La Galerna
·3 de febrero de 2026
Me conformaría con divertirme

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El Real Madrid ganó 2-1 al Rayo Vallecano en el Santiago Bernabéu. Lo escribo así, de forma fría y objetiva, porque es la única manera de que el resultado no engañe a nadie. El marcador dice victoria, pero el partido, especialmente la segunda mitad, fue horrible, aburrido y espeso, uno de esos encuentros que parecen durar el doble de lo que marca el reloj y que, cuando terminan, dejan la incómoda sensación de haber perdido algo mucho más valioso que puntos: el tiempo y la ilusión.
El problema es que este partido no es una excepción ni un accidente. Llega apenas unos días después del 4-2 encajado contra el Benfica el miércoles, otro partido malísimo, otro ejercicio de desorden, desconexión y fragilidad emocional. Dos encuentros consecutivos que no hacen más que confirmar una realidad que llevamos meses viendo, porque, salvo contadas excepciones, esta ha sido la tónica general de toda la temporada.

Estamos viviendo un Real Madrid que juega mal incluso cuando gana, que pierde sin competir, y que rara vez transmite la sensación de estar construyendo algo. Por eso, quizás por primera vez en mucho tiempo, he llegado a una conclusión que no me duele tanto como pensaba: este año el Real Madrid no va a ganar ningún título, será un año en blanco. Y no pasa nada, de verdad. No lo digo desde el enfado, sino desde una especie de aceptación serena. Los títulos van y vienen, forman parte del ciclo natural de cualquier club, incluso de uno tan acostumbrado a ganar como este. El problema no es no ganar, el problema es no sentir nada por el camino.
A estas alturas, mi exigencia como aficionado se ha reducido a algo muy básico, solo quiero que el Real Madrid me divierta, quiero disfrutar viendo sus partidos y quiero que, gane o pierda, al menos tenga la sensación de haber visto a un equipo vivo, con intención, con alma. Y en estos momentos, eso es precisamente lo que no tengo. Este Madrid transmite una imagen desoladora, la de un equipo sin latidos, sin ganas, sin una idea reconocible.
mi exigencia como aficionado se ha reducido a algo muy básico, solo quiero que el Real Madrid me divierta, quiero disfrutar viendo sus partidos y quiero que, gane o pierda, al menos tenga la sensación de haber visto a un equipo con alma
Da la sensación de que los jugadores saltan al campo por inercia, porque el calendario lo marca, no porque exista una convicción colectiva o una ambición compartida. No hay intensidad sostenida, no hay presión coordinada, no hay mecanismos claros ni en ataque ni en defensa. Todo parece improvisado, desconectado y frágil. El balón circula sin ritmo ni propósito. Los ataques se diluyen antes de generar peligro real y la defensa vive permanentemente al límite, como si cualquier balón dividido pudiera convertirse en una ocasión en contra.
No hay sensación de control en ningún momento del partido, ni siquiera cuando el resultado es favorable. El Madrid no domina, sobrevive, y eso, para un club de su dimensión, es profundamente preocupante. Más allá de lo táctico, lo que más llama la atención es el lenguaje corporal. Los jugadores no se buscan, no se corrigen, tampoco se animan cuando encajan un gol. Cada uno parece encerrado en su propio partido, en su propio problema. Falta conexión entre ellos, pero también falta conexión con la grada.

El Santiago Bernabéu, que tantas veces ha sido un actor protagonista, hoy es un espectador cansado que observa, murmura, protesta de forma aislada y, en muchos tramos, se limita a esperar que el partido termine. No es una afición caprichosa ni injusta. Es una afición que ha visto mucho fútbol, que ha vivido muchas noches grandes y que sabe reconocer si su equipo le está dando algo o no.
Ahora mismo, el Real Madrid no le da nada: ni le da emoción, ni orgullo, ni la impresión de estar ante un equipo que cree en lo que hace. En ese contexto, yo mismo llegué a pensar que el discurso inicial de Álvaro Arbeloa, tan cercano y tan protector con sus jugadores, estaba dando algo de luz y de esperanza. Durante un tiempo pareció que esa forma de respaldar al vestuario, de quitar presión hacia fuera, se reflejaba en el césped con un equipo algo más suelto, algo más reconocible. Hoy empiezo a pensar que aquella luz no fue más que un breve destello, una ilusión pasajera que se apagó tan rápido como apareció. Porque ahora la figura del entrenador tampoco ayuda a cambiar el clima.
Más allá de los resultados, lo que este equipo está perdiendo es su capacidad de emocionar, y eso, para muchos, es más grave que terminar el año sin nada en las vitrinas
No se trata solo de esquemas o de decisiones puntuales, sino de liderazgo y discurso. Arbeloa no habla de una forma que encienda a la afición ni que sacuda al vestuario. Sus comparecencias son planas, previsibles, casi burocráticas, sin mensajes que transmitan urgencia, ambición o inconformismo. No parece especialmente molesto cuando el equipo juega mal ni especialmente ilusionado cuando gana.
Todo queda envuelto en una normalidad que resulta chocante para cualquiera que vea los partidos. Esa falta de energía desde el banquillo, esas manos que nunca salen de sus bolsillos, todo termina reflejándose en el césped, porque un entrenador no solo prepara partidos, también marca el tono emocional del grupo, y este Madrid tiene un tono bajo, apagado, casi indiferente.

Lo más frustrante de todo es que este equipo tiene argumentos de sobra para ser, como mínimo, entretenido. No hablamos de una plantilla pobre, quizás sí limitada. Pero hay talento, juventud, calidad individual y futbolistas capaces de romper partidos, de generar desequilibrio, de ofrecer algo distinto. Hay motivos suficientes para pensar que este Madrid podría, al menos, intentar jugar con valentía. Y, sin embargo, no lo hace. O lo hace muy poco. El resultado es un equipo previsible, inofensivo durante demasiados minutos, incapaz de imponer su ritmo o su personalidad. Incluso cuando va por delante en el marcador transmite inseguridad y, cuando tiene el balón, parece no saber muy bien qué hacer con él.
Hay equipos que caen, pero lo hacen compitiendo, arriesgando y dejando sensaciones que invitan al optimismo futuro. Este Madrid ni gana con brillo ni pierde con dignidad futbolística. Simplemente transita por los partidos, como si la temporada fuese una sucesión de compromisos que hay que cumplir hasta que todo termine. El mayor peligro ahora mismo no es acabar el año sin títulos, el Real Madrid ha sobrevivido a temporadas en blanco antes y lo volverá a hacer. El verdadero riesgo es algo mucho más silencioso y dañino: la apatía, la normalización del aburrimiento, la aceptación de que ver un partido del Madrid sea una experiencia tediosa. Cuando el aficionado deja de enfadarse y empieza a resignarse, algo se ha roto.
Esa es la sensación que deja este equipo: la de haber renunciado a emocionar. Por eso hoy no pido títulos, no pido milagros ni gestas. Pido sentarme a ver un partido del Real Madrid y disfrutarlo, levantarme del sofá con la sensación de haber visto algo vivo, algo interesante, algo que merezca la pena. Pido un equipo con alma, con carácter y con una idea clara, aunque no siempre funcione. Pido once jugadores que se miren, que se entiendan y que se equivoquen intentando algo, no esperando a que otro lo haga por ellos. Pido un entrenador que crea, que contagie y que incomode cuando haga falta. Más allá de los resultados, lo que este equipo está perdiendo es su capacidad de emocionar, y eso, para muchos, es más grave que terminar el año sin nada en las vitrinas.
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