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·10 de abril de 2026

El Madrid no pudo con su propio fantasma ni con Gazzaniga

Imagen del artículo:El Madrid no pudo con su propio fantasma ni con Gazzaniga
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Un desacertado Real Madrid se olvida de LaLiga ante un correcto Girona.Getty Images

En el Santiago Bernabéu, la jornada temática de LaLiga llegó con retro en las camisetas y nostalgia en el aire. El Real Madrid optó por desligarse del teatro estético, pero no pudo escapar de algo más incómodo: la versión diluida de sí mismo que arrastra desde el parón.


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Volvían caras conocidas. Militao recuperaba su sitio en la zaga. Carvajal regresaba al carril derecho. Asencio completaba una defensa que sobre el papel ofrecía más garantías que en semanas anteriores. Descansaba Tchouaméni, de cara a Múnich. Pero los nombres no bastaron para cambiar lo que el equipo lleva semanas mostrando: una identidad difusa, sin pulso, sin convicción.

El Girona llegó al Bernabéu a hacer lo que mejor sabe cuando visita estadios grandes. Replegarse, aguantar y esperar. Durante cuarenta y cinco minutos lo hizo con orden. Dejó que el Madrid tuviera el balón, que moviera y combinara, mientras Paulo Gazzaniga se encargaba de resolver lo que el repliegue no alcanzaba a cubrir. El portero argentino fue el primer obstáculo real de la noche. Lo de Valverde en el 28 exigió una intervención de categoría. Lo de Mbappé también. Lo de Vinicius, igual.

Porque el Madrid llegó. Llegó varias veces y de distintas formas. Lo que no encontró fue el camino dentro del arco.

Kylian Mbappé tuvo la más clara antes del descanso, tras un centro de Carvajal que el francés remató de cabeza ya dentro del área. El linier lo frenó con la bandera. Luego llegó el turno de Claudio Echeverri, que al borde del entretiempo recibió de Lemar, desbordó a Camavinga y disparó sin encontrar los tres palos. El 0-0 al descanso era un resultado que nadie había merecido del todo, pero que le sentaba mejor al visitante.

La segunda parte abrió con el mismo guion, pero distinta velocidad. El Madrid robó, llegó, y Bellingham disparó con Gazzaniga volviendo a aparecer. El portero parecía haberse instalado ahí, en esa portería, como una pared adicional. Hasta que en el minuto 51 el muro cedió a medias.

Federico Valverde disparó desde lejos. El remate no fue perfecto, Gazzaniga no lo atrapó bien y el balón se coló por su costado. El uruguayo lo celebró con rabia, como quien sabe que llevan tiempo esperando ese momento. El Bernabéu respiró.

Tres minutos después, Bellingham perdonó el segundo. Arnau Martínez comprometió a Vitor Reis en el área, el inglés robó y quiso servir a Mbappé con un pase que no encontró a nadie. Una de esas acciones que en otros tiempos terminaban diferente.

Y entonces llegó Thomas Lemar.

En el 62, el francés recibió en el borde del área, se abrió paso por el interior y sacó un zurdazo que pasó por debajo de las piernas de Camavinga, tocó casi en el palo y entró. Lunin, sin opciones. El Bernabéu, sin palabras.

Lo que vino después fue el retrato más fiel del Madrid actual. Silbidos crecientes. Cambios que no cambiaron nada. Tchouaméni y Mendy por Camavinga y Fran García, sin que el equipo encontrara otro registro. Mbappé tuvo la del 2-1 en el 85, se coló a la espalda de la defensa, recortó, disparó arriba, y Gazzaniga volvió a estar ahí.

El partido terminó en tablas. Empate que en casa, con lo que está en juego en LaLiga, duele más que una derrota limpia.

Porque el Madrid no fue mal equipo esta noche. Tuvo ocasiones, presión, intención. Lo que no tuvo fue definición, ni serenidad para cerrar lo que abrió, ni carácter para sostener una ventaja mínima cuando el partido se puso cuesta arriba. El Girona no lo superó. El Madrid se lo regaló.

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