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·24. März 2026

El Madrid de Arbeloa ha hecho clic

Artikelbild:El Madrid de Arbeloa ha hecho clic

El Madrid de Arbeloa ha hecho clic. El clic es un momento muy concreto y perceptible. En el fútbol, aunque no se sepa explicar muy bien, todo el mundo entiende cuando un equipo hace clic. Todos son conscientes. Algo pasa. De pronto, un montón de cosas que andaban sueltas y que estaban desparramadas aparecen juntas. Unidas, como en una soldadura mágica. Todo cobra sentido y fluye. Surge la armonía. El juego funciona.

Nadie sabe muy bien cómo ha pasado. Quizá haya sido la irrupción de Pitarch, alrededor del cual al fútbol del Madrid le han salido alas. Quizá haya sido la energía de Valverde, que lleva un tiempo jugando como si fuera un jinete del Apocalipsis. Quizá haya sido por Rüdiger, al que Arbeloa reconoció el otro día en la sala de prensa que es un jefe, un verdadero capitano listo para dar la cara por el equipo.


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Lo cierto es que, por lo que sea, el Madrid de Arbeloa ha hecho clic ante los ojos del mundo entero, y el hecho ha sucedido durante la eliminatoria contra el Manchester City de Guardiola. Cuando Arbeloa se hizo cargo del tremendísimo quilombo que era el Real Madrid en esta temporada, yo mismo escribí aquí que milagros no se podían esperar. Pero es verdad que, en apenas dos meses, Arbeloa, que es un novato, ha eliminado a Mourinho y a Guardiola en sus dos primeras eliminatorias como entrenador en la Copa de Europa. Y ayer, en su primer derbi, se bajó a Simeone: sólo le faltaría ganar a la Brasil de Carletto y ya habría liquidado, de un sólo golpe, a los entrenadores más importantes del fútbol mundial en los tres últimos lustros.

Casi nada. Arbeloa ha resultado ser, como técnico, lo más parecido a Zidane. Y eso era lo que el Madrid más necesitaba: la cábala de la amistad y del savoir-faire con una caseta llena de egos megalomaníacos.

Nadie sabe qué pasará con el Bayern y verdaderamente la liga está en chino, pero Arbeloa ha conseguido lo más difícil: embarcarnos de nuevo en el viaje al centro de la locura

Cuando hace diez años Zidane se hizo cargo del Madrid, su bagaje como entrenador era más o menos el mismo que el de Arbeloa. Sus primeros pasos en el primer equipo fueron dubitativos: la eliminatoria contra la Roma de Totti y Salah se pasó de aquella manera y, tras perder el derbi en el Bernabéu, frente al eterno Cholo, su equipo se puso a doce puntos del Barcelona de Negreira.

Luego, claro, hizo el clic. Fue a lo largo del partido de la vuelta de cuartos de final con el Wolfsburgo. Aquel era otro Madrid y sin embargo en este club hay profecías autocumplidas y cierta clase de bucles melancólicos por los que, recurrentemente, se cuela, como la luz por las grietas, el misticismo. Es innegable que el Madrid de Arbeloa ha entrado ya en un tipo de trance cuyos signos son fácilmente reconocibles por los aficionados: ya no están aquellos gigantes que eran Cristiano Ronaldo, Sergio Ramos, Karim Benzema o Luka Modric, pero Valverde, por ejemplo, ha pegado el estirón de los jerarcas. Y Vinícius ha recuperado el estado de gracia que tenía cuando le robaron, con el Balón de Oro, la alegría.

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Cuando el Madrid hace clic, las piezas van encontrando su sitio de manera natural. Es como una marea: desde el fondo de las cosas va naciendo algo a lo que todo se suma lentamente y sin estridencias hasta que, en un momento dado, el conjunto toma una fuerza irresistible. Parece el tam tam que suena tras las páginas de En el corazón de las tinieblas de Joseph Conrad. Es la magia del Madrid en primavera: un monstruo capaz de nacer en medio del caos y que cuando entra en ebullición se alimenta de su propia sangre.  

El fútbol es un estado de ánimo y, sobre todo, también un modo de ser percibido por los demás. Hay fieras que huelen el miedo de sus presas y, en el caso del Madrid, hay una imagen que, con independencia de quién juegue o lo entrene, proyecta sobre la psique de propios y extraños: la imagen y la idea de lo inevitable. Nadie sabe qué pasará con el Bayern y verdaderamente la liga está en chino, pero Arbeloa ha conseguido lo más difícil: embarcarnos de nuevo en el viaje al centro de la locura. Sólo por eso, su paso por la picadora de carne del banquillo del Madrid ya ha merecido la pena.

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