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Balonazos

·27 de agosto de 2026

“El fútbol es un humanismo”

Imagen del artículo:“El fútbol es un humanismo”
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Cerrar los ojos cinco minutos para imaginar el fútbol con las gradas vacías, sin cánticos, sin el colorido folclórico de las hinchadas, sin familias que dedican los domingos a ir al estadio, sin el grupo de personas que decide congregarse en la sala de la casa o en la pizzería de moda para ver la liga de turno, puede ser, para los amantes de este deporte, la pesadilla más larga de una existencia que trascendió más allá de los 90´ minutos.

Tomando como referencia lo expuesto de manera brillante por Jean-Paul Sartre cuando manifestó que: «El existencialismo es un humanismo», me atrevo a decir que el fútbol es un humanismo existencialista de fuerte carácter colectivo. Desde un partido en la esquina del barrio donde el dueño del balón se va molesto por perder, pasando por la etapa formativa en academias juveniles, la lucha por el ascenso en las segundas divisiones, el clásico de primera y la élite europea del fútbol moderno, todo está estrechamente vinculado con las comunidades y su modo de habitar el mundo.


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Es necesario advertir que este humanismo existencialista al que llamamos fútbol, como todo lo que existe hoy en día, está en peligro. Se sufre de manera palpable en la forma en la que algunos clubes desaparecen por intereses políticos o económicos, sin saber que borrar a un equipo es borrar parte de la identidad colectiva de una comunidad o de una ciudad que logra fundir los valores del club con su cotidianidad.

Bien escribió el español Ignacio Pato: «El fútbol sin gente o cada vez más alejado de ella puede seguir siendo fútbol. Pero son nuestros ojos y la emoción de los aficionados los que le dan, como a casi todo, un sentido. El fútbol sin esa mirada no es apenas nada». Sin esos ojos y esa emoción, tal como lo demostraron los partidos a puertas cerradas en la pandemia, el fútbol no se juega igual.

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El Fútbol es de todos

El fútbol, como cualquier deporte, es de todos, pero el dueño principal es la gente. La apropiación del fútbol no responde a una persona, sino a una colectividad social y universal que está fuera de la cancha. Después de todo, este deporte refleja que en un once contra once no existen individualidades, sino una innegociable colectividad.

La industria se hace cada vez más dueña de lo que es de la gente: el mercado de fichajes está dominado por los clubes de Estado. Sí, ahora el Estado también es dueño de equipos de fútbol, este motor económico de compra y venta de jugadores no permite a la gente vincularse con sus «héroes» del balón; el jugador ya no es de un club, tampoco de la gente, sino de quien pueda pagar su cláusula para el famoso «Here we go». Sin ser ingenuos y negar las bondades del mercado, hoy parece que lo menos importante es comulgar con la identidad social de un equipo.

En ese sentido, el fútbol, por más industria deportiva que sea, debe ser entendido con la gente y jamás sin ella. No se trata de un manifiesto populista del fútbpl, sino de una vinculación más directa con la comunidad, incluso desde sus acciones de mercadeo. Se trata de entender los valores que rezan en clubes como Estudiantes de Mérida, Deportivo Táchira, Boca Juniors, Flamengo y Rayo Vallecano. Valores que forman parte de la identidad global de la gente y que incluso configuran su modo de existir. Dejando claro que el ser humano no tiene una naturaleza fija, sino que hace elección de ella, como cuando elige a qué club apoyar durante gran parte de su existencia.

Es preciso señalar que el desarrollo económico del fútbol no puede detenerse. La colectividad como dueña de dicho deporte debe también cuidar y respetar el sustento económico de su club. Del mismo modo, los dirigentes deben sostener un compromiso irrestricto con el bienestar de las instituciones, lo cual se traduce en un bienestar social.

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