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·29 January 2026

Tan sólo un gol del Benfica

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En la televisión portuguesa, un presentador y un sacerdote hablan sobre algún asunto de actualidad mientras se juega el Benfica - Real Madrid. De repente, mientras el cura responde a una pregunta, los micrófonos recogen unos gritos, un jaleo impropio del rigor y la solemnidad de un plató de televisión en el que se emite un programa en directo. Da un respingo el entrevistado, asustado. Da la impresión de que se le mueve el alzacuellos, incluso. Por un momento debe de pensar que han entrado los militares, que hay un golpe de estado en marcha. Otra vez metralletas y claveles. Se le van los ojos buscando respuestas. Por fin, tras unos segundos de confusión, le dicen al periodista, por el pinganillo, que estén tranquilos: alguien en la redacción está viendo la Champions League. Entonces comunica a la audiencia y a su invitado, con parsimonia: «Tan sólo ha sido un gol del Benfica».

El equipo portugués acababa de clasificarse para la siguiente ronda de la Champions League en el último suspiro con un gol de su portero. Abandonados a casi toda esperanza, únicamente podían confiar su supervivencia al milagro. Lo habían intentado de muchas maneras, pero Courtois es el mejor del mundo por mérito propio y no por ser cariñoso con la prensa. No hubo manera de impartir justicia ante el belga: Thibaut aplicó la suya. El Benfica había sido mejor, merecía un resultado favorable amplio, pero se llegó al final con 3-2 y necesitaba marcar el cuarto para entrar en la siguiente ronda. Así que en el añadido, con una sola bala por disparar, Mourinho mandó a su portero a rematar una falta lateral. El resto ya lo sabes. Estoy seguro de que fue una de esas epifanías en las que aficionados perdidos vuelven a creer en el Misterio y su crueldad. Temerosos de su furia, impresionados por la revelación, seducidos por el caos, serán vivo ejemplo de la fe del converso por culpa de ese 4-2.


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Recuerdo mi epifanía. Estaba en Alemania, descreído de todo, engordado por múltiples experiencias, habiendo visto centenares de partidos y sabedor de que todo ya me había sido mostrado. Esa noche jugaba el Real Madrid en Londres ante el Chelsea. Semanas atrás, había eliminado contra pronóstico al todopoderoso Paris Saint-Germain de Mbappé, Neymar y Messi. Creo que ni vi esa eliminatoria. Pero esa noche alemana, cerveza en mano, viendo el partido en un portátil en la cafetería de un hotel y habiendo sido contagiado de Covid-19 sin saberlo (otra vez), sentí la primavera. Sé que hubo un instante en el que encontré una felicidad perdida.

Corría el Madrid al galope por la izquierda. Vini, todavía con el 20, puso un centro al primer palo en el que floreció un Benzema lleno de colores, matices y aromas para marcar el 0-1. Fue un impacto: los ingleses lo tenían todo a favor y parecían más grandes, altos y fuertes. Eran temibles y sin embargo les fue aplicada la receta del fútbol. Aquí vale el que la mete, amigos. Tres minutos después volvió a marcar el francés. Pero recortó distancias el Chelsea antes del descanso. Ahí parecía todo por perderse: se podía intuir que nos empataban, que nos remontaban, que nos echaban, que nos mataban. Entonces también llovía. Pero Karim abrió las nubes en una demostración de madridismo: no hay rendición antes del final. Presionó por él, por mí y por ti, robó un balón al portero y a puerta vacía sentenció la ida. 1-3.

...tan sólo de un camino que se torció, tan sólo de un amor abandonado, tan sólo de Butragueño, Suker y Raúl, tan sólo de una noche de Copa del Rey en La Condomina, tan sólo de la Séptima

Los pájaros cantaban en Berlín y del suelo salía un pasto verde, se oía un riachuelo recién nacido. Me iluminaba un haz, creía de nuevo. Aquella epifanía debió de ser evidente. Yo no armé jaleo ni grité como esos periodistas portugueses que interrumpieron la entrevista al sacerdote. No hizo falta. Debían de brillarme los ojos, seguramente sonreía demasiado. Si alguien me hubiera preguntado qué me pasaba, si me encontraba bien, si había bebido demasiado o si me había sentado mal la cena, habría tenido ganas de hablarle tan sólo de mi infancia, tan sólo de un sueño que tuve, tan sólo de un camino que se torció, tan sólo de un amor abandonado, tan sólo de Butragueño, Suker y Raúl, tan sólo de una noche de Copa del Rey en La Condomina, tan sólo de la Séptima, tan sólo de un Murcia - Muleño que acabó 6-0, tan sólo del abrazo con un desconocido tras un gol de Acciari, tan sólo de un puñado de amigos con los que viajé muchos kilómetros, tan sólo de mis primos, tan sólo de mi padre.

Pero no hacía falta. Qué afortunados somos de que nunca sea «tan sólo» un gol.

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