en Chamartín parece asentarse en la lógica últimamente. No es normal condenar a un delantero al exilio de una banda, como tampoco lo es acudir a ver a tu equipo con el único plan de malgastar todas las entradas de insultos del diccionario durante noventa minutos.
En el gol de Vinícius ante los vallecanos parte de la grada comenzó su aserto de improperios contra el brasileño desde que recibió la pelota. Un ruido que fue in crescendo conforme avanzaba en su búsqueda de la portería hasta que, oh, sorpresa, las ofensas se transformaron en aplausos puestos en pie cuando al siete le dio por clavarla en la escuadra. Y todo sin el más mínimo resquicio de pudor o vergüenza. “Atacan al jugador, pero celebran el gol del equipo”, explica alguno, en lo que resulta una contorsión justificativa digna de un espectáculo de variedades. Todo esto es muy extraño.

También ajeno a la normalidad parece amanecer la defensa con dos volantes de nacimiento, Camavinga y Federico Valverde, como laterales a la fuerza. Sin embargo, en este caso, como el madridismo sospecho que ya está ponderando y los implicados quizá también, la rareza puede derivar en acierto.
Por sus características, físico, versatilidad, esfuerzo sostenido y capacidad para la sorpresa, el francés y uruguayo, sin desearlo a primera vista, seguramente sean los carrileros más solventes a día de hoy de la plantilla blanca. Pero, si todavía no están convencidos, sería bueno hacerles saber que lo que les sucede no es nada nuevo. ¿Recuerdan la exitosa reconversión de Raúl en la primera etapa de Capello?

Después de seducir a Valdano en la 94/95 y sostener al Madrid durante la siguiente campaña, el madrileño, habituado a jugar como delantero o mediapunta como puesto más alejado del área, se encontró con una dificultad sobrevenida: el club había fichado a Suker y Mijatovic. Poca broma. Así que el técnico italiano, listo como pocos, resolvió la encrucijada con una decisión que a la postre se convirtió en la maduración definitiva de Raúl. Lo situó de interior izquierdo, un puesto que abría la autopista a Roberto Carlos, al tiempo que potenciaba una de las fortalezas del futuro capitán, su inteligencia táctica y capacidad de llegada. Los números no engañan: terminó el año con más minutos que nadie (3.622) y una cifra goleadora más que respetable: 21 tantos, sólo por detrás del punta croata.
Todo esto es muy extraño, así que al aficionado sólo le queda confiar en que el camino por el abismo conduzca al sorpresivo lugar de un título a final de una temporada. Porque el Madrid nunca espera, y la grada —la real y la impostada— no perdona dos años blancos como la camiseta. O como Gandalf.
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