La Galerna
·17 de março de 2026
La Quinta de Arbeloa

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Uno de los grandes cineastas del Hollywood clásico, Leo McCarey, dirigió en el año 1937 una de sus mejores obras: Dejad paso al mañana, que, en inglés, tiene un título aún más ajustado al espíritu de la película: Make Way for Tomorrow. Es la historia de dos ancianos que tienen un montón de hijos de los que, sin embargo, ninguno está dispuesto a hacerse cargo de sus padres en la desgracia final de sus vidas. La película incluso inspiró, veinte años después, la maravillosa Cuentos de Tokio, del maestro japonés Ozu. Aunque la traducción al español del título sugiere una actitud pasiva (dejen paso), yo prefiero el original en inglés porque es una conminación a construir el futuro. Make Way for Tomorrow podría ser lo que resumiera el paso de Álvaro Arbeloa por el banquillo del Real Madrid.

Pocas horas después de que estas líneas sean publicadas, el Madrid confirmará, o no, si hay aún temporada. De lo que ya estamos seguros es de que Arbeloa ha conseguido llegar hasta aquí generando el patrimonio que asegurará el futuro deportivo del club: en un momento crítico en el que la plantilla acusaba por segundo año consecutivo la negligente planificación de la dirección deportiva, mostraba graves síntomas de consunción y agotamiento y las carencias nublaban las posibilidades de éxito a medio y corto plazo, el hombre que hasta principios de 2026 entrenaba al Castilla ha decidido jugarse los cuartos con un puñado de jóvenes promesas en un acto de valor y lealtad propio de un samurái.
De hecho, hay quienes ya no son promesas: apenas cuatro partidos han bastado para que consideremos a Thiago Pitarch como un futbolista de Primera División con todas las de la ley. Casi lo mismo puede decirse de Palacios o Cestero y, desde luego, de Gonzalo o de Víctor Muñoz, cedido en Osasuna, de Jacobo Ramón y Nico Paz, los dos de mili en Italia: jugadores todos a quienes Arbeloa ha entrenado en cadetes y juveniles.
Ocurra lo que ocurra contra el City, de lo que ya estamos seguros es de que Arbeloa ha conseguido llegar hasta aquí generando el patrimonio que asegurará el futuro deportivo del club
La Fábrica llevaba muerta más o menos una década. De pronto hay una hornada muy interesante de jugadores, criados en Valdebebas con él, que toman los mandos del primer equipo en una situación de desconcierto. Las balas silban por todas partes y hay un peligro real de que otra temporada, la segunda seguida, termine en blanco. Sin Kroos ni Modric había un cráter en el centro del campo del Madrid visible hasta desde la cara oculta de la luna. De repente ha surgido Thiago Pitarch, que huele a centrocampista como los matadores de toros de verdad huelen a romero. Y en dos tardes (y qué dos tardes, las más importantes de la temporada) ha ordenado a su alrededor el juego del equipo, haciendo que Tchouaméni brille como Yugurta al mando de la caballería auxiliar númida y que Valverde, definitivamente box to box, que es para lo que nació, salte, en tromba, los escalones que le faltaban para llegar a la auténtica jerarquía de las estrellas madridistas.

El Madrid de Arbeloa se eclipsó en Pamplona y días después frente al Getafe, y todos creímos llegado el colapso. De las cenizas de aquellos dos partidos emergió algo: una superestructura, una armazón, el esqueleto de un equipo cuajado en torno a un orden natural. No sólo es Thiago y el aplomo con que se conduce y con el que el juego fluye en torno a su trotar constante, incansable, infinito: es Huijsen súbitamente recuperado para la causa, Güler acoplado por fin a la mediapunta y Vinícius como referencia absoluta en el frente de ataque. Indudablemente el Madrid pareció hacer clic ante el Manchester City de Guardiola y ese gran estado de ánimo que es el fútbol amaneció como un día luminoso, despejado y brillante. Pero con independencia de los resultados y de lo que pase no ya en el Etihad sino hasta junio, Arbeloa le ha regalado al Madrid una serie de futbolistas en proyecto y en potencia con los que renovarse para la alta competición, de inmediato.
Sabíamos que Arbeloa era un hombre de club. Sacrificarse asumiendo el embolado de entrenar a este Madrid en estas circunstancias no sólo era un acto de amor incondicional: ahora también sabemos que era el modo de hacer llegar de golpe y porrazo a la caseta del Bernabéu a una serie de chavales en los que confiaba a muerte. Están Manuel Ángel, Palacios y Cestero, quienes son capaces de salir en los minutos calientes de un partido ante el gran ogro europeo del último lustro y además de comerse la hierba, jugarlos con el sentido y la inteligencia competitiva que es preciso tengan los futbolistas del Madrid. Están Aguado, un bigardo que puede ser un gran central, y Yáñez, que tiene un pie como mínimo de gran categoría: la Quinta de Arbeloa recupera para la tradición madridista el clasicismo de un grupo de niños españoles al rescate del orgullo de la camiseta blanca y quién sabe si para constituir los mimbres de la necesaria reconstrucción del equipo en los próximos años.
gracias a Arbeloa, y a su brigada de reemplazo, los aficionados sentimos de nuevo que estamos embarcados en algo, en una aventura que quizá puede ser grande. Y eso ha sido como si del cielo, en mitad de una travesía por el desierto, comenzara a caer maná
El Madrid, que presentaba un equipo con aspecto de abúlico y del cual el hincha se estaba desconectando sin remedio, tiene ahora una cara reconocible con la que cualquiera se puede identificar, porque todos esos niños son el Madrid que conocimos y nos podemos ver reflejados en ellos, en su talento y en su hambre.
Todo este trabajo ya está medio hecho y tiene un valor incalculable. El patrimonio del Madrid es, en corto, su estadio y su plantilla. Arbeloa está inyectando una sangre fresca inopinada y si ese sólo es su legado, será un gran legado. Lo cierto es que gracias a él, y a su brigada de reemplazo, los aficionados sentimos de nuevo que estamos embarcados en algo, en una aventura que quizá puede ser grande. Y eso ha sido como si del cielo, en mitad de una travesía por el desierto, comenzara a caer maná.
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